SAN ANTONIO DE PADUA
Hermanas y Hermanos:
1. El día de ayer, el corazón franciscano de esta
Ciudad episcopal se alegró con la llegada y visita de las reliquias
de San Antonio de Padua, a quien se le profesa aquí especial
devoción. Nos alegramos con todos los devotos y, en especial, con la
venerable Orden Franciscana por este acontecimiento que se enmarca
en la celebración gozosa de los 800 años de la aprobación y
presencia en la Iglesia del carisma franciscano. Por ello me permito
felicitar a Fray Eulalio Gómez, Ministro provincial, y en su persona
a todos los hijos de San Francisco y devotos de San Antonio por tan
significativo acontecimiento.
2. El en canto del “gloria”, que hace eco del que
entonaron los ángeles en el portal de Belén, damos gracias a Dios
“porque sólo Él es santo”, y así es en verdad. “Santo” significa
“lo otro”, lo distinto, lo que no es creatura, es decir, sólo Dios.
Sólo Dios es santo. Esto lo aprendió a cantar el pueblo de Israel
cuando en el templo de Jerusalén, como nos refiere el profeta
Isaías, escuchó el canto de los serafines, que ahora cantamos en la
Misa, repitiendo tres veces: “Santo, santo, santo es el Señor Dios
del universo”. Es el Trisagio que con tanta devoción entonan
nuestros Adoradores nocturnos del Santísimo Sacramento. Esa santidad
se transforma en “gloria” que llena todo el universo.
3. Esa santidad de Dios es algo suyo que, sin
embargo, Él quiere en alguna manera compartirla con nosotros. Lo
hace, en primer lugar y de manera maravillosa, haciéndose hombre,
hermano nuestro en la persona de su Hijo, misterio hermoso que
estamos celebrando en la Navidad: “Hemos visto su gloria, gloria que
le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de
verdad”. Lleno de santidad. Cuando el sacerdote pone una gota de
agua en el cáliz al preparar las ofrendas, dice: “Así como esta agua
se mezcla con el vino, concédenos participar de la divinidad de
Aquel que quiso compartir nuestra humanidad”. Compartir la divinidad
del Hijo de Dios es participar de su santidad. Podemos hacerlo
porque Él ya lo hizo, compartiendo nuestra humanidad. Esta es la
condescendencia divina, que jamás podremos comprender y que sólo
alcanzamos a admirar y agradecer imperfectamente con las débiles
fuerzas de nuestro corazón.
4. El Espíritu de Dios, a quien llamamos Espíritu
Santo, es quien nos comunica esa santidad divina, quien nos asemeja
a Dios. El Espíritu Santo es el agente distribuidor de esa vida
divina en nosotros. Nos santifica, nos incorpora y asemeja a Dios,
haciéndonos sus hijos en el Bautismo; nos sella con el sello divino
del rostro de Cristo en la Confirmación; nos alimenta con el Pan
santo bajado del cielo en la santa Eucaristía y así, con todos los
Sacramentos, nos va transformando en Él, nos va divinizando, nos va
santificando. Todo es obra y gracia de Dios, del Espíritu santo y
santificador.
5. La Iglesia de Jesucristo, su Cuerpo místico,
es depositaria de esa santidad, por medio de sus Sacramentos, por
medio de la Palabra divina, por medio de las Oraciones, por medio
del servicio de sus Ministros, por medio de muchísimos de sus
Miembros que se dejan como impregnar de esa acción misteriosa del
Espíritu Santo. La Iglesia es el ámbito donde opera el Espíritu
Santo. Ella es, sobre todo, el Cuerpo místico, misterioso pero real,
de Cristo, el “Santo de Dios” presente entre nosotros. “Los que
tienen el Espíritu de Cristo, esos son de Cristo” (S. Pablo). Ésos
son los Santos.
6. La santidad de Dios se derrama en la Iglesia
por medio de la acción del Espíritu Santo que hace presente a
Jesucristo resucitado de muchas maneras, especialmente mediante los
Sacramentos y su Palabra. Los miembros de la Iglesia que se dejan
penetrar de este influjo divino y tratan de imitar a Jesucristo, se
acercan a la santidad de Dios, del tres veces santo. Por eso decía
San Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que tuvo
Cristo Jesús”. El Santo es aquel que tiene en su corazón los mismos
sentimientos que Cristo, que ama a Jesucristo y como Jesucristo; que
piensa como Cristo, que imita a Jesucristo y que anuncia a
Jesucristo.
7. Dios manifiesta su gloria participando su vida
y su santidad en sus siervos, a los que Él llama y corresponden a su
amor. A cada uno pone en el lugar que Él quiere, según la abundancia
de su gracia, para cumplir su misión. No hay cristiano sin misión,
sin tarea que cumplir. Cada santo es un reflejo de la gloria y de la
santidad de Dios, manifestada en Cristo Jesús mediante su Iglesia.
Todos, absolutamente todos, en la Iglesia estamos llamados a la
santidad. A Fernando, después Antonio, Dios lo llamó mediante los
Canónigos Regulares de San Agustín y después mediante el carisma de
San Francisco, el Pobrecillo de Asís. En el monasterio de Santa Cruz
de Coimbra aprendió la teología, especialmente los textos de la
Sagrada Escritura y las interpretaciones de los grandes Padres y
Doctores de la Iglesia. Después, San Francisco supo encaminar esta
teología y amor a la Sagrada Escritura enviándolo a predicar en
París y en Padua, librando siempre con sabiduría y con humildad del
glorioso combate de la fe. Supo maravillosamente combinar la
experiencia de Dios con el amor, la piedad, la sencillez y la
humildad. Hizo verdaderamente operante la Palabra de Dios mediante
el testimonio de su vida y las buenas obras, poniendo en práctica lo
que afirmaba: “La Palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las
obras”, pues la abundancia de palabras sin obras que las acompañen,
es tomar en vano el Nombre de Dios. La ciencia divina y la caridad
operante fueron dones con que adornó su predicación y su vida, y que
Dios recompensó con gracias extraordinarias, entre ellas el don de
hacer milagros.
8. Estamos celebrando el año dedicado a San Pablo
y acaba tener lugar en Roma el Sínodo de los Obispos, cuyo tema
central trató de “La Palabra de Dios en la Vida y Misión de la
Iglesia”. Nuestros obispos en Aparecida nos han invitado también a
renovar nuestra vida eclesial, encontrándonos con Jesucristo vivo
mediante el estudio, conocimiento, meditación de la Palabra de Dios
en las sagradas Escrituras, a las que el Concilio definió como
“sustento y vigor de la Iglesia”, “fuente pura y limpia de vida
espiritual”, donde debe beber y alimentarse todo ministro de la
Palabra para no “volverse predicador vacío, que no la escucha por
dentro”, y todo cristiano para llegar obtener “la sublime ciencia de
Jesucristo” (Cf DV, c. 6).
9. Mucho agradezco a los reverendos Padres
Franciscanos el habernos acercado, mediante sus preciosas reliquias,
a este heraldo del Evangelio, a San Antonio de Padua, fiel seguidor
de Jesucristo e hijo predilecto de San Francisco para que,
conociendo su vida e imitando su ejemplo, seamos fieles discípulos y
misioneros de Jesucristo. Que así sea.