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HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL DIÁCONO NOEL NIETO VALDÉS

EN LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO

Soriano, Colón, Qro., 14 de Diciembre de 2009


ORDENACIÓN SACERDOTAL

Hermanos presbíteros:

1. En el marco del Año Sacerdotal, contemplando la figura señera de nuestro  patrono  el Párroco de Ars san Juan María Vianney, y bajo la mirada benigna de nuestra Señora de los Dolores, nuestra Patrona diocesana, celebramos la ordenación de un nuevo ministro del Señor, de un miembro más de nuestro Presbiterio y de un nuevo Servidor del pueblo santo de Dios, en el segundo grado del sacerdocio. 

2. Como Cristo, todo sacerdote es obra del Espíritu Santo. La liturgia de la ordenación presbiteral nos recuerda la unión inseparable entre la gracia divina y la cooperación humana, para que el misterio de la encarnación del Verbo de Dios en nuestra débil naturaleza humana se continúe en la santa Iglesia. El fiel cristiano, en este caso el diácono, mediante la oración e imposición de las manos del Obispo, queda incorporado a Cristo-Sacerdote y habilitado para actuar in persona Christi en su triple ministerio profético, de servicio pastoral y en el desempeño del culto divino. 

3. El sacerdocio cristiano es un misterio de fe. Es un misterium fidei, como la eucaristía. El sacerdote no sólo debe creer en el sacerdocio en general, sino en que él es sacerdote. Puede darse el caso trágico de ser sacerdote sin creer en el propio sacerdocio o sin tener suficientemente actualizada esta fe. Por esta razón el Papa Benedicto XVI nos pide que “este año sea una ocasión para promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes a fin de que nuestro testimonio evangélico en el mundo sea más intenso e incisivo”. El testimonio sacerdotal está presente y actuante en el mundo y en la iglesia en las más variadas e impensadas situaciones y servicios; pero debe ser, nos dice el Papa, “más intenso e incisivo”. Esto sólo será posible si hacemos más consciente nuestra fe en nuestro propio sacerdocio: En que Cristo nos amó y nos ama como amigo; que nos ungió con su Espíritu y grabó en nuestra alma su imagen sacerdotal; que nos confió sus tesoros preciosos para la edificación del pueblo de Dios: su santa Palabra, que debemos proclamar con fidelidad; el perdón de los pecados, que debemos ofrecer con generosidad; la santa Eucaristía, que hay que celebrar con piedad; su divina autoridad, que se ha de ejercer con moderación y a su Madre Santísima a la que debemos amar y enseñar a amar con amor filial. El santo Crisma con que nos ungen las manos expresa esta riqueza de gracia y misericordia que el Espíritu del Señor nos entrega en bien del pueblo cristiano. 

4. San Juan María Vianney es el Patrono de los sacerdotes porque creía en su sacerdocio, a tal punto que muchas de sus expresiones nos pueden parecer exageradas, por ejemplo cuando dice que “el sacerdote es un hombre que ocupa el lugar de Dios, un hombre revestido de todos los poderes de Dios”. “Oh, ¡qué grande es el sacerdote! -exclama-. Si él se llegara a comprender, moriría ciertamente… Dios mismo le obedece: Dice dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz y se encierra en una pequeña hostia”.”Sin el sacerdote, la muerte y pasión de Nuestro Señor, quedarían sin provecho”. “El sacerdote sólo se comprenderá en el cielo”. Todas estas exclamaciones, y otras muchas por el estilo, no son exageraciones del Santo, sino quizá falta de fe o de comprensión de nosotros en ese “don y misterio” que es el sacerdocio cristiano y que la Iglesia nos regala sin merecerlo. 

5. Esto viene a cuento no para buscar honores o reclamar gratitudes, sino para que glorifiquemos a Dios por don tan excelso y nos humillemos ante Él por nuestras carencias e infidelidades. Agradecemos a Dios el don de la perseverancia de la inmensa mayoría de nuestros sacerdotes y nos humillamos ante la defección de los menos, a quienes no negamos nuestra solidaridad. Queremos poner aquí, ante nuestra Madre Santísima y nuestro Santo Patrono, la ofrenda cotidiana y fiel de nuestro Presbiterio diocesano en el cumplimiento de su misión pastoral, y mostrar nuestra oración solidaria por los sacerdotes “ofendidos en su dignidad y obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos”(Carta del Papa a los Sacerdotes) y calumniados, sin por ello dejar de sentir el rubor en el rostro a causa de nuestros pecados en este Año Sacerdotal. Como hacemos todos los días al inicio de la Misa, confesamos que hemos pecado mucho y que lo que nos sostiene es la intercesión de santa María Virgen con los Santos del cielo, y la oración de nuestros hermanos, los fieles de nuestra parroquia. 

6. Ante sus ojos está, hermanos presbíteros, el esfuerzo que hemos realizado, con el apoyo invaluable del pueblo católico y de ustedes mismos, para la dignificación material del edificio del Seminario: capillas, biblioteca y espacios comunes, y para la atención prestada a la preparación y formación intelectual, espiritual y humana del personal que presta este invaluable servicio diocesano, que mucho estimo y agradezco. Que Jesús, el Buen Pastor, recompense y premie este esfuerzo común y en particular a los sacerdotes formadores de pastores en el Seminario. Gracias a Dios no nos han faltado auxilios intelectuales y espirituales para la actualización de nuestros conocimientos y para el fortalecimiento de nuestro espíritu. 

7. Las nuevas generaciones son hijas de este mundo globalizado y secularizado, que confunden la libertad con los gustos personales, la iniciativa con la autonomía, la sabiduría con la información, la realización personal con la autosuficiencia y que huyen de los compromisos definitivos y se muestran reacias a las exigencias de la obediencia, de la castidad y de la humildad. Vivimos en una sociedad líquida, en la que las cosas y las responsabilidades se nos escapan como el agua entre los dedos de la mano. El Papa lo advertía a un grupo de obispos en su visita ad limina, señalando que actualmente “algunos han interpretado la apertura al mundo no como una exigencia del ardor misionero del Corazón de Cristo, sino como un paso a la secularización, vislumbrando en ella algunos valores de gran densidad cristiana, como la igualdad, la libertad y la solidaridad y mostrándose disponibles a hacer concesiones y a descubrir campos de cooperación…, pero han dejado de hablar de ciertas verdades fundamentales de la fe, como el pecado, la gracia, la vida teologal y los novísimos. Sin darse cuenta, se ha caído en la auto-secularización de muchas comunidades eclesiales: éstas, esperando agradar a los que no venían, han visto como se marchaban, defraudados y desilusionados, muchos de los que estaban: nuestros contemporáneos, cuando se encuentran con nosotros, quieren ver lo que no encuentran en otra parte, o sea, la alegría y la esperanza que brotan del hecho de estar con el Señor Jesús resucitado” (7 Sept., 2009). Graves son estas observaciones del Romano Pontífice: Por agradar a los ausentes hemos dispersado a los presentes, y en lugar de darles los bienes espirituales que buscan en nosotros, les ofrecemos las miserias que ya tienen. Habrá que poner atención en enmendar el camino de la auto-desacralización de nuestro sacerdocio, si es que se diera entre nosotros. 

8. Están al alcance de todos los remedios que la Iglesia ofrece con generosidad para curar estos males y fortalecer nuestra siempre débil y lastimada voluntad. La advertencia de la Iglesia, al momento de poner los dones en las manos del neo-presbítero, es muy clara: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura toda tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. El texto no tiene concesiones: El sacerdocio cristiano es como el de Cristo: una configuración plena con el misterio de la cruz de Jesús. Sin cruz no hay ni Cristo ni sacerdocio cristiano. Por eso, los invito a hacer la siguiente oración por los sacerdotes, aquí ante nuestra Patrona diocesana: 

Señor Jesús, presente en el Santísimo Sacramento del altar,

que quisiste perpetuarte entre nosotros por medio de tus Sacerdotes;

haz que sus palabras sean las tuyas,

que sus gestos sean los tuyos,

que su vida sea un reflejo de la tuya.

 

Que ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres

y que hablen a los hombres de Dios.

 

Que no tengan miedo al servicio,

sirviendo a la Iglesia como Ella quiere ser servida.

Que sean hombres, testigos del Eterno en nuestro tiempo,

caminando por las sendas de la historia con tu mismo paso

y haciendo bien a todos.

 

Que sean fieles a sus compromisos, celosos de su vocación y de su entrega,

claros espejos de la propia identidad,

y que vivan con alegría el don recibido.

 

Te lo pedimos por intercesión de tu Santa Madre María:

Ella que estuvo presente en tu vida

estará siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amén.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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