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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA EN EL TEMPLO DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Santiago de Querétaro, Qro., 16 de Julio de 2009


LA VIRGEN DEL MONTE CARMELO

Hermanas y hermanos: 

1. La celebración de nuestra señora y madre la Virgen María bajo la advocación de nuestra señora del Monte Carmelo, es una de las más hermosas, no sólo por alusión poética y referencia a ese hermoso monte de Israel, sino porque ha sido aceptada y adoptada por el pueblo católico con especial cariño: Desde niños muchos aprendimos a invocarla durante nuestra jornada, al terminar el día y a encomendarle la hora de nuestra muerte. Podemos decir que la Virgen del Carmen era como de nuestra familia y que nos cuidó desde nuestra niñez, cuando los temores y miedos comienzan a invadirnos. Por eso, con grande gozo y gratitud, celebramos ahora su fiesta y nos encomendamos a su protección. 

2. Como bien saben ustedes, el santo padre el Papa Benedicto XVI, con ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo párroco de Ars San Juan María Vianney, ha proclamado un “Año Sacerdotal”. Hoy lo inauguré, junto con el presbiterio diocesano, ante la presencia de unos 25 mil peregrinos de todas las parroquias de la diócesis. A todos los fieles encomienda el Papa, y desde luego su Obispo, a todos sus sacerdotes, a fin de que oren por ellos y ellos puedan servirnos con un testimonio de vida “más intenso e incisivo”, y ofrecer la salvación de Dios a este mundo moderno y retador. Es un año para que ustedes oremen por sus sacerdotes.  

3. Al final de su Carta inaugural, el santo Padre dice: “Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de su total donación a Cristo y a la Iglesia, que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Párroco de Ars”. El santo párroco de Ars es el patrono de todos los párrocos y fue un gran devoto de la Virgen María. A ella encomendaba su parroquia y su ministerio, y decía: “Jesucristo, después de habernos regalado todo lo que nos podía dar, nos hizo herederos de lo que le quedaba de más precioso: su Santa Madre”, refiriéndose al pasaje que escuchamos en el evangelio de san Juan. 

4. Los versículos que leímos son el centro del cuadro, o mejor, como del retablo de la Iglesia que san Juan nos ofrece en su evangelio describiendo la escena del Calvario. Jesús aparece en el centro, levantado en alto, en la Cruz. El soldado acaba de traspasar su corazón, y de allí brota sangre y agua. De ese corazón, dice el santo Párroco de Ars, brotó el sacerdocio cristiano. El sacerdote es un regalo del corazón de Jesús a la Iglesia y al mundo. Es una escena eclesial y sacerdotal. Jesús sube a la cruz sin el Cirineo, lleno de vigor que le da el amor. Él entrega la vida, nadie se la quita, ni nadie le arrebata a los suyos; por eso, los soldados, que reparten sus despojos, no se atreven a rasgar su túnica, su Iglesia, que debe permanecer siempre unida. Jesús es proclamado “rey de los judíos” por el gobernador romano en todas las lenguas conocidas allí: en hebreo, en griego y en latín. Jesús es el Rey universal, reconocido por el representante del imperio más poderoso de entonces. Los influyentes sacerdotes judíos, que lograron convencer a Pilato de crucificarlo, ahora ya no pueden nada. Pilato no les hace caso y escribe que Jesús es “el rey de los judíos”. Jesús reina desde la cruz, a pesar de las oposiciones e intereses humanos. 

5. El centro de esa escena sobrecogedora son los versos que escuchamos en la lectura: “Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre, María Cleofás y Maria Magdalena” y “el discípulo amado”. No falta ninguno para la configuración de la Iglesia. Allí, en germen pero realmente, está la Iglesia entera. Allí estamos nosotros también, presentes y representados en esa pequeña comunidad, rodeada de enemigos e incrédulos. Igual que hoy. Allí está la Madre de Jesús, en primerísimo lugar, de pie, ofreciendo al Padre su Hijo y ofreciéndose con su Hijo al Padre por nosotros. La Víctima esta sobre el altar y asocia a su comunidad al su sacrificio. Es una escena “sacerdotal”: es la realización más perfecta y hermosa del sacrificio de Jesús, que se consuma con la ofrenda total de su vida: “Todo está cumplido”. Todo cumplido, todo realizado, todo obedecido, pudo “doblar la cabeza y entregar su Espíritu”. Nos regaló su espíritu, su alma y el alma de la Iglesia, el Espíritu santo. Así, el pecado de Adán y de Eva, que levantaron su cabeza contra Dios, queda saldado con Cristo que, obediente, inclina la cabeza a la voluntad del Padre, para aplastar la cabeza de Satanás y enseñarnos a doblar la cabeza ante Dios y su santa voluntad. A ser hijos obedientes de la Iglesia. 

6. En esta escena impresionante y maravillosa, la Virgen Santísima y San Juan, encarnan las dos figuras excelsas de la Iglesia. Sin Juan, sin el Apóstol, la Iglesia no sería la que fundó Jesucristo sobre el Colegio apostólico. Sin Juan allí, la Iglesia no sería apostólica. Después se unirán los demás Apóstoles, cuando completen su itinerario de fe. Juan es la garantía de la fe que creemos. Sin María, la Iglesia no tendría calor de Madre, la comunidad resultaría huérfana, la Iglesia sería una organización fría, no una familia. La dimensión mariana y la dimensión apostólica son notas esenciales de la Iglesia, que se necesitan una a la otra como la madre necesita al hijo y el hijo requiere de la madre. 

7. Hermanas y hermanos: ¡Qué hermosa y qué grande es nuestra fe, nuestra Iglesia, nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestra Madre. Donde Ella está, está su Hijo primogénito Jesús, y después los hermanos de su Hijo, la Iglesia apostólica y la comunidad que en torno a ella se reúne y congrega, como nosotros aquí. Aquí estamos actualizando la escena del Calvario. Es el mismo acontecimiento salvador, es el mismo misterio de la Iglesia, es el mismo regalo de Jesús el que estamos recibiendo en esta celebración. Corramos tras María y alcanzaremos seguros el Monte de la perfección que es Cristo clavado en la cruz, y mirando al Traspasado alcanzaremos la salvación. 

 

 † Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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