MISA CRISMAL
Hermanos presbíteros,
Hermanas y hermanos en el Señor:
1. “Proclamaré sin cesar la
misericordia del Señor” cantábamos con el salmo respondiendo a la
lectura del profeta Isaías que san Lucas nos propone en el evangelio
como el programa mesiánico de Jesús. El salmo nos orienta hacia la
correcta interpretación del texto bíblico: Jesús, en la sinagoga de
Nazaret, investido del poder del Espíritu Santo, hace presente la
misericordia de Dios Padre.
2. Esta es, en efecto, la
autorizada interpretación del pasaje evangélico que nos ofrece el
papa Juan Pablo II en su encíclica “Dios rico en misericordia”:
“Ante sus conciudadanos de Nazaret”, dice el Papa, “estas
frases de Jesús son su primera declaración mesiánica, a las que
siguen los hechos y las palabras conocidos a través del Evangelio…
mediante los cuales Cristo hace presente al Padre entre los hombres.
Es altamente significativo que estos hombres sean en primer lugar
los pobres, carentes de medios de subsistencia, los privados de
libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que
viven en la aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia
social, y finalmente los pecadores” (DM 3). Ante todos ellos,
pero en especial ante éstos últimos, Jesús se hace “signo legible
de Dios que es amor”, porque amor es el otro nombre de la
misericordia. Jesús es el signo visible de la misericordia del
Padre.
3. Esta “buena nueva” de la
presencia del amor misericordioso de Dios entre los débiles y
pecadores, es debida a la acción del Espíritu Santo: “El Espíritu
del Señor está sobre mi y me ha enviado”. Es el amor del Padre
el que llena el corazón del Hijo y lo convierte en Mesías, en
Cristo-Salvador. El Espíritu Santo consagra a Jesús de Nazaret y lo
hace reposando sobre él, como el bálsamo precioso que desde la
cabeza sacerdotal del Aarón impregna de fragancia todo su ornamento;
como el perfume de nardo que derramó la mujer a los pies de Jesús y
“la casa de llenó de su fragancia”; como los perfumes que llevaban
las mujeres para ungir el cuerpo de Jesús, que entonces no
utilizaron y pero que ahora es el que aquí consagra la Iglesia para
ungir su Cuerpo místico en los sacramentos del Bautismo, de la
Confirmación y del Orden sacerdotal. El Espíritu santo reposa sobre
Jesús, nuestra Cabeza, y sigue perfumando su Cuerpo místico que es
la Iglesia.
4. El Santo Crisma, signo
sacramental de la presencia vivificadora del Espíritu Santo en la
comunidad creyente, le conferirle la dignidad real, sacerdotal y
profética y le da la fortaleza para vivir con integridad su vida
cristiana. Este Amor-Misericordia es la persona misma del Espíritu
Santo presente en Jesucristo como regalo del Padre. Según el oráculo
profético que Jesús recita y personaliza en la sinagoga de su
pueblo, tiene como misión curar todo desamparo y dolencia, dar
consuelo y gracia y otorgar el perdón de los pecados, origen de todo
mal y desgracia en el mundo.
5. Jesucristo es el rostro visible
del “Padre de la misericordia”. No es necesario detenerse a
describir la situación dolorosa de la humanidad y de nuestra patria
para descubrir la necesidad infinita que tenemos de experimentar
este amor y esta misericordia. Comenta el Papa: “Debido a las
graves amenazas y necesidades que experimenta el hombre actual,
muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de la
fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de
Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo,
el cual mediante su Espíritu, actúa en lo más íntimo de los
corazones humanos” (DM 2). Es el clamor que Jesús escuchó en
Nazaret y que la Iglesia actualiza en esta celebración.
7. Es verdad; se percibe como
generalizado el cansancio y la desconfianza que producen las
propuestas de solución a los males presentes que, partiendo de una
visión parcial o distorsionada del hombre, no superan el ámbito
económico, técnico o de mercado. Sólo generan nuevos y mayores
desencantos. Sin la inclusión de lo específicamente humano: lo
moral, lo espiritual, lo trascendente; sin la presencia del Espíritu
“que es quien sabe lo que realmente se esconde en el corazón del
hombre”, crecerá sin duda la frustración. Desde el corazón de Cristo
traspasado, de donde brotaron la sangre y el agua sacramentales y se
derramó su Espíritu sobre la Iglesia y el mundo, manan los ríos de
amor y misericordia, los únicos que pueden apagar la sed de
felicidad y de eternidad de todo corazón humano.
7. Hermanos presbíteros: La santa
Madre Iglesia pone ahora en nuestras manos el bálsamo precioso que
puede curar las heridas de ese hombre —el
hombre— asaltado por los ladrones y tirado
al lado del camino. “Esa escritura se cumple hoy en mí”,
señaló Jesús, y se cumple hoy aquí. La santa Iglesia quiere ser esa
iglesia samaritana de la que nos hablaron los obispos en Aparecida.
Cada una de nuestras parroquias debe ser “casa y escuela de la
misericordia”, donde “los pobres se sientan en su casa” y todo
hombre maltratado reciba cuidado y consuelo. A los reclamos de
justicia y hasta de venganza y a las expresiones de violencia, la
Iglesia responde con Misericordia. Somos ministros de reconciliación
y de perdón. Yo se bien que ustedes lo hacen en sus parroquias. Los
animo a continuar en este servicio indispensable para la convivencia
y la paz social. Para animarnos a continuar por este camino, la
Iglesia nos dice a cada uno en esta consoladora liturgia: “He
encontrado a David, mi servidor, y con mi óleo santo lo he ungido.
Lo sostendrá mi mano y mi brazo le dará fortaleza. Contará con mi
amor y mi lealtad… El me podrá decir: ‘Tú eres mi Padre, el Dios que
me protege y que me salva’ (Ps 88). Por eso, confiando en esa
protección divina, los invito a renovar con entusiasmo y alegría
nuestros compromisos sacerdotales.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro