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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

Seminario Conciliar de Querétaro, Qro., 26 de Abril de 2007


LAS LLAGAS GLORIOSAS DE CRISTO

(Homilía)

 

Hermanos Presbíteros y Diáconos

Hermanas y Hermanos en nuestra santa fe católica 

1. El gozo de la Pascua del Señor que nos ofrece la santa Iglesia, hoy tiene para nosotros un significado particular: El regalo del sacerdocio de Jesús en la persona de estos catorce hermanos Diáconos que serán configurados con Él mediante la oración, la imposición de las manos del Obispo y la unción del Espíritu Santo. Todo esto lo recibe nuestra Iglesia diocesana con gratitud infinita al Padre del cielo, de quien viene todo don perfecto, por mediación de la Sangre de Cristo, Sacerdote supremo de la Nueva Alianza y Víctima propicia de la Pascua. ¡Alegrémonos, pues, y gocémonos en el Señor! 

2. Durante la santa Cuaresma la Iglesia nos invitó a “mirar al Traspasado”; ahora nos invita a levantar nuestra mirada “a las cosas del cielo, donde está Cristo, nuestro Pastor glorificado”. El entonces muerto, ahora está vivo y glorioso; el entonces humillado y ofendido ahora es glorificado y ensalzado; el que fuera rey de burlas es ahora el Señor de los Reyes de la tierra, el Viviente por los siglos de los siglos. En Cristo y con Cristo está nuestra vida escondida en Dios. Esa es la fuente de la vida que nos anima, de la esperanza que nos sostiene y de la caridad que nos alienta en nuestra tarea pastoral. ¡Los bienes de arriba, hermanos Presbíteros! ¡Los bienes de arriba, no los de la tierra! Si bajamos la mirada, frustramos la jornada. 

3. En este tiempo pascual Jesús nos ofrece unos signos maravillosos de este intercambio entre el cielo y la tierra, entre su pasión y su glorificación: Sus santas llagas preciosas. El entonces crucificado y ahora glorificado, conservó sus cinco llagas gloriosas. Las mostró a Tomás y permitió que allí introdujera su mano y dedo, pero las ocultó a los discípulos de Emaús y no dejó tocarlas a María Magdalena. Es la presencia nueva, real y misteriosa a la vez, del Resucitado en medio de los suyos. Tocar sus llagas es, para el incrédulo, recobrar la fe; adorarlas sin tocarlas, para el creyente, es vivir de la fe: ¡”Por sus santas llagas gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor”! 

4. El Resucitado ha partido, pero nos ha dejado cinco signos eficaces de su presencia entre nosotros, cinco dones a su amada Esposa, la Iglesia:  

1° El primero de esos dones es su Madre Santísima, la Virgen María. La entrega que nos hizo de su Madre en la persona de Juan en la cruz, la confirmó en el Cenáculo cuando, como modelo de la Iglesia suplicante, intercede por los hermanos de su Hijo. La oración de María nos alcanzó el Espíritu Santo. Ella es la primera creyente, la pedagoga de la fe, la Madre de la Iglesia, cuyo parto se renueva cada vez que la Iglesia engendra un nuevo hijo por el sacramento del Bautismo. La Virgen María es el icono donde la Iglesia debe contemplarse incesantemente, para que vea la perfección a la que está llamada: a ser sin mancha ni arruga, esplendorosa y bella. María Santísima es un don precioso de la pascua de Cristo.  

2° El segundo don es la santa Eucaristía. La instituyó el Señor la víspera de su pasión, pero él mismo la inauguró en la pascua cuando, al explicarles las Escrituras, hizo arder el corazón de los discípulos y esclareció sus ojos para reconocerlo al Partir el Pan. Es la santa Eucaristía don precioso de la presencia real y misteriosa del Crucificado y del Resucitado entre los suyos, invitación incesantemente a celebrar las Bodas del Cordero. La Iglesia se nutre sin cesar del Pan partido y repartido por el Resucitado por manos de sus sacerdotes. 

3° El tercer don del Resucitado es el perdón de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación: “Reciban al Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”. Las frágiles manos sacerdotales sostienen el gran tesoro del perdón de Dios, que los sacrificios de la antigua Ley no pudieron alcanzar; en el sacramento de la Reconciliación la sangre de Cristo sigue lavando las conciencias de las obras que llevan a la muerte y abriendo, como al ladrón, las puertas del Reino del Mesías: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. El perdón de los pecados es un don precioso que el Resucitado pone en manos de sus sacerdotes al servicio de la Iglesia. 

4° El cuarto don del Resucitado a su Iglesia es el Primado de Pedro. Después que Pedro fue invitado por Cristo a comer, a la orilla del mar de Tiberíades, junto con los compañeros de fatiga y ante los 153 pescados atrapados en su red por indicación del Señor; después que le confesó por tres veces su amor incondicional, el Señor le encomendó el pastoreo de sus corderos y de sus ovejas. Pedro quedó constituido en Pastor universal de su Iglesia. Pedro hoy se llama Benedicto XVI y los Obispos del mundo sus compañeros de fatiga. El Primado de Pedro  y el colegio de los Obispos es un don precioso del Resucitado a su Iglesia. 

5° El quinto Regalo es el que incluye y hace posible todos los anteriores: El Don de los dones, el Espíritu Santo. Él corona la obra redentora de Cristo y reparte todos sus dones con abrumadora generosidad entre los redimidos. Por la acción del nuevo Consolador, el Resucitado sigue presente en su Iglesia; está con nosotros hasta el fin de los siglos. Por el Espíritu tenemos el perdón de los pecados; por el Espíritu el Cuerpo y la Sangre de Cristo se hacen presentes en el altar y son Pan de vida y Sangre purificadora; por el Espíritu Santo la Palabra divina adquiere la fuerza para trasformar los corazones; por el Espíritu su Esposa, la Iglesia, se ve adornada con dones, gracias y carismas. Es el Espíritu quien dice, junto con la Esposa: ¡Ven, Señor Jesús! Y la Esposa responde: ¡Amén! 

5. Estos cinco dones, queridos hermanos Diáconos, estos regalos preciosos son los que ahora la santa Iglesia, por mediación de su Obispo, va a poner en las manos de ustedes. Deben tomar conciencia de tan gran dignidad, de tan sublime misión, de tan maravilloso tesoro. Por eso se les pide fe inquebrantable, intención recta, generosidad sin límites, entrega generosa, pureza sin mancha, vida íntegra, obediencia sin subterfugios, caridad hasta la entrega de la propia vida. Nada menos de esto, hermanos presbíteros. Ustedes son los depositarios de estos tesoros de salvación, cuyo destinatario es el pueblo santo de Dios. Nadie tiene derecho de negárselos, de desvirtuarlos y mucho menos de frustrarlos. Su amor a María deber ser escuela para sus fieles para que aprendan a amarla, honrarla e imitarla. Ella, como Madre, no permitirá que ninguno de Ustedes se pierda. Ustedes deben amar la santa Eucaristía, celebrarla con dignidad y repartirla entre los fieles “hasta saciarse”, para que nadie padezca hambre de Dios. Ustedes deben obedecer a Pedro y enseñar a los fieles a escuchar y a obedecer al Romano Pontífice y al colegio de los Obispos, sus Pastores, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. Ustedes deben recibir el perdón de sus pecados y, reconciliados, reconciliar con Dios a los pecadores, mediante la celebración generosa y paciente del Sacramento de la Penitencia. El confesionario de su parroquia es, junto con el altar, un lugar sagrado que debe constantemente estar ocupado. Ejemplar será el sacerdote que nunca se niegue a escuchar una confesión ni a visitar un enfermo. El reparto de la misericordia divina es la medida de la santidad sacerdotal. La docilidad al Espíritu hará de ustedes maestros y a su parroquia “escuela de santidad”. Deben despertar en sus fieles el deseo de ser santos y dejarse conducir por el Espíritu para discernir los dones y carismas y embellecer a la Iglesia de Dios.  Los Santos de Dios serán siempre nuestros modelos y nuestros guías. 

6. Este año el Santo Padre nos regaló a un Santo insigne de nuestra Iglesia: San Rafael Guízar Valencia, cuyas reliquias pronto nos visitarán. A sus sacerdotes, y ahora a nosotros, lo que pedía siempre era que fueran santos. Escribía: “Estoy plenamente convencido que sin una gran santidad es imposible al sacerdote cumplir con la gran misión que Dios le ha encomendado” (Carta, 21 de junio, 1920). Para él la caridad pastoral era el alma de su ministerio: “Multiplicad en vuestros corazones el fuego del amor divino, ya que la caridad es la que da vida a todos los dones venidos del cielo y la que nos une más íntimamente a Dios Nuestro Señor” (24 de mayo, 1929), escribía a sus sacerdotes. Y hacía esta recomendación a un párroco: “Le envío un Padre recién ordenado, por lo que le ruego que lo eduque muy bien. Ojalá puedan hacer, por la mañana, juntos, su oración; en fin, haga cuanto pueda para que se haga santo”. (31 Oct.,1937). A su modo, entendía muy bien la “formación permanente”. Solía repetir que era mejor que un pueblo estuviera sin sacerdote a que sufriera un mal ejemplo. Ante los escándalos era divinamente intransigente. 

7. Los escultores y pintores novohispanos suelen remarcar en el rostro de sus Cristos la herida de la mejilla izquierda del Señor. En la interpretación de la piedad popular, es la herida que le infirió Judas con su beso traidor. Es la herida que causa la traición de un amigo. No olvidemos que este es el título que el Señor Jesús da a sus sacerdotes.  Nosotros, sus amigos, queremos curar, no enconar, esa herida y las múltiples llagas que lastiman al Señor en el cuerpo dolorido de los hermanos que vamos a encontrar en la parroquia y en nuestro ministerio sacerdotal. En el camino de Jerusalén a Jericó yacen muchos malheridos por ladrones y salteadores. Si el Señor va a vendar nuestras heridas y a enjugar las lágrimas de nuestros ojos en la Jerusalén del cielo, debemos hacerlo con nuestros hermanos aquí en la tierra. El Señor unge ahora sus manos y, sobre todo su corazón, con el Crisma del Espíritu Santo para vendar los corazones abatidos, sanar a los enfermos, consolar a los tristes y anunciar el año de gracia del Señor. Que así sea.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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