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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA DEL II ENCUENTRO DIOCESANO DE LAICOS

Santiago de Querétaro, Qro., 17 de Mayo de 2009


PLANTAR LA VID EN EL HOGAR

Hermanas y hermanos: 

1. El evangelio de este domingo sexto de Pascua nos invita a plantar la Vid verdadera en nuestro hogar y en nuestra comunidad, a disfrutar de sus frutos y a ser felices. 

2. El texto une algunos conceptos difíciles de conciliar, como son el “amor” con el “mandamiento”. Es verdad, solemos hablar del “mandamiento del amor”, como del “mandato” propio de Jesús y de los cristianos. Pero, ¿es posible mandar el amor? Si es amor sincero, pensamos que no es posible, porque el mandamiento nos refiere, en nuestro modo de hablar, a un superior y a un inferior; marca siempre una diferencia de dependencia y excluye la igualdad;  el amor, en cambio, se da entre iguales o los hace iguales. El mandato y la obediencia marcan distancias, mientras que el amor las acorta y elimina. ¿Qué es, pues, lo que nos “manda” Jesús? ¿De qué “amor” se trata? 

3. El evangelio nos explica más adelante de qué amor y de qué mandamientos está hablando Jesús: “Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. El amor que Jesús nos “manda” es el mismo amor que une al Padre y al Hijo, al Hijo con el Padre. Y ese amor se llama Espíritu Santo. El amor mandado por Jesús es el amor que tiene su origen y su fuente en la Santísima Trinidad; es la vida propia de la Trinidad Santa, su razón de ser. Es el mismo Dios, del que nos dice san Juan que “Dios es Amor”, que “el amor viene de Dios”. La fuente del amor no está en el hombre, sino en Dios. Sólo el que tiene y experimenta ese amor, conoce a Dios. El amor humano es verdadero en cuanto nos asemeja a Dios. No es una imposición externa, sino que es la fuente de agua viva que Dios puso en nuestro corazón cuando nos dio su Espíritu Santo en el Bautismo y en la Confirmación y se alimenta del  sacramento del Amor, la santa Eucaristía. Se trata de una experiencia vital del amor que, viniendo del Padre se manifiesta en el Hijo y se nos comunica mediante el Espíritu Santo. Este es el amor salvador. Sólo el amor salva, sólo el amor redime y el amor nos diviniza, nos eleva hasta Dios. Ser salvados es ser divinizados, es entrar en la vida misma de la Santísima Trinidad. 

4. Este amor de Dios se ha hecho patente, asequible a nosotros en Jesucristo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros en virtud del amor con que yo los he amado a ustedes” y Él nos amó entregando gratis su vida por nosotros. Nosotros somos incapaces de igual que Dios porque no somos dioses, pero sí estamos obligados, puesto que él nos amó primero, a hacer de su amor la fuente e inspiración de nuestra vida, para que ésta sea y pueda llamarse cristiana. Sin la fe en Cristo no se puede ser cristiano; sin el amor de Cristo no se puede llevar una vida cristiana. Por el hecho de que Él murió por nosotros y resucitó para reconciliarnos con Dios, nosotros podemos vivir de ese amor y revivir ese amor entre nosotros. Por la fuerza de su misterio Pascual nosotros podemos llevar una nueva vida. Cristo resucitado es la Vid verdadera que nutre con su sabia los sarmientos para que haya frutos. 

5. Ese amor de Dios manifestado en Cristo fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo en el Bautismo y en la Confirmación y en los esposos en el santo Matrimonio. Ese es el amor con que un discípulo de Cristo debe amar a Dios y a su prójimo. Es un único y mismo amor. Ese amor no brota en primer lugar del corazón del hombre, sino que “Dios nos amó primero”, es siempre un regalo de Dios. Es gracia que viene del cielo. Esta es la “fuente escondida” de donde mana y corre el amor y la vida de Dios hacia nosotros, y que san Juan de la Cruz veía en el Pan de vida, en la santa Eucaristía. En ese amor debemos enraizarnos, insertarnos por la fe en Jesús, esperando se cumplan en nosotros sus promesas. Salvados por la fe en Jesús y por la esperanza en sus palabras. Allí es donde el cristiano debe beber el amor verdadero y nutrir con él toda su vida. Este amor ni el pecado ni la muerte ni ninguna potestad humana pueden destruir, y de ese amor nada, decía san Pablo, nos puede separar. En ese amor hemos sido “injertados” por el Bautismo y “marcados” con el sello del Espíritu Santo en la Confirmación. El Espíritu Santo imprime la imagen de Cristo en nuestra alma y en ese y por ese rostro de Cristo somos amados por Dios. Dios ama la imagen de Cristo en nosotros y no puede no amarla. En el Hijo somos amados por el Padre y en el amor al Padre Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos y amigos y manifestarnos los secretos del reino de Dios. 

6. Invito a las familias a “plantar” la Vid, es decir, a poner el Crucifijo en el centro de su hogar y de su vida, y a gozar de sus frutos. Les sugiero lo hagan de manera visible y clara: Que el centro de su hogar y el lugar principal de su sala sea el Altar familiar: El Crucifijo en el centro: “¡No le tengan miedo a Cristo!”; a su derecha la Virgen María; luego el Santo de su devoción; la santa Biblia, el Catecismo de la Iglesia Católica y el santo Rosario. Que allí, en torno a ese Altar casero, se congregue la familia, se haga una pequeña lectura bíblica, se lea un número del Catecismo y se eleve una oración. Recuerden los esposos católicos que quien los unió en santo matrimonio fue Dios, es decir, el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo. Por tanto, ustedes cuentan con su presencia y asistencia, y  deben permitir que el Espíritu Santo los guíe en la solución de sus problemas. Deben oír su voz. Si se dejan iluminar por el Espíritu Santo y con esos ojos miran al Crucificado y a su Madre, no habrá divorcios, ni abortos, ni separaciones, ni humillaciones para nadie, mucho menos para los más débiles como son los niños y la mujer. Serán felices. Se los promete quien fue perfectamente feliz: Jesús: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa”. Y ustedes enseñarán al mundo a ser feliz.

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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