¡Queridos hermanos y hermanas todos!
Con inmensa alegría hemos venido como peregrinos a
postrarnos a los pies de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores
de Soriano, nuestra Madre celestial, con motivo de la solemne
ejecución del Decreto Pontificio de elevación de este bello
santuario al título y dignidad de Basílica Menor.
Movido por su amor a la Virgen Santísima, por
su anhelo de promover el culto a Santa María de los Dolores, Patrona
de Querétaro, y por enaltecer este santuario corazón principal de la
Diócesis, nuestro querido Mons. Mario De Gasperín Gasperín, pidió el
privilegio de la elevación de este Santuario a Basílica Menor; mismo
que el Santo Padre Benedicto XVI quiso conceder como signo de
paterno amor y para alegría de los tantos y tantos devotos de la
venerada imagen de Santa María de los Dolores, que día con día la
visitan procedentes de muchas partes de Querétaro y de México.
Hoy, en una demostración testimonial de unidad y de
comunión, Obispos y sacerdotes nos hacemos presentes aquí entre
ustedes y con ustedes, queridos hermanos, para ratificar, con
corazón agradecido al Santo Padre, nuestro profundo y fiel amor a
María Santísima, para patentizar nuestra unión como iglesia
peregrina, y para manifestar nuestras felicitaciones a S.E. Mons. De
Gasperín, y a todo el pueblo de Dios que peregrina en esta querida
Diócesis de Querétaro.
Nuestra Señora de los Dolores de Soriano
Hermanos, gocémonos al celebrar a nuestra madre
celestial en su bendita imagen de Nuestra Señora de los Dolores de
Soriano. Démosle de todo corazón gracias a Dios porque tuvo a bien,
a través del dominico Fray Luis de Guzmán, enviarnos como misionera
de consuelo, de aliento, de conversión y de salvación, a su Madre
amorosa; indicándonos el camino de la vida, de la justicia y de la
paz; y sosteniendo nuestra fe en Cristo, Verdad, Vida y único camino
de la realización humana, de la fraternidad y de la convivencia
social, de la salvación y de la felicidad en la historia y en la
eternidad.
Damos gracias a Dios. Porque estamos seguros de que,
como recita el Salmo en este día, también a través de María
Santísima "el Señor sana los corazones quebrantados y venda las
heridas, tiende su mano a los humildes y humilla hasta el polvo a
los malvados" (Del Salmo 146).
Sí, hermanos, han transcurrido ya tres siglos a lo
largo de los cuales el Señor no ha cesado de tendernos su mano en
María Santísima, que a través de esta bendita imagen sigue
manifestando su materno amor a todos los hijos que a Ella se
acercan, y que, devotos y agradecidos, le han construido,
conservado, renovado y embellecido esta Misión y este templo; esta
casita, desde la cual quiere escuchar sin interrupción las súplicas
de todos sus hijos con inagotable amor de Madre. Amor de María
Santísima al que nosotros nos esforzamos por corresponder con
aquella profunda devoción que toca todo ser y nos empuja a amar, a
escuchar, a obedecer.
Devoción que se enclava en el corazón y aflora a los
labios como el susurro de un niño que confiado se acurruca en los
brazos de su madre; como el suspiro que escapa del pequeño niño que,
alzando los ojos, al contemplar radiante y sonriente el rostro de su
madre, olvida todo miedo y todo dolor, seguro de que en ninguna
parte podrá encontrarse mejor y más seguro.
Así nosotros, dirigiendo nuestra mirada de hijos a
María, nos sentimos seguros, reconociendo en su sonrisa la misma
"sonrisa de Dios", el reflejo inmaculado de la luz divina,
encontrando y recibiendo de ella esperanza, incluso en medio de los
problemas, de los retos y de los dramas del mundo.
La nuestra es y debe ser una devoción profunda y
sencilla, pero, también, fiel y obediente; porque el amor sincero no
pude no empujarnos a esforzarnos por ser fieles a María, a ella que,
ya desde las Bodas de Caná nos ha recomendado hacer día con día: "Hagan
lo que Él —su hijo Jesús—, les diga".
Sí, hermanos, la mayor alegría que María Santísima puede recibir, es
la que nosotros le proporcionamos cuando, obedientes a su palabra,
hacemos lo que Jesús nos dice. Un hacer que exige que acojamos y
cumplamos la Palabra de Jesús, que es antorcha que ilumina el
sendero que nos conduce hacia la paz y la felicidad en el hogar y en
la convivencia social y hacia la vida eterna.
No cabe duda, hermanos, que en María
Santísima se han cumplido y se cumplen a la perfección las palabras
que san Pablo dirigió a los Corintios y que nosotros hemos escuchado
hace unos momentos: "Me he hecho débil con los débiles, para
ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a
todos" (1ª Cor 9, 23). Sí, María nuestra Madre, se acerca a
nosotros, pequeños, porque quiere ganarnos a todos para ponernos en
las manos de su Hijo Jesús.
¡Bendigamos, pues, al Señor, por la
generosidad con la que nos ha favorecido dándonos como Madre a su
misma Madre; por hacernos ver y sentir a Nuestra Señora de los
Dolores de Soriano, como nuestra madre humilde y amorosa y como
ejemplo en el seguimiento de Jesús!
Discípulos de Jesucristo
En el Evangelio de estar hermosa
celebración se nos muestra lo que Jesús solía hacer en una jornada
"normal": curar a los enfermos, expulsar a los demonios, atender a
los pobres y necesitados, pero, también y sobre todo, orar y
anunciar la Buena Nueva del Evangelio a todos los hombres, de todos
los lugares y poblados: "Vamos —dijo
a Pedro y a sus compañeros —, vamos a
los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues
para eso he venido" (Mc 1, 38)
Es una página del Evangelio que mucho
nos enseña y de la que todos y cada uno debemos aprender.
Efectivamente, aquí, en esta nueva
Basílica, por medio de María, Jesús acoge a los enfermos del cuerpo
y del alma; desde aquí quiere liberar a todos de las acechanzas del
maligno. Pero también desde aquí, en donde se reúnen los hijos de
María provenientes de innumerables poblados, Él quiere dirigir su
oración al Padre y proclamar a cada uno la Buena Nueva. Él quiere
decirnos, por medio de María Santísima, que el amor del Padre por
nosotros es tanto, que ha sido capaz de enviar al mundo a su Hijo,
Jesucristo, para que en Él tengamos vida y la tengamos en
abundancia.
Hoy de nuevo, queridos hermanos, de
frente la página del Evangelio que hemos escuchado, María nos
invita: "Hagan lo que Él les dice". Nos invita a que abramos
nuestra voluntad y confianza a la acción de Jesús en favor no sólo
de nuestros cuerpos y necesidades temporales; sino a que abramos los
oídos, la mente y el corazón, también y sobre todo al anuncio de la
Buena Noticia; para que, sobrecogidos de emoción, acogiendo con fe
esa maravillosa noticia, junto con María corramos a decir a nuestros
familiares, vecinos y al mundo entero que hagan, que hagamos lo que
Jesús nos dice.
Convirtámonos, pues, también nosotros,
en discípulos de Jesús, en misioneros, en heraldos y comunicadores
de su mensaje maravilloso: el mundo, el hombre agobiado, la mujer
llena de problemas, la humanidad entera, todos nosotros, mis
queridos hermanos, tenemos en Jesús al único por quien podemos
obtener la salvación y el perdón de los pecados. Gracias a Él
tenemos, sin merecerlo, una Madre amorosa como María.
Reunidos hace meses en Aparecida,
Brasil, los obispos de América Latina y del Caribe meditando en los
retos de la hora presente para la Iglesia en nuestros países, han
indicado que el camino a seguir es aquel de ser discípulos y
misioneros de Jesucristo, nuestro Divino Salvador.
Efectivamente, queridos hermanos, ese es
el camino del cristiano, ese es nuestro camino. Tenemos la gloria,
el privilegio, la inmensa gracia de Dios de ser hijos de María.
Pero, precisamente por ello debemos esforzarnos por ser mejores
discípulos de Jesús, nuestro divino Redentor, el Rey de reyes y
Señor de los señores. Esforcémonos, pues, por hacer día con día lo
que Él nos pide.
¡Reafirmemos hoy, acogidos al calor
maternal de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, nuestra fe en
Jesucristo, nuestra fe en Dios Uno y Trino, nuestra gloriosa
condición católica!
¡Qué grande es ser, como de hecho lo
somos, hijos de Dios e hijos de María, discípulos de Jesucristo y
miembros de la santa Iglesia Católica! Por todo ellos, ¡demos
gracias!
Mensajeros de Jesucristo
Y asumamos con alegría, con entusiasmo y
con fidelidad, nuestra condición de ser mensajeros de Jesucristo.
Padres y madres de familia, jóvenes y niños; fieles laicos,
religiosos y consagrados, sacerdotes y obispos, sintamos con fuerza
el llamado a la Nueva Evangelización que nos han hecho Juan Pablo II
y Benedicto XVI, y, últimamente también los Obispos latinoamericanos
y del Caribe en Aparecida: el llamado a anunciar con intenso ardor
apostólico la persona, el mensaje, la obra, los dones de Jesucristo
para el pueblo que peregrina en Querétaro y en todo México.
Sintiendo el orgullo de nuestra fe, de
nuestra unión con Dios, de nuestro ser hijos de María y de nuestra
identidad católica, estamos llamados a vivir con alegría nuestra
condición cristiana, y a proclamar a nuestros hermanos, en los
diversos ambientes donde nos movemos, la Buena Nueva.
Testigos de unidad
Y para hacerlo hemos de dar testimonio
de unidad, de cohesión en torno a Jesucristo, como miembros de su
cuerpo místico, que es la Iglesia católica. Sí, queridos hermanos:
Hemos de fortalecer nuestra unidad eclesial. En un mundo dividido,
los católicos todos: Obispos, sacerdotes, miembros de los institutos
de vida consagrada, y todos los fieles cristianos,
independientemente de nuestra condición social, de nuestra
proveniencia geográfica y sobre todo, de nuestras simpatías, hemos
de mantener siempre la unidad.
Debemos nuestra fidelidad al Señor y no
a los potentados de este mundo. Estamos llamados a ser padres y
hermanos de todos. Estamos llamados a trabajar y a defender los
caminos de la paz, de la justicia, de la vida, de los verdaderos
valores humanos y cristianos, del matrimonio y la familia, de los
derechos humanos, de la convivencia social.
Mis queridos hermanos: con alegría y
profundo fervor exclamamos: ¡Salve gloriosa Virgen de los Dolores de
Soriano! Acudimos a ti hoy para reafirmar nuestra fe en Jesucristo.
Acudimos a tu nueva Basílica para reafirmar nuestra alegría de ser
hijos de Dios, y nuestra fidelidad como discípulos de Jesucristo.
Hoy queremos también reafirmar nuestra decisión de proclamar, de
difundir, enseñar a los niños, a los jóvenes, a todos en Querétaro y
a todos los mexicanos, el Evangelio luminoso de Jesucristo.
Oración a María
Haciendo nuestra la súplica que el Santo
Padre te dirigió, ¡Oh María Santísima!, el 8 de diciembre pasado en
Roma, «en este momento quisiera confiarte y especialmente a los
"pequeños" de nuestra ciudad: ante todo a los niños, y especialmente
a los que están gravemente enfermos; a los muchachos pobres y a los
que sufren las consecuencias de situaciones familiares duras! Vela
sobre ellos y haz que sientan, el afecto y la ayuda de quienes están
a su lado, el calor del amor de Dios.
Te encomiendo, oh María, a los ancianos solos, a
los enfermos, a los inmigrantes que encuentran dificultad para
integrarse, a las familias que luchan por cuadrar sus cuentas y a
las personas que no encuentran trabajo o que han perdido un puesto
de trabajo indispensable para seguir adelante.
Enséñanos, María, a ser solidarios con quienes pasan dificultades, a
colmar las desigualdades sociales cada vez más grandes; ayúdanos a
cultivar un sentido más vivo del bien común, del respeto a lo que es
público; impúlsanos a sentir la ciudad —y de modo especial nuestra
ciudad de Roma— como patrimonio de todos, y a hacer cada uno, con
conciencia y empeño, nuestra parte para construir una sociedad más
justa y solidaria.
¡Oh Madre Inmaculada, que eres para todos signo de
segura esperanza y de consuelo, haz que nos dejemos atraer por tu
pureza inmaculada! Tu belleza —Tota pulchra, cantamos hoy— nos
garantiza que es posible la victoria del amor; más aún, que es
cierta; nos asegura que la gracia es más fuerte que el pecado y que,
por tanto, es posible el rescate de cualquier esclavitud.
Sí, ¡oh María!, tu nos ayudas a creer con más
confianza en el bien, a apostar por la gratuidad, por el servicio,
por la no violencia, por la fuerza de la verdad; nos estimulas a
permanecer despiertos, a no caer en la tentación de evasiones
fáciles, a afrontar con valor y responsabilidad la realidad, con sus
problemas. Así lo hiciste tú, joven llamada a arriesgarlo todo por
la Palabra del Señor.
Sé madre amorosa para nuestros jóvenes, para que
tengan el valor de ser "centinelas de la mañana", y da esta virtud a
todos los cristianos para que sean alma del mundo en esta época no
fácil de la historia».
Aquí, en tu nueva Basílica reafirmamos nuestra
devoción filial, nuestro amor, nuestro deseo de imitarte y de seguir
a Jesucristo. Fortalécenos en la unidad. Ayúdanos a seguir a
Jesucristo y a anunciarlo, proclamando con valentía los grandes
valores de su Reino: "Reino de la verdad y de la vida; de la
santidad y la gracia; de la justicia, el amor y la paz"
(Prefacio de la solemnidad de Cristo Rey).
Amén.
†
Christophe Pierre
Nuncio
Apostólico en México