LAS LLAGAS GLORIOSAS DE CRISTO
(Homilía)
Hermanos Presbíteros y Diáconos
Hermanas y Hermanos en nuestra santa fe católica
1. El gozo de la Pascua
del Señor que nos ofrece la santa Iglesia, hoy tiene para nosotros un
significado particular: El regalo del sacerdocio de Jesús en la
persona de estos catorce hermanos Diáconos que serán configurados con
Él mediante la oración, la imposición de las manos del Obispo y la
unción del Espíritu Santo. Todo esto lo recibe nuestra Iglesia
diocesana con gratitud infinita al Padre del cielo, de quien viene
todo don perfecto, por mediación de la Sangre de Cristo, Sacerdote
supremo de la Nueva Alianza y Víctima propicia de la Pascua.
¡Alegrémonos, pues, y gocémonos en el Señor!
2. Durante la santa
Cuaresma la Iglesia nos invitó a “mirar al Traspasado”; ahora nos
invita a levantar nuestra mirada “a las cosas del cielo, donde está
Cristo, nuestro Pastor glorificado”. El entonces muerto, ahora está
vivo y glorioso; el entonces humillado y ofendido ahora es glorificado
y ensalzado; el que fuera rey de burlas es ahora el Señor de los Reyes
de la tierra, el Viviente por los siglos de los siglos. En Cristo y
con Cristo está nuestra vida escondida en Dios. Esa es la fuente de la
vida que nos anima, de la esperanza que nos sostiene y de la caridad
que nos alienta en nuestra tarea pastoral. ¡Los bienes de arriba,
hermanos Presbíteros! ¡Los bienes de arriba, no los de la tierra! Si
bajamos la mirada, frustramos la jornada.
3. En este tiempo pascual
Jesús nos ofrece unos signos maravillosos de este intercambio entre el
cielo y la tierra, entre su pasión y su glorificación: Sus santas
llagas preciosas. El entonces crucificado y ahora glorificado,
conservó sus cinco llagas gloriosas. Las mostró a Tomás y permitió que
allí introdujera su mano y dedo, pero las ocultó a los discípulos de
Emaús y no dejó tocarlas a María Magdalena. Es la presencia nueva,
real y misteriosa a la vez, del Resucitado en medio de los suyos.
Tocar sus llagas es, para el incrédulo, recobrar la fe; adorarlas sin
tocarlas, para el creyente, es vivir de la fe: ¡”Por sus santas llagas
gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor”!
4.
El Resucitado ha
partido, pero nos ha dejado cinco signos eficaces de su presencia
entre nosotros, cinco dones a su amada Esposa, la Iglesia:
1° El primero de esos dones es su Madre Santísima, la
Virgen María. La entrega que nos hizo de su Madre en la persona de
Juan en la cruz, la confirmó en el Cenáculo cuando, como modelo de
la Iglesia suplicante, intercede por los hermanos de su Hijo. La
oración de María nos alcanzó el Espíritu Santo. Ella es la primera
creyente, la pedagoga de la fe, la Madre de la Iglesia, cuyo parto
se renueva cada vez que la Iglesia engendra un nuevo hijo por el
sacramento del Bautismo. La Virgen María es el icono donde la
Iglesia debe contemplarse incesantemente, para que vea la perfección
a la que está llamada: a ser sin mancha ni arruga, esplendorosa y
bella. María Santísima es un don precioso de la pascua de Cristo.
2° El segundo don es la santa Eucaristía. La
instituyó el Señor la víspera de su pasión, pero él mismo la
inauguró en la pascua cuando, al explicarles las Escrituras, hizo
arder el corazón de los discípulos y esclareció sus ojos para
reconocerlo al Partir el Pan. Es la santa Eucaristía don precioso de
la presencia real y misteriosa del Crucificado y del Resucitado
entre los suyos, invitación incesantemente a celebrar las Bodas del
Cordero. La Iglesia se nutre sin cesar del Pan partido y repartido
por el Resucitado por manos de sus sacerdotes.
3° El tercer don del Resucitado es el perdón de los
pecados, el Sacramento de la Reconciliación: “Reciban al Espíritu
Santo; a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”. Las
frágiles manos sacerdotales sostienen el gran tesoro del perdón de
Dios, que los sacrificios de la antigua Ley no pudieron alcanzar; en
el sacramento de la Reconciliación la sangre de Cristo sigue lavando
las conciencias de las obras que llevan a la muerte y abriendo, como
al ladrón, las puertas del Reino del Mesías: “Hoy estarás conmigo en
el paraíso”. El perdón de los pecados es un don precioso que el
Resucitado pone en manos de sus sacerdotes al servicio de la
Iglesia.
4° El cuarto don del Resucitado a su Iglesia es el
Primado de Pedro. Después que Pedro fue invitado por Cristo a comer,
a la orilla del mar de Tiberíades, junto con los compañeros de
fatiga y ante los 153 pescados atrapados en su red por indicación
del Señor; después que le confesó por tres veces su amor
incondicional, el Señor le encomendó el pastoreo de sus corderos y
de sus ovejas. Pedro quedó constituido en Pastor universal de su
Iglesia. Pedro hoy se llama Benedicto XVI y los Obispos del mundo
sus compañeros de fatiga. El Primado de Pedro y el colegio de los
Obispos es un don precioso del Resucitado a su Iglesia.
5° El quinto Regalo es el que incluye y hace posible
todos los anteriores: El Don de los dones, el Espíritu Santo. Él
corona la obra redentora de Cristo y reparte todos sus dones con
abrumadora generosidad entre los redimidos. Por la acción del nuevo
Consolador, el Resucitado sigue presente en su Iglesia; está con
nosotros hasta el fin de los siglos. Por el Espíritu tenemos el
perdón de los pecados; por el Espíritu el Cuerpo y la Sangre de
Cristo se hacen presentes en el altar y son Pan de vida y Sangre
purificadora; por el Espíritu Santo la Palabra divina adquiere la
fuerza para trasformar los corazones; por el Espíritu su Esposa, la
Iglesia, se ve adornada con dones, gracias y carismas. Es el
Espíritu quien dice, junto con la Esposa: ¡Ven, Señor Jesús! Y la
Esposa responde: ¡Amén!
5. Estos cinco dones,
queridos hermanos Diáconos, estos regalos preciosos son los que ahora
la santa Iglesia, por mediación de su Obispo, va a poner en las manos
de ustedes. Deben tomar conciencia de tan gran dignidad, de tan
sublime misión, de tan maravilloso tesoro. Por eso se les pide fe
inquebrantable, intención recta, generosidad sin límites, entrega
generosa, pureza sin mancha, vida íntegra, obediencia sin
subterfugios, caridad hasta la entrega de la propia vida. Nada menos
de esto, hermanos presbíteros. Ustedes son los depositarios de estos
tesoros de salvación, cuyo destinatario es el pueblo santo de Dios.
Nadie tiene derecho de negárselos, de desvirtuarlos y mucho menos de
frustrarlos. Su amor a María deber ser escuela para sus fieles para
que aprendan a amarla, honrarla e imitarla. Ella, como Madre, no
permitirá que ninguno de Ustedes se pierda. Ustedes deben amar la
santa Eucaristía, celebrarla con dignidad y repartirla entre los
fieles “hasta saciarse”, para que nadie padezca hambre de Dios.
Ustedes deben obedecer a Pedro y enseñar a los fieles a escuchar y a
obedecer al Romano Pontífice y al colegio de los Obispos, sus
Pastores, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios.
Ustedes deben recibir el perdón de sus pecados y, reconciliados,
reconciliar con Dios a los pecadores, mediante la celebración generosa
y paciente del Sacramento de la Penitencia. El confesionario de su
parroquia es, junto con el altar, un lugar sagrado que debe
constantemente estar ocupado. Ejemplar será el sacerdote que nunca se
niegue a escuchar una confesión ni a visitar un enfermo. El reparto de
la misericordia divina es la medida de la santidad sacerdotal. La
docilidad al Espíritu hará de ustedes maestros y a su parroquia
“escuela de santidad”. Deben despertar en sus fieles el deseo de ser
santos y dejarse conducir por el Espíritu para discernir los dones y
carismas y embellecer a la Iglesia de Dios. Los Santos de Dios serán
siempre nuestros modelos y nuestros guías.
6. Este año el Santo Padre
nos regaló a un Santo insigne de nuestra Iglesia: San Rafael Guízar
Valencia, cuyas reliquias pronto nos visitarán. A sus sacerdotes, y
ahora a nosotros, lo que pedía siempre era que fueran santos.
Escribía: “Estoy plenamente convencido que sin una gran santidad es
imposible al sacerdote cumplir con la gran misión que Dios le ha
encomendado” (Carta, 21 de junio, 1920). Para él la caridad pastoral
era el alma de su ministerio: “Multiplicad en vuestros corazones el
fuego del amor divino, ya que la caridad es la que da vida a todos los
dones venidos del cielo y la que nos une más íntimamente a Dios
Nuestro Señor” (24 de mayo, 1929), escribía a sus sacerdotes. Y hacía
esta recomendación a un párroco: “Le envío un Padre recién ordenado,
por lo que le ruego que lo eduque muy bien. Ojalá puedan hacer, por la
mañana, juntos, su oración; en fin, haga cuanto pueda para que se haga
santo”. (31 Oct.,1937). A su modo, entendía muy bien la “formación
permanente”. Solía repetir que era mejor que un pueblo estuviera sin
sacerdote a que sufriera un mal ejemplo. Ante los escándalos era
divinamente intransigente.
7. Los escultores y
pintores novohispanos suelen remarcar en el rostro de sus Cristos la
herida de la mejilla izquierda del Señor. En la interpretación de la
piedad popular, es la herida que le infirió Judas con su beso traidor.
Es la herida que causa la traición de un amigo. No olvidemos que este
es el título que el Señor Jesús da a sus sacerdotes. Nosotros, sus
amigos, queremos curar, no enconar, esa herida y las múltiples llagas
que lastiman al Señor en el cuerpo dolorido de los hermanos que vamos
a encontrar en la parroquia y en nuestro ministerio sacerdotal. En el
camino de Jerusalén a Jericó yacen muchos malheridos por ladrones y
salteadores. Si el Señor va a vendar nuestras heridas y a enjugar las
lágrimas de nuestros ojos en la Jerusalén del cielo, debemos hacerlo
con nuestros hermanos aquí en la tierra. El Señor unge ahora sus manos
y, sobre todo su corazón, con el Crisma del Espíritu Santo para vendar
los corazones abatidos, sanar a los enfermos, consolar a los tristes y
anunciar el año de gracia del Señor. Que así sea.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro