Hermanas y
hermanos:
1. La santa Iglesia nos invita, en
esta hermosa solemnidad, a elevar nuestros ojos “a los bienes del
cielo” a fin de que mantengamos viva la esperanza de llegar a
disfrutar de ellos, de los bienes del cielo, por siempre. Hay bienes
en el cielo. Y muchos. Y mejores que los terrenales, no lo
olvidemos. Nosotros somos peregrinos en este mundo, caminantes con
los pies en la tierra pero con la mirada en el cielo, buscadores de
eternidad.
2. ¿Qué estamos invitados a
contemplar en el cielo? ¿Dónde está el cielo? ¿Qué hay en él? El
cielo no son los astros ni las nebulosas ni las constelaciones. El
cielo está lleno de Dios y Dios llena el cielo. El cielo es Dios. Y
el que tiene a Dios, tiene el cielo. ¿Qué hay en el cielo, en el
corazón de Dios? San Juan, en el Apocalipsis, nos abre una pequeña
ventana para mirar el secreto de Dios: “Se abrió el templo de Dios y
dentro se vio el arca de la alianza”. Recordemos que el arca de la
alianza era el templo portátil, que llevaban los israelitas a través
del desierto, como signo, como sacramento de la presencia de Dios.
Desde allí Dios se comunicaba con su pueblo, por medio de Moisés y
del sacerdote Aarón. Era el oráculo de Dios.
3. En su interior, guardaba las
tablas de la Ley de Dios, los Mandamientos, el pacto sellado con
Israel. Contenía además un recipiente con maná, el “pan del cielo”
con el que Dios alimentó a su pueblo en el desierto, y la vara de
Aarón, signo de su poder sacerdotal. Palabra de Dios, pan del cielo
y sacerdocio era la riqueza espiritual del arca de la alianza. Esta
arca de la alianza, cuando la destrucción del templo de Jerusalén,
desapareció y nunca fue encontrada en esta tierra. Como el cuerpo de
Moisés, así también el arca de Dios, no están en este mundo.
4. Por eso, no nos debemos
sorprender que a continuación san Juan nos diga que en ese momento,
cuando contempló el arca, “apareció en el cielo una figura
prodigiosa: una mujer envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies,
con una corona de doce estrellas en la cabeza”, que estaba encinta y
a punto de dar a luz un hijo varón. Toda la tradición cristiana ha
visto en esa mujer a María santísima, y en las letanías lauretanas
le decimos “arca de la alianza, ruega por nosotros”. En efecto,
María santísima es la que lleva en su seno la santa Palabra de Dios,
al Verbo encarnado, al Evangelio del Padre, a Jesucristo nuestro
Señor. María santísima es la mujer eucarística que lleva en sus
entrañas al “verdadero Pan bajado del cielo”, Jesucristo nuestro
Señor, concebido por obra del Espíritu santo. María santísima es la
que formó en sus entrañas el cuerpo sacerdotal de su Hijo Jesucristo
que, en la cruz, como sacerdote y víctima, lo ofreció en sacrificio
por nosotros. María Santísima es la verdadera arca de la nueva y
eterna alianza, porque es la que nos trajo, lleva consigo y nos dio
a Jesucristo nuestro Señor.
5. en el santo evangelio la vimos
atravesar presurosa las montañas de Judea, llevando en su seno, como
verdadera arca de Dios, a Jesucristo el salvador. Por eso la Iglesia
nos invita a alegrarnos todos en el Señor para celebrar con jubilo
al Hijo de Dios cuya Madre fue exaltada sobre los coros de los
ángeles y de los santos del cielo. Podemos imaginar la fiesta que se
celebró en el cielo, con todos los coros angélicos y celestiales,
recibiendo y coronando su Hijo a su Madre santísima; “Hijas de reyes
salen a tu encuentro… entre alegría y regocijo van entrando en el
palacio real. De pie, a tu derecha, está la reina, enjoyada con oro
de Ofir”, decimos cantando con toda la Iglesia en esta celebración.
6. Pero este triunfo de la hija
del Rey, de la Reina, no fue sin lucha, sin dolor. “Apareció otra
figura, un enorme dragón, color de fuego, con siete cabezas y siete
cuernos, y una corona en cada una de sus siete cabezas. Con su cola
barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó
sobre la tierra”. El poder del mal es real, verdadero, cercano a
nosotros y actúa aquí en la tierra. Es “enorme” frente a la débil
mujer; aparece poderoso, frente a la mujer y la puede devorar
fácilmente; es “color de fuego”, deslumbra fácilmente con su sola
presencia; siete cuernos, siete cabezas, con coronas de reyes… es
prepotente, arrogante, está en todas partes y sólo con su cola
“barre la tercera parte de las estrellas del cielo”, también las
estrellas que coronaban a la mujer. Ésta tuvo que huir al desierto
“en un lugar preparado por Dios”. Dios no la abandona, no la olvida,
la cuida y le dará, después de la lucha, la victoria. Porque esa
mujer es signo de vida, portadora de vida: está encinta y dio a luz
un hijo varón. Es la lucha de la vida contra la muerte, del bien
contra el mal, de la fe contra la incredulidad, de la obediencia a
Dios contra la soberbia de los poderosos de este mundo.
7. Pero su triunfo es efímero,
porque ese hijo varón, nacido entre persecuciones y apremios, en la
más desoladora humildad, en la penuria del desierto, ese hijo de esa
mujer “está destinado a dominar todas las naciones con cetro de
hierro… y será llevado hasta Dios y hasta su trono”. Ese es Jesús,
el Hijo de esa Mujer débil y perseguida, es nuestro Pastor
glorificado, nuestro gran sacerdote resucitado, el que fue
crucificado y ahora vive y reina por los siglos. Y esa mujer
perseguida es también la Iglesia de Jesucristo en su condición
actual. Por eso san Juan, a la visión añade la voz: “Entonces oí en
el cielo una voz poderosa, que decía: “Ha sonado la hora de la
victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder
de su Mesías”.
8. Hermanas y hermanos: A esa voz
poderosa, con los ángeles y los santos, notros ahora unimos nuestra
débiles voces para dar gloria a nuestro Dios, al Cordero inmolado, y
a la Reina enjoyada con oro de Ofir. A esas y a nuestra voces se
unen la voces silenciosas de los niños sacrificados, de los pequeños
maltratados, de los pobres escarnecidos, de los mártires torturados,
de los concebidos abortados, de los indígenas olvidados, de los
migrantes vejados, en fin, de toda la humanidad doliente que con
Cristo grita desde la cruz: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” y
que nadie parece escuchar aquí en la tierra, pero que, sin embargo,
encuentran eco en los oídos de Dios y en sus manos acogedoras:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús descansó su
dolor en los brazos poderosos del Padre, quien le hizo justicia, lo
resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha como Señor.
Ante él, todos los poderosos de la tierra, de rodillas, tendrán que
devolver las estrellas de sus coronas que le robaron. Y María, la
Madre de Jesús y Madre nuestra por voluntad suya desde la Cruz,
ahora aparece en el cielo como la “gran señal”, el gran signo de la
humanidad redimida y de la Iglesia rescatada. La profecía de María
se cumple hoy en la tierra en toda su plenitud: “Dichosa me llamarán
todas la generaciones”. Ahora nos toca a nosotros, esta generación,
cumplir esta profecía y lo estamos haciendo en esta celebración.
Después, por la infinita misericordia de Dios, esperamos seguirla
cumpliendo en el cielo con el coro de los bienaventurados. Que así
sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro