El haber sido
nombrado cardenal de la santa Iglesia católica significa “la entera
disponibilidad que debo tener para derramar mi sangre, si fuera el
caso, por la fe en Jesucristo, por la Iglesia, en estrecha comunión
con el Papa”, confesó el señor arzobispo de Monterrey Mons. Francisco
Robles Ortega. En efecto, eso significa según la tradición de la
Iglesia católica, el rojo púrpura de su vestimenta; el rojo evoca, en
el uso de los colores litúrgicos, la sangre de los mártires.
La Iglesia en el
siglo pasado se tiñó de rojo por todo el mundo. Nunca habían sido
canonizados tantos mártires como en el siglo que acaba de pasar y en
lo que llevamos de éste, herencia de aquél. El grupo más numeroso fue
el de cerca de quinientos Mártires de la persecución española (dos
mexicanos entre ellos) recién beatificados en la Plaza de san Pedro,
en Roma, precedido por los Mártires mexicanos de Cristo Rey y de Santa
María de Guadalupe durante la persecución religiosa de Calles. Con
razón dijo el Papa Juan Pablo II que la Iglesia había vuelto a ser “la
Iglesia de los mártires”. En ninguna época, ni menos en la actual, la
Iglesia –ni el cristiano- puede excluir el martirio de su horizonte.
En México, el
cardenalato está unido estrechamente con el martirio. Cuando se nombró
al primer cardenal mexicano, el elegido fue el señor arzobispo de
Guadalajara Monseñor José Garibi Rivera, sin duda por sus copiosos
méritos, pero sobre todo en reconocimiento a esas tierras regadas por
la sangre del martirio. Es digno de notarse que el cardenal recién
nombrado es también originario de esas regiones, como él mismo lo
expresa: “Soy precisamente de un pueblo que goza de uno de esos
mártires, canonizado recientemente por el Papa Juan Pablo II, San José
María Robles Hurtado: Mi paisano”. De tierra y pueblo de mártires es
el nuevo cardenal mexicano.
No es fortuito –para
el creyente nada sucede al acaso- que el señor cardenal de Guadalajara
Monseñor Juan de Jesús Posadas haya sido cobardemente asesinado en
esas tierras y que el esclarecimiento de su muerte sea aún cuenta
pendiente de las autoridades con el pueblo católico, el primer
ofendido; menos lo es que los señores cardenales actuales, tanto el de
la ciudad de México como el de Guadalajara, hayan sido y sean
constantemente objeto de hostigamientos y agravios. La profanación de
la Catedral Metropolitana (escenas que, para vergüenza nuestra, han
dado la vuelta al mundo), la amenaza a los fieles y a los sacerdotes
reunidos en oración, no son más que otro eslabón de la cadena con que
quieren los autores, fautores y encubridores (aunque se autonombren
“creyentes”), aprisionar a la Iglesia en la persona de sus pastores.
Por eso, junto con la felicitación que hacemos llegar al señor
cardenal de Monterrey Monseñor Francisco Robles Ortega por su
nombramiento, le ofrecemos nuestras oraciones por el fiel cumplimiento
de su alta misión.