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HOMILÍA EN LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Santiago de Querétaro, Qro., 14 de Septiembre de 2009


EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ 

1. Con gran alegría celebramos en esta ciudad episcopal, siguiendo una tradición que se remonta a sus orígenes históricos y cristianos, la Exaltación de la santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Los textos de esta fiesta litúrgica nos hablan de gozo, de fiesta, de triunfo, de gloria y de poder. La santa Cruz ha sido el instrumento y el lugar de tanta gloria del Hijo de Dios: “A Cristo, Rey y Señor, que por nosotros fue exaltado en la Cruz, venid, adorémosle”, recitábamos en el salmo Invitatorio de la Liturgia de las Horas. Celebramos, pues, a Cristo, Rey y Señor nuestro, “vencedor del pecado y de la muerte”, sobre el árbol de la cruz, convertido en trono de gloria: “Salve, oh Cruz, que fuiste consagrada por los miembros de Cristo, y estuviste adornada con sus sagrados miembros como con piedras preciosas... Por ti el mundo entero fue redimido con la sangre del Señor… Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos porque con tu santa Cruz redimiste al mundo”. Rebosemos, pues, hermanas y hermanos, de gozo y alegría celebrando esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz del Señor. 

2. ¿Cómo hemos podido los cristianos llegar a este punto en el camino de nuestra fe, a trasformar un instrumento de ignominia, más aún de maldición, en signo de vida, de victoria y de gloria? La pregunta es válida, porque todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de “escándalo” que Jesús pronunció, después que Pedro lo había reconocido como el Mesías prometido por Dios a Israel, como escuchamos ayer en el evangelio. Pedro tuvo una revelación extraordinaria y sorprendente de Dios. Entre todos los que seguían a Jesús, y que eran multitudes que habían recibido  sus beneficios, incluidos sus discípulos, nadie sabía a ciencia cierta quién era Jesús. Todas las respuestas miraba al pasado: Juan el Bautista, Elías, un Profeta. Nadie miraba hacia delante, al plan de Dios. Y Jesús era el esperado por siglos y siglos, el objeto de las promesas hecha a Israel, el centro de las enseñanzas de Moisés y de los profetas: Jesús era el Mesías esperado de Dios, y su venida preparada por siglos enteros, y nadie, ninguno de sus seguidores lo sabía. Sólo a Pedro le fue concedida esta gracia, esta sabiduría divina extraordinaria. Por eso, en el evangelio de san Mateo, Jesús lo constituye piedra fundamental de su Iglesia. La fe de Pedro es la roca sobre la que se funda la fe de todos los creyentes en Cristo.  

3. Sin embargo, Pedro todavía ignora cómo es que el Mesías va a llevar a término su obra de salvación. Jesús se lo explica: Tendrá que sufrir mucho, va a ser rechazado por las autoridades de Jerusalén y va a morir de muerte ignominiosa y después resucitará. Evidentemente esto choca con el pensar humano de Pedro y de todos los discípulos; por eso, Pedro lo increpa y trata de oponerse a este proyecto de Dios. Busca controlar el plan divino, porque “no entiende las cosas de Dios”. Jesús le llama  “Satanás”, tentador, pervertidor de la voluntad divina, y le reafirma la voluntad de Dios, que es también la suya: “El que quiera ser mi discípulo que tome su cruz de cada día y que me siga”. Seguir a Cristo, ser su discípulo es “tomar su cruz”, abrazarse a ella y seguir sus pisadas. Así, perder la vida por Cristo, es ganarla; pretender ganarla sin Cristo, es perderla definitivamente. Este es el plan extraño pero maravilloso de Dios, la “locura de la Cruz”, dirá san Pablo. Este plan lo cumplió rigurosamente Cristo en su pasión, muerte y resurrección y, por eso, por haber obedecido el plan de Dios, ahora es Señor y Rey nuestro, es el Viviente, el Triunfador del pecado y de la muerte, y su Cruz pasó a ser signo de esperanza, de triunfo, de protección y de salvación. 

4. Desde luego que la pregunta de Jesús a sus discípulos -y una pregunta es siempre molesta- vale para nosotros; y nosotros también la tenemos que responder para no perder, sino para ganar la vida, para ser triunfadores con Cristo. San Pablo lo entendió así desde el momento de su vocación, cuando Cristo le dijo que tendría que anunciar su evangelio y sufrir mucho por su causa; por eso resume su vida, diciendo: ”Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo sino Cristo quien vive en mi. Y, mientras vivo en esta carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mi”.  

5. Este año estamos celebrando el “año sacerdotal”, por voluntad del papa Benedicto XVI, para que oremos por nuestros sacerdotes y demos gracias por el don del sacerdocio cristiano. Cuando nos ordenamos sacerdotes, el obispo nos dijo, al entregarnos los poderes sagrados: “Configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. La vida sacerdotal debe ser una configuración, una reproducción, de la vida crucificada del Señor. Esto es gracia, don de dios que debemos pedir y agradecer. También a ustedes, hermanas y hermanos, cuando nuestros padres pidieron la fe a la Iglesia, el sacerdote, el primer signo sagrado que nos hizo en la frente, fue marcarnos con la cruz de Cristo salvador. La cruz de Cristo para un cristiano es cumplir la voluntad de Dios expresada en su Evangelio y, en especial, en los Diez mandamientos. Debemos llevar en alto esta cruz sacrosanta y no avergonzarnos del Señor Jesucristo, y transformar nuestra fe en Él en obras a favor de nuestros hermanos, porque la fe sin obras está muerta, no salva. Así lo hizo san Francisco, así los hicieron todos los santos y santas de Dios, de manera especial su Santísima Madre, la Virgen Dolorosa, a quien mañana celebraremos con particular fervor. 

6. A la Virgen de los Dolores queremos este año del bicentenario de nuestra Independencia, encomendar el presente y futuro de nuestra Patria. El verdadero grito de la Virgen de los Dolores son sus lágrimas y su intercesión ante la cruz de su Hijo por nosotros, allí recibidos como hijos suyos con dolores inmensos pero siempre fecundos. Que Ella interceda por México y que escuche el gemido de los hermanos pequeños y lastimados que cada día son más, y que nosotros estemos siempre dispuestos a tenderles la mano y a abrirles nuestro corazón. Que nuestra fe en Cristo se traduzca en servicio generoso al prójimo. 

7. Demos gracias a nuestro Redentor por el misterio de su Cruz santísima y pidámosle la sabiduría y la fuerza necesaria para hacer de su Cruz el signo e instrumento de nuestra gloria y de nuestra victoria. Con san Pablo, digamos: “Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él, el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo”. Cristo, levantado en la Cruz, atrajo a todos hacia Él; que Él nos atraiga también a nosotros para que, muertos con él al pecado, vivamos para siempre con Él en Dios. Que la exaltación de Cristo en la Cruz sea también nuestra propia exaltación. Que así sea.

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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