¿QUIÉN NOS QUITARÁ LA PIEDRA?
1. ¿Quién nos quitará la piedra de la
entrada del sepulcro?, se preguntaban por el camino las mujeres que,
con sus frascos de perfume en las manos, iban a embalsamar el cuerpo
de Jesús. El Evangelio nombra a tres de ellas: María Magdalena,
María la Madre de Santiago y Salomé. Estas mujeres tenían buenos
recuerdos de Jesús, un rescoldo de amor en su corazón, pero estaban
sin fe y vacías de esperanza. Iban a embalsamar un cadáver.
2. Nosotros también debemos de
preguntarnos ¿quién nos quitará la piedra que obstruye nuestra vida,
que nos tiene sumergidos en la oscuridad, en la infelicidad? Existen
muchas piedras que nos oprimen y que nos hacen dudar y debilitan
nuestra esperanza. Podemos enumerar algunas:
a) La primera
piedra opresora es la ignorancia, en particular la ignorancia
religiosa, que nos lleva a la superstición y a la idolatría.
Ahora existe una especie de supermercado de religiones, de
ofertas falsas de salvación, de curación, de remedio a los
males… La ignorancia del Dios verdadero, del Dios de Jesucristo,
el único Salvador del mundo, se convierte en una piedra opresora
para nuestras vidas. Debemos de remover de nuestra vida y de
nuestra familia la roca de la ignorancia, conociendo la Palabra
de Dios, estudiando el Catecismo de la Iglesia católica e
instruyéndonos con buenos libros y periódicos católicos. Un
católico debe ser una persona instruida en su fe, libre de la
ignorancia religiosa.
b) Otra piedra
que nos oprime es la manipulación de la verdad, sobre todo en
algunos medios y ambientes. La información es un derecho de
todos, que se debe respetar y la información debe ser veraz.
Sólo conociendo la verdad seremos libres. No es lo ordinario. La
información se convierte en negocio y suele venderse a los
mejores postores: los grandes intereses económicos y a las
ideologías partidistas; al lucrativo negocio de la violencia y
de la pornografía. La manipulación de la verdad es una roca que
oprime la inteligencia, denigra la razón y humilla la dignidad
humana.
c) Otra piedra
opresora de nuestras vidas la encontramos en la llamada economía
de mercado con libertad desmedida y ambición desaforada, que
reparte las pérdidas y privatiza las ganancias. Este esquema
perverso es una roca generadora de injusticia que se manifiesta
en una situación de pobreza, de enfermedad y de muerte de países
enteros y de continentes. La Iglesia ha levantado su voz
reclamando respeto a todos, como lo ha hecho el papa Benedicto
XVI en África.
d) Otra piedra
que nos oprime son nuestros vicios, nuestras malas
inclinaciones, fruto del pecado de egoísmo y de la falta de
solidaridad. Cada uno busca su provecho sin tener en cuenta a
los demás, desde los altos puestos directivos hasta las acciones
más pequeñas de la comunidad. Hace falta superar nuestro egoísmo
y pensar en el bien de los demás, porque allí reside nuestro
propio bien. Nos salvaremos en comunidad.
e) La última
piedra opresora que crece día con día es la violencia, no sólo
del crimen organizado, sino también dentro de la familia: los
varones golpeadores, los niños maltratados, las mujeres
esclavizadas en su propio hogar o en calle. Cristo protegió a la
familia, dignificó a la mujer y amenazó severamente a los
pervertidores de la niñez.
3. El Evangelio también nos habla de
las mujeres que pensaban ungir un cadáver y embalsamar un muerto.
Todavía existen muchos embalsamadores de Jesús y enterradores de su
Iglesia. Quieren tener siempre a Jesús en el sepulcro y a la Iglesia
corriendo la misma suerte. Son los que siempre están presagiando
males a la Iglesia, desprestigiando a sus ministros, burlándose de
la fe de los cristianos, en particular de los humildes y pregonando,
como profetas de mal agüero, la desaparición de la Iglesia. Estos
“sepultureros” de la Iglesia se proclaman, desde sus cátedras y
tribunas, como sus verdaderos salvadores; para eso, piensan, el papa
y los obispos tienen que seguir sus consejos, sus opiniones, sus
gustos y sus intereses, no los del evangelio. La Iglesia, a lo largo
de los siglos, ha sepultado a muchos de sus enterradores, porque la
realidad, la verdad es otra: Jesús vive. El Crucificado, no está en
el sepulcro, está vivo. Es el Viviente. Bajó a las profundidades del
sepulcro para destruir la muerte y darnos vida.
4. Las mujeres, símbolo de la Iglesia
que busca al Señor, recobran y fortalecen su fe y la comparten con
los discípulos y con Pedro. Así, la comunidad de creyentes en Jesús,
comienza a formarse, a crecer y extenderse por el mundo entero. Esa
comunidad somos nosotros, la Iglesia, que aquí venimos a ver a la
Madre de Jesús, ahora gozosa y gloriosa, para decirle: “Reina del
cielo alégrate, aleluya, porque Jesús, a quien llevaste en tu seno,
ha resucitado, aleluya”. Madre dolorosa, ahora gloriosa, ruega por
nosotros. Ayúdanos a quitar todas esas piedras que nos quieren
mantener dentro de la oscuridad de la ignorancia, del miedo, del
engaño, del egoísmo y de la pobreza obligada. Concédenos ser libres
con la libertad con que Cristo nos libertó. Haz que nuestra vida
recobre la esperanza y el gozo de vivir. Porque Jesús vive, la
Iglesia también vive y nosotros viviremos también. Felices Pascuas.
Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro