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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN EL XIX ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL

Santiago de Querétaro, Qro., 19 de Noviembre de 2007


HOMILÍA EN XIX ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL

Audio de esta homilía.

 

Hermanos Presbíteros

Hermanas y hermanos consagrados

Hermanas y hermanos en el Señor Jesús 

1. Tomados de la mano de la Virgen Santísima queremos que Ella nos enseñe a ser discípulos y misioneros de su Hijo Jesucristo. En este campo del discipulado y de la misión somos siempre aprendices y Ella, afortunadamente, es la maestra experimentada de nuestra fe. Estamos en buenas manos y tenemos segura guía. A Ella, fiel discípula de su Hijo, nos encomendamos para que aprendamos a obedecerlo, imitarlo y anunciarlo a los demás. Agradezco a los hermanos presbíteros su servicio pastoral en esta noble tarea, a los organizadores su esfuerzo al preparar este encuentro y a todos ustedes su amor a Jesucristo, a la santa Iglesia y a los hermanos con quienes quieren compartir el don inmenso de la fe católica. 

2. En su discurso inaugural de Aparecida, el papa Benedicto XVI nos dijo que “la Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios, y recordar a los fieles de este Continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”; y de inmediato se pregunta: “¿Qué nos da realmente Cristo?”. Él nos responde: “Nos da a Dios, al Dios verdadero”, pues “sólo quien conoce  Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano”. Dios es la realidad fundante, origen y sostén de toda otra realidad. Quien niega a Dios, desconoce la realidad. Se sigue interrogando el Papa: ”Y ¿Quién conoce a Dios? ¿Cómo podemos conocerlo?” Responde: “Sólo Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce”, y concluye: “Si no conocemos a Dios en Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino, y al no haber camino no hay vida ni verdad”. Miremos como estas palabras contienen una grande verdad; ésta es el ambiente en que nos movemos, pues muchos hermanos, especialmente los jóvenes, no encuentran sentido a sus vidas; para ellos todo es confusión a su alrededor: violencia, suicidios, desesperanza, drogadicción y una sed de placer nunca satisfecho. 

3. ¿Cómo, pues, conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con Él, para encontrar la vida en Él, para comunicar esta vida a los demás y vivir en la verdad? Nos responde enseguida el Papa: “Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la Palabra de Dios. Al iniciar la nueva etapa de la Iglesia misionera en América Latina…, es condición indispensable el conocimiento profundo de la Palabra de Dios. Por eso, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la Palabra de Dios: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (Cf. Jn 6,63)”. La palabra de Dios debe convertirse en alimento cotidiano del discípulo; y concluye el Papa: “Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios. Para ello animo a los pastores a esforzarse en darla a conocer” (No. 3). Quiero, personalmente, dar gracias al Papa Benedicto por animarme con sus palabras y ejemplo a proseguir en mi tarea de invitar, “a tiempo y a destiempo”, a mis hermanos sacerdotes y a todos ustedes a meditar “día y noche” la santa Palabra de Dios. Sin conocimiento, lectura, estudio, meditación y asimilación de la Palabra de Dios, no puede haber discípulos y mucho menos misioneros de Jesucristo. No edificamos sobre roca, sino sobre arena y la casa se nos cae. ¿No será eso lo que nos está pasando?  

4. Es cierto que la Palabra de Dios nos infunde respeto y hasta temor, porque nadie puede permanecer indiferente ante ella. El encuentro con la Palabra de Dios no se da sin consecuencias para el hombre; es palabra que tiene vida pero que puede generar la muerte; es medicina que cura el corazón o que lo enferma y endurece; es luz que ilumina el camino o resplandor que produce ceguera y desconcierto; es siempre espada que atraviesa el alma, penetra las junturas del espíritu y emite su veredicto de salvación o condenación, pues “nada está oculto a sus ojos” y se constituye como juez universal ante quien todos debemos dar cuentas” (Cf Hb 4, 12). La  sola actitud sabia y posible para ser salvados por esa Palabra es acercarnos a ella con el “santo temor de Dios” en el corazón, que implica respeto y humildad, disponibilidad y sacrificio. El profeta Isaías dice que Dios manifiesta su designio de salvación al que se estremece y humilla ante su palabra. El profeta se sintió desfallecer y se confesó pecador, de labios impuros, al recibir su misión. Todos debemos experimentar ante la santa palabra de Dios ese estremecimiento que sintió María ante el anuncio del Ángel o que movió a Pedro a decir a Jesús en nombre de los apóstoles: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Para que nuestra diócesis, para que nuestras parroquias tengan vida es “condición indispensable” un “conocimiento profundo” de la Palabra de Dios, dice el Papa, y los Padres de Aparecida nos piden emprender  una “paciente tarea formativa” con “perseverante paciencia y sabiduría… en bien de todos los bautizados, cualquiera que sea la función que desarrollen en la Iglesia” (No. 276). Yo entiendo que nuestra diócesis debe convertirse en una grande escuela donde se enseñe la santa Palabra de Dios. 

5. El próximo Sínodo de los Obispos nos ofrecerá nuevas luces acerca de la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia. “Más específicamente, dicen los Lineamenta, este Sínodo desea iluminar el intrínseco nexo entre la Eucaristía y la Palabra de Dios, puesto que la Iglesia debe nutrirse del único “Pan de vida que le ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. Es éste el motivo profundo y al mismo tiempo el fin primario del Sínodo: encontrar plenamente la Palabra de Dios en Jesucristo presente en la Escritura y en la Eucaristía” (Lineamenta, 4). Eucaristía y Escritura se complementan y se necesitan una a la otra. No podemos separar ni en la vida personal ni en la pastoral lo que Dios ha unido tan estrechamente. Sin Palabra la Eucaristía queda privada de sentido, se vuelve puro rito y degenera en superstición; sin Eucaristía la Palabra queda privada de contenido y degenera en palabrería. “Obras y Palabras intrínsecamente unidas”, enseña la Dei Verbum. El Evangelio es la carne de Cristo tanto como la Eucaristía, afirmaba san Ignacio de Antioquia, haciéndose eco del evangelio de san Juan. 

6. En su discurso en Aparecida el Papa se pregunta también ¿qué nos da la fe en el Dios de Jesucristo?, y responde: “Nos da una familia, la familia universal de los hijos de Dios en la Iglesia católica” (No 3). Nos da la Iglesia, comunidad de salvación. A María santísima la sentimos y proclamamos como Madre de la Iglesia, de la comunidad de discípulos de su Hijo Jesucristo. La llamamos “Madre nuestra”. En el evangelio de hoy nos dice Jesús cuál es el origen de esa “nueva familia”, que él viene a fundar. Ciertamente él ya tenía una familia, la de Nazaret, con María y José. Pero Jesús nos indica el origen mismo de esa familia, la raíz de donde brota esa nueva realidad que ahora llamamos Iglesia o familia de los hijos de Dios. Brota de la escucha de la Palabra de Dios y de su puesta en práctica. Esta familia crece “no por la carne ni por la sangre”, no por mercadotecnia o proselitismo, sino “por atracción”, por testimonio de vida y amor. Jesús, en presencia de su Madre santísima y de sus parientes cercanos, “señalando con la mano a sus discípulos, exclama: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Mt 12, 50).

7. El cántico de María, el Magnificat, está entretejido de referencias bíblicas. Ella se movía “como en su casa” dentro del ámbito de la palabra de Dios. Porque se dejó penetrar y conducir por la Palabra divina, pudo llegar a ser la Madre del Verbo encarnado, de Jesús. La palabra de Dios cuando nos penetra, dejamos que anide en el corazón y se hace vida, refleja el rostro de Cristo en nosotros y Él atrae hacia sí todas las cosas. Es entonces cuando comenzamos a ser discípulos misioneros de Cristo. Sólo la palabra de Dios, “viva y eficaz” es capaz, como confiesa Aparecida, de “superar nuestra mayor amenaza, ése gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (No. 12). Nos urge, añade, “recomenzar desde Cristo”, escuchando su palabra.    

8. El prefacio de la misa se hace eco de este evangelio cuando nos dice que con razón es proclamada bienaventurada la Virgen María, porque mereció engendrar a Jesucristo en sus purísimas entrañas, “pero que con mayor razón es proclamada aún más dichosa, porque, como discípula de la Palabra encarnada, buscó solícita la voluntad de Dios y supo cumplirla fielmente”. Este texto es un eco del comentario de San Agustín al evangelio, cuando dice: “Ciertamente cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula que por ser madre de Cristo” (Sermo 25,7). En nuestra condición de discípulos de Jesucristo, estamos llamados a tener la misma dignidad y honor que su Madre santísima. Ella, cuando escucha la Palabra de Dios y responde obediente al anuncio del Ángel: “Hágase en mí según tu palabra”, se constituyó en discípula de su Hijo y en maestra nuestra. Ahora Ella, aquí, con autoridad materna, nos dice: “Hagan lo que Él les diga” y lo que Él nos dice, fuera de toda duda, es lo que escuchamos de nuestros pastores, del Papa y de los Obispos en Aparecida: Sean ”discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Que así sea.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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