EL MONTE DE LA
PASCUA
Queridas familias católicas:
1. Los saludo a
todos ustedes con afecto, les agradezco su presencia, su amor a la
santa Iglesia y su compromiso con sus familias: santuarios de la
vida, templos del amor cristiano, escuelas de humanidad y de
esperanza para la Iglesia y para nuestra patria. Gracias a mis
hermanos sacerdotes por su empeño en servirles en nombre de Cristo,
nuestro Buen Pastor, que vino a darnos vida en abundancia.
2. El tiempo de
Cuaresma se compara con un camino, con una subida “al Monte de la
Pascua”. Es un acompañar a Jesús en su subida a Jerusalén para
sufrir su pasión y arrancarnos del poder del Maligno. Por eso, cada
uno de los domingos de este saludable tiempo, la liturgia nos
presenta a Jesús en un monte: En el monte de la Tentación, en el
cual vence y derrota a Satanás; en el monte de la Transfiguración,
donde se manifiesta glorioso, como el Hijo querido del Padre que por
la cruz nos lleva a la luz; y ahora, en este tercer domingo, Jesús
aparece como el verdadero Templo de Dios, edificado sobre el monte
Sión. De allí sólo queda a un paso el monte Calvario. La liturgia
nos invita a ir “de altura en altura” hasta ver a Dios en el monte
de la Pascua.
3. Todos estos
montes fueron como prefigurados y anunciados en el monte Sinaí,
donde Dios se manifiesta “misericordioso hasta la milésima
generación para con aquellos que lo aman y cumplen sus
mandamientos”. Él acaba, en efecto, de entregar el Decálogo a
Moisés. Allí se manifiesta como un “Dios celoso”, que no admite
dioses extraños, ni figuras idolátricas o invocaciones
supersticiosas de su Nombre. Israel debe encontrar a Dios en su
santa Palabra y descubrirlo en sus acciones maravillosas, como fue
la liberación de la esclavitud y el paso por el Mar rojo. Nuestro
Dios es un Dios que habla, no un ídolo mudo. ¡Hay que oírlo! Un Dios
que actúa, que salva y que redime, no un ídolo inerte ¡Hay que
seguirlo! Escuchar su voz y proclamar sus maravillas es nuestro
deber. Enseñen, papás, a sus hijos los Mandamientos de la ley de
Dios y apártenlos de los ídolos de la televisión y de las
supersticiones de los embaucadores. Háganlos católicos ilustrados.
4. En el monte
Sión Jesús purifica y limpia el templo de “mercaderes y cambistas”;
quiere que “la casa de su Padre” sea casa de oración, donde se rinda
al Padre el culto verdadero, como dirá a la Samaritana, un culto “en
espíritu y en verdad”. El culto cristiano no es para sacar ventajas
negociando con Dios -Te doy para que Tú me des-, sino sencillamente
para adorarlo. Lo demás, vendrá “por añadidura”. Papás, enseñen a
sus hijos a adorar a Dios, no a regatear con Él.
5. Esta acción de
Jesús reviste, según san Juan, un significado simbólico y profético.
En efecto, la gesto violento de Jesús en el lugar sagrado reviste
una “provocación” a la autoridad religiosa de Jerusalén. Será tomada
después, durante su proceso, como un cargo acusatorio que le llevará
a la muerte. Por eso los discípulos recuerdan el salmo 69: “el celo
de tu casa me devora”. Jesús será devorado, más que por la “jauría
de mastines” que dice la profecía, por el “celo” de Dios, por el
amor a su Padre y por el culto que el hombre debe rendirle a su
Creador. Nos viene bien una cita del Papa: “El auténtico problema de
este momento actual de la historia es que Dios desaparece del
horizonte de los hombres y, con ese apagarse de la luz que proviene
de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación,
cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto”
(Carta a los Obispos, Marzo 2009). El problema de México es que
hemos querido o pretendido construir una nación sin la luz que viene
de Dios. Los efectos destructivos están a la vista. Padres de
familia, enseñen a sus hijos a rendir a Dios un culto verdadero. Sus
hogares deben ser adoratorios del Dios verdadero y toda a vida un
culto agradable a Dios.
6. Pero la acción
y la profecía que entraña este evangelio supera el significado del
momento. “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar
así?”, le preguntan los judíos; y Jesús responde: “Destruyan este
templo y yo lo reedificaré en tres días”. Mal lo entenderán sus
adversarios; por eso el evangelista interpreta las palabras de
Jesús: “Él hablaba del templo de su cuerpo”. Los discípulos lo
comprenderán hasta después de la resurrección, cuado el Padre del
cielo restaure el cuerpo glorioso de Jesús. Este acontecimiento es
un anuncio más de su pasión y de su resurrección, una invitación a
sus familias a celebrar la Pascua.
7. Hermanas y
hermanos: Esta es la sublime revelación de este evangelio: Jesús es
el verdadero templo de Dios. El cuerpo físico de Cristo es el
santuario donde habita la plenitud de la divinidad. El Cuerpo de
Cristo es el lugar donde nosotros debemos adorar a Dios y rendir al
Padre el culto en espíritu y en verdad. En Jesús, imagen del Dios
invisible, Dios se hace visible y camina con nosotros. El cuerpo de
Cristo traspasado por la lanza del soldado, es el templo de donde
mana toda la gracia de la redención: el agua del Bautismo, el don
del Espíritu santo de la Confirmación y la sangre de la santa
Eucaristía.
8. El Cuerpo de
Cristo, templo santo de Dios y morada del Espíritu santo, tiene
muchos miembros. Nosotros, cada uno por la gracia del Bautismo y de
la Confirmación, somos parte viva de este Cuerpo, somos uno de sus
miembros. Somos piedras vivas del templo santo de Dios, dirá san
Pedro, porque en nosotros mora el Espíritu Santo y recibimos la
gracia santificadora de la Cabeza, que es Cristo. Toda la Iglesia es
“Cuerpo místico”, misterioso pero real, de Cristo y cada uno de
nosotros somos miembros vivos de ese Cuerpo santo. A Dios lo debemos
adorar no sólo en el templo material, no sólo en el sagrario, sino
también en nuestro propio cuerpo y en el del prójimo, “templos vivos
del Espíritu santo” (San Pablo): en el seno de la madre, en el
recién nacido, en el prójimo necesitado…
9. Este Cuerpo
Místico de Cristo se llama la Iglesia y se realiza y vive
plenamente en nuestra Iglesia católica, aunque todavía estemos
esperando la realización plena de esas promesas. La Iglesia es la
novia que se está preparando para la fiesta de bodas, la prometida
que se convertirá en esposa, “sin mancha ni arruga”. Así está ya en
la mente de Dios y se cumplirá. Ahora, todavía el pecado nos acecha
y nos lastima, pero no debemos rendirnos ni desanimarlos; para ello
la Iglesia nos ofrece la medicina y el remedio: Nos alimenta con el
Cuerpo y sangre sacramentales de Cristo, nos ilumina con su Palabra,
en especial con su Evangelio, nos perdona y restaura con la
Penitencia, nos acompaña y dirige por medio de los Pastores, nos
auxilia con su gracia y nos sostiene con la oración de todos los
Santos, en especial de la Virgen santísima, en quienes brilla ya en
plenitud toda la fuerza redentora de Cristo. Nos espera un destino
glorioso, que se cumplirá: “Tú tienes, Señor, palabras de vida
eterna”. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro