Hermanos
presbíteros,
Hermanos
peregrinos,
Hermanas y
hermanos todos:
1. “El sacerdocio
es un don del amor del Corazón de Jesús” hacia nosotros, decía el
santo párroco de Ars san Juan María Vianney, en cuyo honor el papa
Benedicto XVI acaba de proclamar el “Año sacerdotal”, que hoy aquí
declaro inaugurado para toda la Diócesis en esta magna celebración
eucarística. Sí, queridos hermanos y hermanas: Nosotros vivimos del
amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, cuyo signo preclaro
es su corazón abierto y traspasado. De ese corazón brotó la
Eucaristía, de allí nació la Iglesia y de allí recibimos el
Sacerdocio, que es el que hace posible la santa Eucaristía y la
santa Iglesia, porque sin sacerdote no existe la Iglesia ni es
posible la Eucaristía. Si nosotros comprendiéramos la grandeza del
sacerdocio cristiano, decía el santo párroco de Ars, moriríamos, no
te temor sino de amor. En el sacerdote se concentra, en acto supremo
de poder y humildad, la omnipotencia divina: “¡Dios me obedece!”,
decía el santo párroco de Ars, pues cuando pronuncio las palabras de
la consagración, Él está aquí en el altar. Eso, comentaba, ni la
Virgen Santísima lo puede hacer; y el santo sacerdote caía de
rodillas en actitud de adoración y, contemplando la Hostia
consagrada, señalaba a los fieles: “Allí está Él”. Así, creyendo y
adorando, educaba en la fe eucarística a sus rudos feligreses.
2. La intención
del Papa es la siguiente: “Este año (sacerdotal), dice, desea
contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos
los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy
sea más intenso e incisivo” (Carta, 18 de Junio, 09). Todos los
sacerdotes renovamos cada año en la Misa crismal nuestras promesas
sacerdotales. Hoy lo vamos a hacer aquí para expresar ante Dios y
ante ustedes, nuestro deseo de servirles en las cosas de Dios. Es
verdad; fuimos ordenados sacerdotes “para siempre”. El Señor juró
comunicarnos su sacerdocio de manera irrevocable, para toda la
eternidad. El Señor lo cumple. Nadie puede dejar de ser sacerdote.
Lo que se nos pide a los ministros de Dios es que permanezcamos
fieles a ese juramento divino del cual fuimos beneficiarios a favor
de ustedes. Nadie se ordena sacerdote por sí mismo ni para sí mismo,
sino que es elegido por Dios para servir a los demás, para regir,
santificar y enseñar las cosas de Dios. Esta tarea se recibe como
regalo de Dios, no se merece, sino que continuamente hay que pedirla
con humildad, alentarla con la oración e iluminarla con la palabra
de Dios. El Papa nos habla de “renovación interior”, que opera en
nosotros el Espíritu Santo. Sólo la fuerza de Dios puede sostener
nuestra debilidad.
3. Ahora bien, el
sacerdocio es un oficio que compete a toda la Iglesia. Es para el
servicio del pueblo de Dios, para ustedes y a ustedes, hermanos,
debe interesar desde el cultivo de las vocaciones sacerdotales su
formación y la oración por sus sacerdotes. Cada familia debería
estar capacitada espiritualmente y dispuesta a ofrecer un hijo para
que sea sacerdote o misionero; es deber de cada católico apoyar a su
seminario, y de toda la comunidad el orar y cuidar a sus sacerdotes.
Este es el sentido profundo del “Año sacerdotal”: Que toda la
Iglesia estime, aprecie, cuide y ore por sus sacerdotes para que
seamos fieles a la gracia del llamado de Cristo a favor de ustedes.
Por eso el lema propuesto por el Papa: “Fidelidad de Cristo,
fidelidad del sacerdote”; así el testimonio evangélico del sacerdote
en el mundo de hoy será “más intenso e incisivo”. Sí, más intenso e
incisivo para que el mensaje del sacerdote tenga la fuerza de
penetrar la mente y el corazón del hombre moderno tan inflado de
soberbia, que cree saberlo y poderlo todo, saturado de prejuicios
contra la iglesia, de resentimientos contra Dios y blindado por una
ignorancia religiosa difícil de superar.
4. Cuando san Juan
María Vianney llegó a su parroquia en Ars había muy poco amor de
Dios en sus fieles, sus “pobrecitos pecadores” como él les llamaba.
Comenzó por hacer de la misa el centro de su vida y de su pastoral,
celebrando con piedad la eucaristía y pasando horas enteras en
adoración ante el santísimo Sacramento. La renovación de su
parroquia se inició a partir de la santa Eucaristía. Al mismo tiempo
instauró el catecismo e inició con la predicación, acompañada con
las obras de servicio a los pobres, la evangelización de sus gentes;
pero lo que más impresionó a los visitantes fueron las largas colas
en su confesionario: muchas, muchas horas escuchando a los
pecadores. Bien sabía que Señor no desprecia a un corazón contrito y
humillado. Creía en la gracia y en el perdón de Dios y lo ofrecía a
raudales a sus fieles. Fueron tres los lugares privilegiados de su
ministerio sacerdotal: El altar, el púlpito y el confesionario.
Ningún sacerdote puede resignarse a ver vacío el confesionario de su
parroquia, comentará el papa Benedicto XVI en su carta. En estos
tiempos modernos habrá que añadir otras muchas tareas al oficio
parroquial, como son las reuniones de estudio o de retiro
espiritual, la escuela parroquial, las juntas de Consejo. Para eso,
nos recuerda el Papa, habrá que hacerse acompañar del ministerio de
los fieles laicos y dejar florecer los carismas que nunca faltan en
la comunidad.
5. El Corazón de
Jesús, de donde brotó nuestro sacerdocio, es un corazón coronado de
espinas, nos recuerda el Papa Benedicto; y añade: “así, pienso en
las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos
sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en
sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los
destinatarios mismos de su ministerio. ¿Cómo no recordar tantos
sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a
veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su
sangre?”. Todos ustedes, especialmente los mayores, recordarán a lo
largo y ancho de nuestra diócesis, el testimonio heroico de
numerosos sacerdotes, algunos casi legendarios, que en tiempos
difíciles de la persecución religiosa y en los inmediatos
posteriores, ofrendaron sus vidas en su ministerio y gracias a ese
testimonio ustedes ahora tienen fe y pertenecen a la Iglesia de
Jesucristo. El testimonio de obispos santos como San Rafael Guízar
Valencia y de mártires insignes salidos de entre las filas
sacerdotales, coronan este nutrido grupo de testigos de Cristo. Si
algún hermano sacerdote llega a faltar a sus compromisos
sacerdotales, cosa que siempre tendremos que lamentar, pidamos a
Dios que la sangre y las lágrimas de todos estos mártires y
sacerdotes insignes, cubran sus debilidades y laven sus faltas.
Nosotros nunca nos hagamos cómplices de quienes lucran y negocian
con la honra de los demás, menos con la de un sacerdote.
6. Hermanos
peregrinos: La tradición de nuestra peregrinación quiere que
acerquemos, por primera vez, a estos pequeños y jóvenes a la santa
Eucaristía. Lo hacemos con gratitud al Señor por tan gran don.
Invito a cada uno de ustedes a recordar el día de su Primera
Comunión, a tener presente a sus padres, padrinos y, sobre todo, al
sacerdote que se las dio por vez primera. Quizá para algunos de
nosotros, los presbíteros, haya sido el momento del llamado de Dios.
En la Comunión, no solo llega la gracia de Dios al alma del
comulgante, sino que el mismo Autor de la gracia, Jesucristo, toma
posesión de su corazón. Hagámosle a Jesús en nuestra vida el lugar
que sólo a Él le corresponde y que quizá ahora ocupen otros amores u
otros intereses, a quienes no pertenece nuestro corazón. Pidámosle a
Jesús que nunca nos falte en nuestra vida la presencia y la cercanía
de un sacerdote pues, como decía el santo párroco de Ars, “si vemos
bien nuestra vida, caeremos en la cuenta de que las bendiciones de
Dios nos ha llegado por medio de un sacerdote”. A mis hermanos
sacerdotes les agradezco, en nombre de la Iglesia y de Jesús el Buen
Pastor, su celo sacerdotal, su próvida colaboración y su oración
ante el Señor y su Madre Santísima. Ésta especialmente se las pido,
lo mismo que a todos ustedes Hermanos peregrinos, a los pies de
nuestra Madre Santísima de Guadalupe, cuando lleguemos con su favor
al Tepeyac. Que santa María de Guadalupe, la Madre de Jesús, nuestro
Gran Sacerdote, cuide y bendiga a todos nuestros sacerdotes. Que así
sea. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro