LA VIRGEN DEL MONTE CARMELO
Hermanas y hermanos:
1. La celebración de nuestra
señora y madre la Virgen María bajo la advocación de nuestra señora
del Monte Carmelo, es una de las más hermosas, no sólo por alusión
poética y referencia a ese hermoso monte de Israel, sino porque ha
sido aceptada y adoptada por el pueblo católico con especial cariño:
Desde niños muchos aprendimos a invocarla durante nuestra jornada,
al terminar el día y a encomendarle la hora de nuestra muerte.
Podemos decir que la Virgen del Carmen era como de nuestra familia y
que nos cuidó desde nuestra niñez, cuando los temores y miedos
comienzan a invadirnos. Por eso, con grande gozo y gratitud,
celebramos ahora su fiesta y nos encomendamos a su protección.
2. Como bien saben ustedes, el
santo padre el Papa Benedicto XVI, con ocasión del 150 aniversario
de la muerte del santo párroco de Ars San Juan María Vianney, ha
proclamado un “Año Sacerdotal”. Hoy lo inauguré, junto con el
presbiterio diocesano, ante la presencia de unos 25 mil peregrinos
de todas las parroquias de la diócesis. A todos los fieles
encomienda el Papa, y desde luego su Obispo, a todos sus sacerdotes,
a fin de que oren por ellos y ellos puedan servirnos con un
testimonio de vida “más intenso e incisivo”, y ofrecer la salvación
de Dios a este mundo moderno y retador. Es un año para que ustedes
oremen por sus sacerdotes.
3. Al final de su Carta inaugural,
el santo Padre dice: “Confío este Año Sacerdotal a la Santísima
Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso
y renovado impulso de los ideales de su total donación a Cristo y a
la Iglesia, que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo
Párroco de Ars”. El santo párroco de Ars es el patrono de todos los
párrocos y fue un gran devoto de la Virgen María. A ella encomendaba
su parroquia y su ministerio, y decía: “Jesucristo, después de
habernos regalado todo lo que nos podía dar, nos hizo herederos de
lo que le quedaba de más precioso: su Santa Madre”, refiriéndose al
pasaje que escuchamos en el evangelio de san Juan.
4. Los versículos que leímos son
el centro del cuadro, o mejor, como del retablo de la Iglesia que
san Juan nos ofrece en su evangelio describiendo la escena del
Calvario. Jesús aparece en el centro, levantado en alto, en la Cruz.
El soldado acaba de traspasar su corazón, y de allí brota sangre y
agua. De ese corazón, dice el santo Párroco de Ars, brotó el
sacerdocio cristiano. El sacerdote es un regalo del corazón de Jesús
a la Iglesia y al mundo. Es una escena eclesial y sacerdotal. Jesús
sube a la cruz sin el Cirineo, lleno de vigor que le da el amor. Él
entrega la vida, nadie se la quita, ni nadie le arrebata a los
suyos; por eso, los soldados, que reparten sus despojos, no se
atreven a rasgar su túnica, su Iglesia, que debe permanecer siempre
unida. Jesús es proclamado “rey de los judíos” por el gobernador
romano en todas las lenguas conocidas allí: en hebreo, en griego y
en latín. Jesús es el Rey universal, reconocido por el representante
del imperio más poderoso de entonces. Los influyentes sacerdotes
judíos, que lograron convencer a Pilato de crucificarlo, ahora ya no
pueden nada. Pilato no les hace caso y escribe que Jesús es “el rey
de los judíos”. Jesús reina desde la cruz, a pesar de las
oposiciones e intereses humanos.
5. El centro de esa escena
sobrecogedora son los versos que escuchamos en la lectura: “Junto a
la Cruz de Jesús estaba su Madre, María Cleofás y Maria Magdalena” y
“el discípulo amado”. No falta ninguno para la configuración de la
Iglesia. Allí, en germen pero realmente, está la Iglesia entera.
Allí estamos nosotros también, presentes y representados en esa
pequeña comunidad, rodeada de enemigos e incrédulos. Igual que hoy.
Allí está la Madre de Jesús, en primerísimo lugar, de pie,
ofreciendo al Padre su Hijo y ofreciéndose con su Hijo al Padre por
nosotros. La Víctima esta sobre el altar y asocia a su comunidad al
su sacrificio. Es una escena “sacerdotal”: es la realización más
perfecta y hermosa del sacrificio de Jesús, que se consuma con la
ofrenda total de su vida: “Todo está cumplido”. Todo cumplido, todo
realizado, todo obedecido, pudo “doblar la cabeza y entregar su
Espíritu”. Nos regaló su espíritu, su alma y el alma de la Iglesia,
el Espíritu santo. Así, el pecado de Adán y de Eva, que levantaron
su cabeza contra Dios, queda saldado con Cristo que, obediente,
inclina la cabeza a la voluntad del Padre, para aplastar la cabeza
de Satanás y enseñarnos a doblar la cabeza ante Dios y su santa
voluntad. A ser hijos obedientes de la Iglesia.
6. En esta escena impresionante y
maravillosa, la Virgen Santísima y San Juan, encarnan las dos
figuras excelsas de la Iglesia. Sin Juan, sin el Apóstol, la Iglesia
no sería la que fundó Jesucristo sobre el Colegio apostólico. Sin
Juan allí, la Iglesia no sería apostólica. Después se unirán los
demás Apóstoles, cuando completen su itinerario de fe. Juan es la
garantía de la fe que creemos. Sin María, la Iglesia no tendría
calor de Madre, la comunidad resultaría huérfana, la Iglesia sería
una organización fría, no una familia. La dimensión mariana y la
dimensión apostólica son notas esenciales de la Iglesia, que se
necesitan una a la otra como la madre necesita al hijo y el hijo
requiere de la madre.
7. Hermanas y hermanos: ¡Qué
hermosa y qué grande es nuestra fe, nuestra Iglesia, nuestro Dios,
nuestro Salvador y nuestra Madre. Donde Ella está, está su Hijo
primogénito Jesús, y después los hermanos de su Hijo, la Iglesia
apostólica y la comunidad que en torno a ella se reúne y congrega,
como nosotros aquí. Aquí estamos actualizando la escena del
Calvario. Es el mismo acontecimiento salvador, es el mismo misterio
de la Iglesia, es el mismo regalo de Jesús el que estamos recibiendo
en esta celebración. Corramos tras María y alcanzaremos seguros el
Monte de la perfección que es Cristo clavado en la cruz, y mirando
al Traspasado alcanzaremos la salvación.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro