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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA CRISMAL

Santiago de Querétaro, Qro., 8 de Abril de 2009


MISA CRISMAL

Hermanos presbíteros,

Hermanas y hermanos en el Señor:  

1. “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor” cantábamos con el salmo respondiendo a la lectura del profeta Isaías que san Lucas nos propone en el evangelio como el programa mesiánico de Jesús. El salmo nos orienta hacia la correcta interpretación del texto bíblico: Jesús, en la sinagoga de Nazaret, investido del poder del Espíritu Santo, hace presente la misericordia de Dios Padre. 

2. Esta es, en efecto, la autorizada interpretación del pasaje evangélico que nos ofrece el papa Juan Pablo II en su encíclica “Dios rico en misericordia”: “Ante sus conciudadanos de Nazaret”, dice el Papa, “estas frases de Jesús son su primera declaración mesiánica, a las que siguen los hechos y las palabras conocidos a través del Evangelio… mediante los cuales Cristo hace presente al Padre entre los hombres. Es altamente significativo que estos hombres sean en primer lugar los pobres, carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en la aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y finalmente los pecadores” (DM 3). Ante todos ellos, pero en especial ante éstos últimos, Jesús se hace “signo legible de Dios que es amor”, porque amor es el otro nombre de la misericordia. Jesús es el signo visible de la misericordia del Padre. 

3. Esta “buena nueva” de la presencia del amor misericordioso de Dios entre los débiles y pecadores, es debida a la acción del Espíritu Santo: “El Espíritu del Señor está sobre mi y me ha enviado”. Es el amor del Padre el que llena el corazón del Hijo y lo convierte en Mesías, en Cristo-Salvador. El Espíritu Santo consagra a Jesús de Nazaret y lo hace reposando sobre él, como el bálsamo precioso que desde la cabeza sacerdotal del Aarón impregna de fragancia todo su ornamento; como el perfume de nardo que derramó la mujer a los pies de Jesús y “la casa de llenó de su fragancia”; como los perfumes que llevaban las mujeres para ungir el cuerpo de Jesús, que entonces no utilizaron y pero que ahora es el que aquí consagra la Iglesia para ungir su Cuerpo místico en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal. El Espíritu santo reposa sobre Jesús, nuestra Cabeza, y sigue perfumando su Cuerpo místico que es la Iglesia. 

4. El Santo Crisma, signo sacramental de la presencia vivificadora del Espíritu Santo en la comunidad creyente, le conferirle la dignidad real, sacerdotal y profética y le da la fortaleza para vivir con integridad su vida cristiana. Este Amor-Misericordia es la persona misma del Espíritu Santo presente en Jesucristo como regalo del Padre. Según el oráculo profético que Jesús recita y personaliza en la sinagoga de su pueblo, tiene como misión curar todo desamparo y dolencia, dar consuelo y gracia y otorgar el perdón de los pecados, origen de todo mal y desgracia en el mundo. 

5. Jesucristo es el rostro visible del “Padre de la misericordia”. No es necesario detenerse a describir la situación dolorosa de la humanidad y de nuestra patria para descubrir la necesidad infinita que tenemos de experimentar este amor y esta misericordia. Comenta el Papa: “Debido a las graves amenazas y necesidades que experimenta el hombre actual, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de la fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual mediante su Espíritu, actúa en lo más íntimo de los corazones humanos” (DM 2). Es el clamor que Jesús escuchó en Nazaret y que la Iglesia actualiza en esta celebración. 

7. Es verdad; se percibe como generalizado el cansancio y la desconfianza que producen las propuestas de solución a los males presentes que, partiendo de una visión parcial o distorsionada del hombre, no superan el ámbito económico, técnico o de mercado. Sólo generan nuevos y mayores desencantos. Sin la inclusión de lo específicamente humano: lo moral, lo espiritual, lo trascendente; sin la presencia del Espíritu “que es quien sabe lo que realmente se esconde en el corazón del hombre”, crecerá sin duda la frustración. Desde el corazón de Cristo traspasado, de donde brotaron la sangre y el agua sacramentales y se derramó su Espíritu sobre la Iglesia y el mundo, manan los ríos de amor y misericordia, los únicos que pueden apagar la sed de felicidad y de eternidad de todo corazón humano. 

7. Hermanos presbíteros: La santa Madre Iglesia pone ahora en nuestras manos el bálsamo precioso que puede curar las heridas de ese hombre el hombre asaltado por los ladrones y tirado al lado del camino.  “Esa escritura se cumple hoy en mí”, señaló Jesús, y se cumple hoy aquí. La santa Iglesia quiere  ser esa iglesia samaritana de la que nos hablaron los obispos en Aparecida. Cada una de nuestras parroquias debe ser “casa y escuela de la misericordia”, donde “los pobres se sientan en su casa” y todo hombre maltratado reciba cuidado y consuelo. A los reclamos de justicia y hasta de venganza y a las expresiones de violencia, la Iglesia responde con Misericordia. Somos ministros de reconciliación y de perdón. Yo se bien que ustedes lo hacen en sus parroquias. Los animo a continuar en este servicio indispensable para la convivencia y la paz social. Para animarnos a continuar por este camino, la Iglesia nos dice a cada uno en esta consoladora liturgia: “He encontrado a David, mi servidor, y con mi óleo santo lo he ungido. Lo sostendrá mi mano y mi brazo le dará fortaleza. Contará con mi amor y mi lealtad… El me podrá decir: ‘Tú eres mi Padre, el Dios que me protege y que me salva’ (Ps 88). Por eso, confiando en esa protección divina, los invito a renovar con entusiasmo y alegría nuestros compromisos sacerdotales.

Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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