PLANTAR LA VID EN EL HOGAR
Hermanas y hermanos:
1. El evangelio de este domingo
sexto de Pascua nos invita a plantar la Vid verdadera en nuestro
hogar y en nuestra comunidad, a disfrutar de sus frutos y a ser
felices.
2. El texto une algunos conceptos
difíciles de conciliar, como son el “amor” con el “mandamiento”. Es
verdad, solemos hablar del “mandamiento del amor”, como del
“mandato” propio de Jesús y de los cristianos. Pero, ¿es posible
mandar el amor? Si es amor sincero, pensamos que no es posible,
porque el mandamiento nos refiere, en nuestro modo de hablar, a un
superior y a un inferior; marca siempre una diferencia de
dependencia y excluye la igualdad; el amor, en cambio, se da entre
iguales o los hace iguales. El mandato y la obediencia marcan
distancias, mientras que el amor las acorta y elimina. ¿Qué es,
pues, lo que nos “manda” Jesús? ¿De qué “amor” se trata?
3. El evangelio nos explica más
adelante de qué amor y de qué mandamientos está hablando Jesús:
“Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en
mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y
permanezco en su amor”. El amor que Jesús nos “manda” es el mismo
amor que une al Padre y al Hijo, al Hijo con el Padre. Y ese amor se
llama Espíritu Santo. El amor mandado por Jesús es el amor que tiene
su origen y su fuente en la Santísima Trinidad; es la vida propia de
la Trinidad Santa, su razón de ser. Es el mismo Dios, del que nos
dice san Juan que “Dios es Amor”, que “el amor viene de Dios”. La
fuente del amor no está en el hombre, sino en Dios. Sólo el que
tiene y experimenta ese amor, conoce a Dios. El amor humano es
verdadero en cuanto nos asemeja a Dios. No es una imposición
externa, sino que es la fuente de agua viva que Dios puso en nuestro
corazón cuando nos dio su Espíritu Santo en el Bautismo y en la
Confirmación y se alimenta del sacramento del Amor, la santa
Eucaristía. Se trata de una experiencia vital del amor que, viniendo
del Padre se manifiesta en el Hijo y se nos comunica mediante el
Espíritu Santo. Este es el amor salvador. Sólo el amor salva, sólo
el amor redime y el amor nos diviniza, nos eleva hasta Dios. Ser
salvados es ser divinizados, es entrar en la vida misma de la
Santísima Trinidad.
4. Este amor de Dios se ha hecho
patente, asequible a nosotros en Jesucristo: “Este es mi
mandamiento: que se amen los unos a los otros en virtud del amor con
que yo los he amado a ustedes” y Él nos amó entregando gratis su
vida por nosotros. Nosotros somos incapaces de igual que Dios porque
no somos dioses, pero sí estamos obligados, puesto que él nos amó
primero, a hacer de su amor la fuente e inspiración de nuestra vida,
para que ésta sea y pueda llamarse cristiana. Sin la fe en Cristo no
se puede ser cristiano; sin el amor de Cristo no se puede llevar una
vida cristiana. Por el hecho de que Él murió por nosotros y resucitó
para reconciliarnos con Dios, nosotros podemos vivir de ese amor y
revivir ese amor entre nosotros. Por la fuerza de su misterio
Pascual nosotros podemos llevar una nueva vida. Cristo resucitado es
la Vid verdadera que nutre con su sabia los sarmientos para que haya
frutos.
5. Ese amor de Dios manifestado en
Cristo fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo en
el Bautismo y en la Confirmación y en los esposos en el santo
Matrimonio. Ese es el amor con que un discípulo de Cristo debe amar
a Dios y a su prójimo. Es un único y mismo amor. Ese amor no brota
en primer lugar del corazón del hombre, sino que “Dios nos amó
primero”, es siempre un regalo de Dios. Es gracia que viene del
cielo. Esta es la “fuente escondida” de donde mana y corre el amor y
la vida de Dios hacia nosotros, y que san Juan de la Cruz veía en el
Pan de vida, en la santa Eucaristía. En ese amor debemos
enraizarnos, insertarnos por la fe en Jesús, esperando se cumplan en
nosotros sus promesas. Salvados por la fe en Jesús y por la
esperanza en sus palabras. Allí es donde el cristiano debe beber el
amor verdadero y nutrir con él toda su vida. Este amor ni el pecado
ni la muerte ni ninguna potestad humana pueden destruir, y de ese
amor nada, decía san Pablo, nos puede separar. En ese amor hemos
sido “injertados” por el Bautismo y “marcados” con el sello del
Espíritu Santo en la Confirmación. El Espíritu Santo imprime la
imagen de Cristo en nuestra alma y en ese y por ese rostro de Cristo
somos amados por Dios. Dios ama la imagen de Cristo en nosotros y no
puede no amarla. En el Hijo somos amados por el Padre y en el amor
al Padre Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos y amigos y
manifestarnos los secretos del reino de Dios.
6. Invito a las familias a
“plantar” la Vid, es decir, a poner el Crucifijo en el centro de su
hogar y de su vida, y a gozar de sus frutos. Les sugiero lo hagan de
manera visible y clara: Que el centro de su hogar y el lugar
principal de su sala sea el Altar familiar: El Crucifijo en el
centro: “¡No le tengan miedo a Cristo!”; a su derecha la Virgen
María; luego el Santo de su devoción; la santa Biblia, el Catecismo
de la Iglesia Católica y el santo Rosario. Que allí, en torno a ese
Altar casero, se congregue la familia, se haga una pequeña lectura
bíblica, se lea un número del Catecismo y se eleve una oración.
Recuerden los esposos católicos que quien los unió en santo
matrimonio fue Dios, es decir, el amor de Dios derramado en sus
corazones por el Espíritu Santo. Por tanto, ustedes cuentan con su
presencia y asistencia, y deben permitir que el Espíritu Santo los
guíe en la solución de sus problemas. Deben oír su voz. Si se dejan
iluminar por el Espíritu Santo y con esos ojos miran al Crucificado
y a su Madre, no habrá divorcios, ni abortos, ni separaciones, ni
humillaciones para nadie, mucho menos para los más débiles como son
los niños y la mujer. Serán felices. Se los promete quien fue
perfectamente feliz: Jesús: “Les he dicho esto para que mi alegría
esté en ustedes y su alegría sea completa”. Y ustedes enseñarán al
mundo a ser feliz.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro