Hermanos
presbíteros,
Hermanas
y hermanos en nuestra santa fe católica:
1. Celebramos
hoy la solemnidad del santo Patriarca Señor San José, nuestro Patrono y
protector ante Dios. Fiel custodio de la Virgen María, su santísima
Esposa, y protector de la vida del Hijo de Dios, recién nacido e
indefenso, ante las amenazas de muerte del inicuo rey Herodes.
Celebramos al hombre justo, que con el sudor de su frente y su trabajo
honesto cuidó la supervivencia del Hijo de Dios y su educación y
desarrollo en su pueblo y hogar de Nazaret. Nos encomendamos a quien ha
sido protector de los discípulos de su Hijo, los fieles cristianos de
todos los siglos que, también perseguidos por todas partes del mundo,
hemos llegado a este feliz momento en que cantamos sus glorias, le damos
gracias por su favores y nos encomendamos nuevamente a su protección.
2. En el santo
Evangelio leemos que "después de la partida de los magos, el Ángel del
Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma el niño y
a su madre y huye a Egipto, y permanece allí hasta que yo te indique,
porque Herodes va a buscar el niño para matarlo. José tomó el niño y a
su madre, y huyó a Egipto". Así José salvó la vida de Jesús. Salvó a
nuestro Salvador. Por esta razón, la santa madre Iglesia le está siempre
agradecida. Él cumplió fielmente su encomienda de protector de Jesús,
durante todo el tiempo en que lo necesitó, y de su santísima Madre la
Virgen María. Después, de los brazos de Jesús y de María, pasó a los
brazos del Padre celestial. Ahora él, con su intercesión, sostiene a la
familia de su Hijo.
3. Más
adelante, el santo Evangelio alaba la prudencia de Señor San José,
cuando el ángel le ordenó regresar de Egipto. En efecto, cuando "ya
habían muerto los que atentaban contra la vida del niño", dice que José,
"al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes,
tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de
Galilea, en donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret" (Lc
2,21). José, hombre prudente, sabe que, aunque muerto el perseguidor
principal, los hijos, la raza perversa de Herodes perdura aún, y que,
por tanto, el peligro permanece; por eso, prudentemente, se establece en
Galilea, en la ciudad de Nazaret, para proteger la infancia y
adolescencia de Jesús. Esta vigilancia constante de san José ahora se
extiende sobre los discípulos de su Hijo, sobre la santa Iglesia. Su
patrocinio permanece mientras permanezca el peligro, mientras la raza de
Herodes siga amenazando la vida de los indefensos y de los inocentes.
4. Este
peligro no ha cesado; más bien se incrementa constantemente. En nuestra
patria, reiteradamente se escuchan iniciativas de ley que buscar
minimizar el valor del matrimonio, de la familia y de la misma vida
humana hasta destruida, sobre todo tratándose de los más débiles e
indefensos como lo es el recién concebido en el seno materno. Se debate
públicamente el tema de la despenalización del aborto, es decir,
permitir que sea legal, no punible, no perseguido por la ley sino tenido
como "un derecho" de la madre el asesinar a su hijo, al menos en
determinadas circunstancias. El aborto no es sólo la "interrupción del
embarazo", como dicen; es también y más, un asesinato. Hay que tener muy
claras las nociones y los conceptos, porque continuamente dan nuevo
sentido a las palabras con intención de engañar. La Iglesia enseña que
el aborto es dar muerte al niño no nacido. Se trata de un "niño", no de
un "producto", como le llaman los políticos y los centros de salud. Es
un pecado grave, un crimen "abominable", pues se comete contra un
inocente, quien no tiene culpa alguna de haber sido concebido; el recién
concebido es una persona humana, como tú y como yo, aunque no
desarrollada; es imagen y semejanza de Dios, llamada a ser su hijo por
la fe en Cristo. Es persona distinta de la madre, con todos los derechos
de una persona humana, y por tanto, que debe ser cuidada y protegida por
la misma madre y por la sociedad, en especial, por la autoridad civil.
Por tanto, la legislación civil debe ofrecer leyes protegiendo esta vida
inocente y débil de cualquier agresión y penalizar su destrucción, es
decir, el aborto. No hay ley sin sanción. Al despenalizar el crimen del
aborto, la autoridad civil subvierte el orden jurídico, falta a su deber
de proteger al inocente, facilita su eliminación y se hace cómplice del
crimen del aborto. La madre no tiene ningún derecho sobre la vida del
hijo, más que el de cuidar de él. El Papa Juan Pablo II lo dice con toda
claridad: "Declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o
como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación
deliberada de un ser humano inocente... Desde el momento en que el óvulo
es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de
la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.
Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces... La
genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el
primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese
viviente: una persona, un individuo con sus características bien
determinadas" (Evangelio de la vida).
5. El pueblo
mexicano lo ha entendido así desde siempre. Desde que Santa María de
Guadalupe se presentó en el Tepeyac al santo indio Juan Diego como "la
mujer encinta" del Apocalipsis, llevando en su seno al Hijo de Dios, y
se declaró "la Madre del Dios por quien se vive", el santo indio Juan
Diego y, con él todo el pueblo mexicano, hemos entendido que Dios es el
autor de la vida; que la vida es santa; que la vida viene de Dios; que
Dios es Dios de vida y quiere que todos vivamos; que México vive gracias
al Dios que da la vida; que la Iglesia católica es el pueblo de la vida
y para la vida; que la Iglesia defiende y defenderá siempre la vida; que
la vida no es nuestra sino don y regalo, el más precioso, de Dios; que
nuestro deber es dar la vida, proteger la vida, cantar la vida y
comunicar con alegría y optimismo la vida a las nuevas generaciones.
Todo esto es lo que nos trajo el mensaje Guadalupano, el Evangelio de
Jesucristo y la santa Iglesia, y es lo que ha vivido y alimentado la
esperanza del pueblo mexicano, a pesar de las situaciones adversas y
difíciles en que lo han sumido pésimos regímenes políticos y ahora lo
tienen apabullado sistemas económicos opresores e injustos y engañosos
medios de comunicación. Debemos de tener muy claro que es derecho
sagrado de los mexicanos, sobre todo de los jóvenes, el formar un hogar
y poder engendrar, mantener y educar a los hijos que deseen
responsablemente tener; que formar una familia y elegir el número de
hijos es su derecho y responsabilidad, y nada ni nadie se los puede
imponer o prohibir. Que los servidores públicos son eso, servidores, no
dueños de las vidas, de los individuos, de las parejas, de los
matrimonios, de las fuentes de la vida, de las familias o de la nación.
No. No son dueños, tampoco son dios. Son sólo pobres mortales como
nosotros. Son sólo servidores del bienestar de todos, que deben hacer
leyes sabias para que todos vivamos con equidad, con justicia y en paz.
Que si no lo hacen, no sólo faltan a su deber, sino que pierden
credibilidad y legitimidad. Cuando, ante casi dos millones de mexicanos,
en su mayoría jóvenes, en el Autódromo de la ciudad de México, el Papa
Juan Pablo segundo dijo: "¡Que ningún mexicano se atreva a vulnerar el
don precioso y sagrado de la vida en el vientre materno!", se levantó
una oleada incontenible de vivas y aplausos. ¡Sólo algunos cuantos
parecen no haber oído este clamor! Para este pueblo amante y respetuoso
de la vida deben legislar los que son llamados sus representantes, no
para intereses partidistas, no para intereses extranjeros, ajenos a la
idiosincrasia nacional. "El verdadero pueblo mexicano no asesina y menos
al más inocente", hemos dicho los Obispos mexicanos. (Mensaje, 16-IV
-99). ¡Los católicos menos!
6. Es verdad
que las condiciones en que se encuentran muchas mujeres, jóvenes sobre
todo, que han concebido un hijo por irresponsabilidad, por engaño o por
violencia, son lamentables y dramáticas. De esta situación no es
culpable la Iglesia. Es el estado quien debe procurar la justicia y
ofrecer condiciones saludables de vida, no de muerte. La Iglesia, que
también es víctima de esas situaciones de inequidad, las comprende y les
brinda su protección y apoyo espiritual y moral; pero nada puede
justificar la eliminación de una vida inocente. Despenalizar el aborto
es incitar a la mujer a cometerlo, aunque digan dolosamente lo
contrario. Las consecuencias morales y psicológicas duran toda la vida y
recaen sobre la mujer. A un legislador responsable se le pide promulgar
leyes sabias que eviten estos casos lamentables limpiando el ambiente y
los medios de comunicación de tanta podredumbre en la que han dejado
sumirse el país, y que no quieren ver: la pornografía, la violencia, la
deficiente y mal orientada "educación" sexual, la comercialización con
el sexo y con la figura de la mujer en los anuncios y comerciales, la
drogadicción... Los abortos clandestinos y las muertes de sus madres son
hechos trágicos, lamentables, pero son el efecto de la falta de
educación, de cuidado, de responsabilidad, fruto de la pobreza y de la
violencia, no la causa. Son consecuencia de su negligencia. No quieren
asumir la tarea de educar, y de educar en los valores y en la virtud,
como es su deber. El legislador debe prevenir el mal, erradicando las
causas y no queriendo suprimir los efectos, sin quitar las causas.
Querer resolver el problema despenalizando el aborto es transferir
irresponsablemente la responsabilidad a la que menos la tiene: a la
mujer engañada, seducida, violentada, empobrecida. La mujer, víctima de
la ignorancia, de la inexperiencia, del ambiente, de la violencia debe
cargar también ahora, ella sola, con el homicidio de su hijo. Un estado
ineficiente se vuelve corruptor. Es como decirle a la mujer: Tú te las
arreglas como puedas. Si quieres asesinar a tu hijo que te estorba, pues
hazlo. Yo no me opongo ni digo nada". Herodes y Pilato se vuelven a
encontrar para tramar la muerte del inocente. ¿Para eso elegimos, para
eso pagamos tanto dinero a los legisladores? Eso no es justo y ustedes,
que los eligieron, tienen que hacérselo saber.
7. Hermanas y
hermanos todos: En el canto que entonamos a la Virgen de Guadalupe, que
comienza: "A ti Virgencita, mi Guadalupana", hay una estrofa que dice:
"Tu nombre es arrullo y el mundo lo sabe; eres nuestro orgullo, y México
es tuyo: ¡Tú guardas la llave!".
Santa María de
Guadalupe es la "Madre del Dios por quien se vive", por quien México ha
vivido y quiere vivir. Santa María de Guadalupe es la esposa de Señor
San José. Él la tuvo bajo su cuidado junto con su Hijo, a quien salvó de
las manos asesinas de Herodes y sus descendientes, ahora desparramados
por doquier. A esta Virgen cantamos, diciéndole que México es suyo y que
"Ella guarda la llave". Ella tiene la llave de su felicidad y de la
fuente de la vida, que es Dios. La Iglesia católica custodia esa llave,
porque defiende y promueve la vida. Más adelante, el canto dice: "¡Que
viva la Reina de los mexicanos, la que con sus manos sembró rosas bellas
y puso en el cielo millares de estrellas" ¿Por qué, hermanos y hermanas,
hay quienes quieren empañar nuestro cielo, secar nuestro jardín sembrado
por María, cortar nuestras rosas, apagar nuestra fe en Dios, nuestro
amor a la vida, nuestro aprecio a la familia, a los hijos, a los niños,
elaborando leyes inicuas, violentas, criminales?
Queremos que
"viva la Reina de los mexicanos", de todos nosotros, y queremos vivir
también nosotros junto con Ella. Y para vivir tenemos que respetar la
vida, amar la vida, defender la vida, disfrutar apaciblemente de la
vida, don maravilloso de Dios. No olvidemos a Juan Pablo II clamando:
"¡Somos el pueblo de la vida y para la vida!" Los retrógrados no somos
nosotros, no es la Iglesia; son ellos, los sembradores de muerte.
Nosotros miramos hacia adelante porque amamos la vida y tenemos fe y
tenemos esperanza en un México mejor. Para eso la Providencia divina
escogió a San José, para defender, conservar y hacer crecer y florecer
la vida de su Hijo y la de su santísima Madre. A él nos encomendamos y
le pedimos que siga protegiendo a la familia de su Hijo, especialmente a
los más pobres, a los más débiles, a los inocentes en el mismo seno
materno junto con sus madres. Que proteja a las madres, en cualquier
situación en que se encuentren, para que con penas y sacrificios, salven
la vida de sus hijos y ellos sean su gloria, su corona y su felicidad.
Que así sea.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro