ORDENACIÓN DE DIÁCONOS
Hermanos
presbíteros y diáconos
Hermanos
consagrados y consagradas
Hermanos y
hermanas en nuestra santa fe católica:
1. “Desde la edad
apostólica, la Iglesia católica tuvo en gran veneración el sagrado
Orden del diaconado, como lo demuestra el mismo san Pablo, quien
expresamente saluda, además de a los Obispos, a los diáconos, y
enseña a Timoteo las virtudes y méritos indispensables para que sean
considerados dignos de su ministerio” (Pablo VI, Sacrum Diaconatus,
1).
2. En efecto, el
Concilio Vaticano Segundo, fiel a esta tradición, enseña que “en el
grado inferior de la Jerarquía están los diáconos, que reciben la
imposición de las manos ‘no en orden al sacerdocio, sino en orden al
ministerio’. Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión
con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el
ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio
propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad
competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y
distribuir la santa Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo
en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la
Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo,
presidir el culto y oración de los fieles, administrar los
sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura.
Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración,
recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo:
‘Misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del
Señor, que se hizo servidor de todos’” (LG 29).
3. Esta es la
tradición, doctrina y recomendación de la santa Iglesia para todos
ustedes, jóvenes seminaristas, que han presentado a su Obispo la
solicitud para recibir, libre y conscientemente, este sagrado Orden
del diaconado, y que sus formadores y superiores del Seminario, como
acabamos de escuchar, han encontrado dignos de recibir. Me alegro de
poder colaborar en la realización de este deseo que responde a un
llamado de Dios en orden al servicio y crecimiento espiritual del
Pueblo de Dios. Hablamos de una vocación, de una gracia de Dios no
de un derecho ni gusto personal.
4. Este año
estamos celebrando dos acontecimientos de gracia para toda la
Iglesia: El año dedicado a San Pablo y el Sínodo de los Obispos,
cuyo tema central ha sido la Palabra de Dios en la vida y misión de
la Iglesia. Como parte sustancial del ministerio del diácono dice
estrecha relación con la Palabra de Dios, quiero ofrecerles algunas
reflexiones que considero fundamentales para el fiel cumplimiento de
su ministerio diaconal. Una pregunta que deben responder a su Obispo
ante la comunidad, es la siguiente: “¿Quieren desempeñar con
dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación
del Evangelio y la exposición de la fe católica?”. Al responder
que sí y aceptar este compromiso, dice el ritual (Pg 222), quedan
“consagrados para anunciar el Evangelio”, en todas sus formas:
enseñanza, catequesis, alabanza, liturgia de la horas con el pueblo,
lectio divina y homilía, lo cual tiene su expresión litúrgica
en la solemne proclamación del santo Evangelio, que hace el diácono
en la celebración eucarística.
5. Recientemente,
en el Sínodo de los Obispos, uno de los padres sinodales señaló
cómo, en la Divina Liturgia de rito bizantino, antes de proclamar el
Evangelio, el diácono pronuncia una oración preparatoria que
recuerda el episodio de la Transfiguración del Señor, y dice así:
“Oh Señor, amante de la humanidad, haz resplandecer en nuestros
corazones la purísima luz de Tu divino conocimiento, y abre los ojos
de nuestra mente para que comprendamos la predicación de tus
enseñanzas evangélicas. Inculca en nosotros el temor de Tus benditos
mandamientos, para que hollando todo deseo carnal, nos conduzcamos
en una senda espiritual, pensando y obrando todo lo que te agrada.
Pues Tú eres la iluminación de nuestras almas y nuestros cuerpos, oh
Cristo nuestro Dios, y a Ti rendimos gloria junto con tu eterno
Padre y Tu Santísimo Espíritu Santo, Bueno y Vivificador”. Pide
el ministro al Señor que conceda a los oyentes, abrir los ojos y la
mente, para poder comprender el mensaje del Evangelio de Cristo; que
nos infunda el santo temor de su divina presencia y de sus
mandamientos para que, superando todo deseo carnal, purificados de
alma y cuerpo, podamos seguir fielmente a Cristo (Cf Intervención de
Mons. Lawrence Huculak OSBM, Arz. De Winnipeg de los Ucranianos,
Canadá). Nuestra liturgia romana es mucho más sobria pero no menos
exigente, pues ordena al diácono pedir la bendición al celebrante
para que “el Señor esté en sus labios y en su corazón y así pueda
anunciar dignamente su santo Evangelio”. Porque el ministro
lleva al Señor resucitado en su corazón, puede ofrecerlo a la
asamblea al saludarla: “El Señor esté con ustedes”. Se
requiere del poder del Resucitado, presente en los labios y en el
corazón, en el cuerpo y en la mente del ministro, para que sea digno
el anuncio del Evangelio y los fieles queden capacitados y
dispuestos para escuchar y dialogar, como Moisés y Elías, con Jesús
transfigurado, y participar de la gloria de Dios que se refleja en
su rostro. Si el Evangelio del Hijo amado del Padre fue dignamente
proclamado, los asistentes experimentarán el deseo de permanecer
allí, con el Señor. Se habrá realizado un verdadero encuentro con
Cristo vivo y el ambón se habrá convertido en un nuevo Tabor.
6. La proclamación
del Evangelio en la sagrada liturgia es un momento de divina
revelación y de gozosa contemplación del rostro resplandeciente de
Jesús, que se reflejará en la vida del cristiano, quien,
transformado en luz de Cristo, iluminará al mundo entero. La
proclamación del Evangelio debe ser el cumplimiento de la profecía
de Simeón pronunciada en el templo de Jerusalén, de modo que Cristo
sea la “luz que alumbra las naciones y la gloria de su pueblo,
Israel”, ahora de la santa Iglesia. Todos los signos y ritos que
preceden y acompañan la proclamación del Evangelio en la celebración
litúrgica, deben ser no sólo observados sino ennoblecidos,
comenzando con la procesión de entrada en la cual se lleva “con
veneración” el Evangeliario –no el Leccionario-, y se coloca con
reverencia sobre el Altar. La procesión para la proclamación del
Evangelio se anuncia con el gozo de la salvación en el aleluya y se
inicia con el gesto de humildad y de fe, pidiendo la bendición al
celebrante; el acompañamiento de las luces y del incienso, la
compostura de los ministros, la limpieza y belleza de los ornamentos
sagrados, la incensación y el beso del Evangeliario, son signos de
veneración a quien nos habla, al Hijo del Padre. La permanencia de
pie, el uso moderado, no agresivo, del micrófono, el tono de la voz,
la claridad de la dicción, etcétera deben ayudar a reflejar la
gloria del rostro de Cristo y transmitir la luz de la divina
revelación para vencer las tinieblas del mundo pecador. Al diácono –
y al presbítero también, porque nunca se deja de ser diácono- se le
encomienda ser ministro de Dios para esta revelación. Sólo quien
tiene a Cristo en su corazón, puede proclamar con sus labios
dignamente su Evangelio. Al entregarles el Obispo el libro de los
santos Evangelios, dice a cada uno: “Recibe el Evangelio de
Cristo del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo
que lees, en enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas”. La
vida del ministro autentifica su enseñanza y aquilata la fe que
proclama con su boca ante la comunidad.
7. Al recibir este
sagrado Orden del diaconado, Ustedes harán su promesa de obediencia
a su Obispo y de observancia del celibato sagrado, “símbolo y
estímulo de su caridad pastoral y fuente peculiar de fecundidad
apostólica en el mundo” (Ritual, Pg. 223). Para acompañar a
Cristo en la revelación de su gloria en el Tabor, es indispensable
la vestidura blanca y resplandeciente de una vida casta y santa, y
el sometimiento de nuestra rebelde voluntad a la soberana de Dios
mediante la obediencia. Pedro es el garante de la obediencia
jerárquica y Juan de la virginidad del discípulo de Jesús, así como
Santiago de la fidelidad a la tradición de la Iglesia.
8. Moisés y Elías
“conversaban del éxodo que Jesús iba a cumplir en Jerusalén”
(Lc 9, 31), como lo hace Jesús al anunciarles de inmediato su pasión
y su muerte, “pero ellos no entendían lo que quería decir”
(v. 45), incomprensión que no arredra sino que compromete más a
Jesús: “Al acercarse el tiempo de su éxodo de este mundo, Jesús
tomó la firme determinación de subir a Jerusalén” (v. 51). Los
discípulos todavía no estaban dispuestos para el seguimiento de
Jesús; lo estarán hasta que laven sus vestiduras en la sangre del
Cordero en la pasión y reciban la vestidura blanca de la
resurrección. La revelación del monte Tabor recibe su cumplimiento
en el monte Calvario.
9. El testimonio
de Moisés y de Elías y el mandato del Padre de escuchar a su Hijo
amado, nos disponen para seguirlo y asociarnos a su sacrificio en
la liturgia de la Eucaristía. La Palabra se hace Sacramento. La
Palabra de Cristo se hace Cuerpo y sangre de Cristo. Como dirá
hermosamente san Ignacio de Antioquia, el Evangelio es la carne de
Cristo. Quien no cree en la carne de Cristo en su Evangelio, con
dificultad podrá creer en la carne de Cristo en la Eucaristía. Las
palabras de Cristo son “espíritu y vida”, “pan de vida”, que
es la Eucaristía. Cuando leemos las Santas Escrituras y las acogemos
con fe, nos adentramos en el mundo de Dios, en el campo propio de la
acción divina y, si no ofrecemos resistencia, esa palabra cumple su
misión, “no vuelve a Dios vacía”, sino que transforma el
mundo y da la vida eterna. Si nuestra acción pastoral carece de
incidencia en el mundo, es que la Palabra no ha incidido en nuestro
corazón. Esta es, hermanos, una tarea sobrehumana, para la cual no
nos falta el auxilio divino, como lo expresa la oración del Obispo
con el gesto sacramental de la imposición de las manos: Reciban
“el Espíritu Santo, para que, fortalecidos con su gracia de los
siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio”. El Señor
nunca exige lo que no nos haya dado con antelación. Es la gracia de
la fe.
10. El sí
que ustedes han dado al llamado de Dios no es un sí
solitario; se incluye en el sí de María en el misterio de la
encarnación del Verbo de Dios. Ella es “figura y modelo de la
Iglesia”(LG); por tanto, lo realizado en María se cumplirá en
nosotros y lo que Ella realizó en su vida lo tenemos que cumplir
nosotros. El sí de María es un elemento constituyente de la
Iglesia. Sin ese sí no existiríamos nosotros. Así de grande
es el sí de María. Por eso ese sí se prolonga idéntico
a lo largo de su vida. En la encarnación como sierva obediente que
escucha la palabra de Dios; en la vida pública de Jesús, como
discípula asidua de su Hijo; en la Cruz, como Virgen fiel y Madre
fecunda de la descendencia del nuevo Adán; en el Cenáculo, como
Intercesora que nos merece el Don del Espíritu Santo. Estos cuatro
momentos son un único sí sostenido de María Santísima, la
Virgen-Madre y Esposa fiel del Verbo encarnado.
11. María habló
poco, porque prefería escuchar la palabra de su Hijo, meditarla en
su corazón y acompañar, siempre discreta y presente, los pasos
misioneros de su Hijo. Fue una perfecta “diaconisa”, una perfecta
“Servidora del Señor”, como Ella se autoproclamó. Habló poco,
pero dijo mucho; sus breves palabras son una síntesis perfecta del
Evangelio y una tarea obligada y exigente para nosotros: “Hagan
lo que Él les diga”. En las breves palabras de María está
escondido todo el Evangelio. El sí de María es un voto
definitivo a Dios: Un voto de obediencia a la palabra de Dios; un
voto de castidad y pureza en su integridad virginal; un voto de
pobreza y humildad entregando su vida al servicio de los discípulos
de su Hijo. Que María Santísima acoja en su sí, el sí
de cada uno de ustedes: su voluntad y promesa de servicio fiel a la
santa Iglesia en obediencia, castidad, humildad y servicio. Que así
sea.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro