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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Santiago de Querétaro, Qro., 17 de Febrero de 2008


LA TRANSFIGURACIÓN DE CRISTO:

CONTEMPLAR EL ROSTRO DE DIOS

 

1. “Mi corazón me dice de ti: ‘Busca su rostro’. Estoy buscando tu rostro, Señor, no me lo escondas”, dice hermosamente el salmo de la antífona de entrada de esta Eucaristía (Ps 26,8s). 

2. Todos andamos buscando el rostro de Dios, por diversos caminos, a veces sin saberlo, a veces hasta negándolo, pero nadie puede escapar de esta necesidad del corazón humano: El contemplar el rostro de Dios. A veces, repito, con diversos nombres y bajo distintas aspiraciones: felicidad, belleza, ciencia, placer, amor; hasta de formas perversas, como sería mediante la droga, el sexo, el dinero, el poder… porque pensamos que allí está nuestra felicidad. Equivocamos el camino, pero no el destino: todos andamos buscando la felicidad cuya fuente única es Dios. Por eso oramos: “Señor, tú que nos mandaste escuchar a tu Hijo Jesucristo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria”, que resplandece en el rostro de Cristo. 

3. ¿Dónde encontrar el rostro auténtico de Dios, la felicidad verdadera? En el rostro de Cristo. “Queremos ver a Jesús”, le preguntaban los griegos al apóstol Felipe. Y Felipe llevó a esos paganos al encuentro con Jesús. Los apóstoles fueron los primeros que contemplaron el rostro de Dios en Jesucristo. Por eso “lo dejaron todo y siguieron a Jesús”. Sí, hermanos y hermanas, para contemplar el rostro de Dios se necesita seguir a Jesús, y para seguir a Jesús, se necesita dejarlo todo y emprender con él el camino hacia Jerusalén; allí nos revelará la plenitud de su belleza, de su gloria, de su felicidad. Estamos en Cuaresma, que es el camino hacia la Pascua, hacia la revelación plena del rostro de Dios presente en Jesús, imagen verdadera y esplendorosa del Padre. En la Iglesia católica, en su liturgia, encontramos el rostro de Dios en Jesús. 

4. Pero en este seguimiento de Jesús, hay que subir a diversas montañas; hay que elevarse sobre los demás, y acercarse a Dios. Hay que dejar la cobardía y la mediocridad. Un mediocre no sirve para cristiano. Un cobarde menos. Ya vimos, en los domingos pasados, cómo Jesús es llevado por el mismo Tentador al monte de las tentaciones; allí Jesús ora, ayuna, hace penitencia, y, con la fuerza del Espíritu, vence al Tentador. Tenemos allí el camino y el ejemplo para vencer nuestras pasiones. El domingo pasado Jesús, desde el monte de las Bienaventuranzas, como un nuevo Moisés, lanza su programa para sus discípulos: tener un corazón de pobre, ser sencillo y limpio de corazón, ser misericordioso, buscar lo que es justo y estar dispuesto a ser calumniado y perseguido por el nombre de Jesús; en una palabra, tomar su cruz para ser su discípulo. La revelación del verdadero rostro de Dios en Jesucristo tendrá que manifestarse a través de la ignominia de la cruz en el monte Calvario. La vida cristiana va de ascensión en ascensión: del monte de la Tentación pasamos al de las Bienaventuranzas; de éste al monte de la Transfiguración, y de la transfiguración al monte de los Olivos y al monte Calvario para concluir en el monte de la Ascensión al cielo y en el monte de la Misión en Galilea. La Iglesia es esa Ciudad edificada sobre la Montaña para que refleje la Luz de Cristo ante el mundo entero. Cada cristiano deber ser reflejo de esa luz. 

5. Ahora la liturgia nos presenta a Jesús, que invita a tres de sus discípulos, a Pedro, Santiago y Juan a subir “ un  monte elevado” con él. Se impone siempre un esfuerzo, una superación de la mediocridad para seguir a Jesús y estar con él. Pero ¡qué maravilla! Allí Jesús, en oración, se transfiguró, se llenó de luz, sus vestidos se hicieron blancos, resplandecientes. Los apóstoles testigos quedaron deslumbrados, atónitos, nuca imaginaron lo que estaban viendo: Jesús les manifiesta la plenitud de su belleza, de su gloria y ellos experimentan la perfecta felicidad; por eso Pedro quiere quedarse allí, contemplando el rostro resplandeciente de Dios en Cristo. “No me escondas más este rostro”, suplicaba Pedro en su corazón. Pero todavía no había comprendido que tenía que llegar y subir a otro monte, al Calvario, para ser digno de contemplar para siempre el rostro de Dios.  

6. Hermanas y hermanos: Ustedes también son buscadores del rostro de Dios, de la perfecta felicidad; por eso están aquí. En la oración pedíamos al Señor que nos iluminara con su Palabra y que nos limpiara los ojos de nuestro Espíritu” para poder contemplarlo. La Iglesia nos ofrece ahora, en esta Cuaresma, un espacio para escuchar con más atención la palabra de Dios y para limpiar los ojos de nuestro espíritu con la penitencia y la confesión de nuestros pecados, para llegar a contemplar el rostro verdadero de Jesús, el Resucitado, durante las fiestas de Pascua. Los invito a “no huir” de vacaciones, sino a seguir con fortaleza a Cristo. Ser cristiano es seguir a Cristo, subir con él a la montaña, escuchar a Moisés y los profetas, es decir, la palabra de Dios; ser cristiano significa tomar la cruz de Cristo todos los días, sus mandamientos, y caminar con él, no avergonzarnos de ser católicos y de participar en la Semana Santa.  

7. En la Confirmación que vamos a celebrar, estos jóvenes van a recibir el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios, es la fuerza de Dios, es el fuego de Dios, es el sello de Dios que marca el corazón del confirmado y graba, imprime en él el rostro de Cristo. Lo “configura” con Cristo, lo hace semejante a Cristo, imprime el rostro de Cristo en su corazón, de modo que toda la vida del confirmado debe ser reflejar e imitar a Cristo. Eso significa ser cristiano. Esta imagen la llevará en su corazón durante toda su vida y para toda la eternidad. Durante su vida la debe ir haciendo traslúcida de modo que se vaya “transfigurando” en Cristo. Ser bautizado y confirmado es ser trasfigurado en Cristo. Eso significa ser cristiano. Esta imagen será su protección contra el Tentador, contra Satanás, su título de gloria en esta tierra y su carta de presentación ante el trono de Dios. Dios, al ver el rostro de Cristo en nosotros, nos abrirá la puerta de la gloria y así nos mostrará y contemplaremos su rostro para siempre. Se cumple el deseo del salmista: Contemplar el rostro de Dios y ver su gloria reflejada en nosotros. 

8. La Virgen Santísima, que formó el rostro de Cristo en sus entrañas, lo tomó y miró amorosa entre sus brazos y lo contempla ahora glorioso en el cielo, nos conceda la gracia de reflejar en nuestra vida y contemplar, junto con Ella, el rostro divino de su Hijo por toda la eternidad. Amén.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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