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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA PARROQUIA DEL ROSARIO DEL RAYO

Santiago de Querétaro, Qro., 7 de Octubre de 2007


SIERVOS INÚTILES

1. Hace unos días leía en el periódico que un personaje singular en los Estados Unidos puso una demanda contra Dios, culpándole de todos los males que hay en el mundo y de no ponerles remedio. Esto no es nada nuevo. Es costumbre arraigada en el hombre, aunque sin tanto aparato publicitario, echarle la culpa a Dios de los males que nos acontecen. El profeta Habacuc parece sumarse a este coro de reclamadores contra Dios: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión?”. Dios le ordena poner por escrito, para que conste, su respuesta: “El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”. El mundo no está manejado por fuerzas oscuras, anónimas. No. La justicia de Dios vendrá, no fallará; pero el tiempo es de Dios. Él es el Señor de la historia humana. Estamos en tiempo de espera y de prueba, pero tenemos el apoyo firme de la Palabra de Dios. Si queremos que Dios nos escuche, debemos escuchar primero la palabra de Dios. Por eso la respuesta del salmo hecha oración: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”.  

2. La actitud correcta ante Dios no es de reproche por su silencio, sino de escucha a su palabra; no de señalamiento de culpables, sino de búsqueda de su santa voluntad. La responsabilidad no es de Dios, sino nuestra, porque no hemos escuchado su voz, su palabra, sus mandamientos. Mientras no pongamos en práctica el Evangelio, no podemos hacerle a Dios ningún reproche. Por ejemplo, recordando el Evangelio del domingo pasado, si siguen tantos Lázaros hambrientos y llagados, tirados en los quicios de nuestras puertas: de nuestras banquetas, parques, calles y periferia de la Ciudad, no es porque Dios  se olvide de ellos, sino porque nosotros no volteamos a verlos. En el Evangelio ya nos dijo qué hay que hacer para curarlos, pero nosotros no escuchamos “a Moisés y a los profetas”. Ni al mismo Jesucristo.  

3. “El malvado perecerá; el justo, en cambio, vivirá por su fe”. ¿Qué es la fe? Es aceptar la palabra de Dios y poner en sus manos la vida y todas las circunstancias de la vida, hasta poder decir a la hora de la muerte con Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.  Jesús es el pionero de la fe que profesamos; para nosotros, en cambio, la fe no es una actitud vital, sino circunstancial: la sacamos a relucir cuando nos nace, cuando tenemos algún apuro o necesidad. La fe no nos sirve para vivir la vida, sino como salvavidas. Nada más. Es la vieja tentación que el diablo propone a Jesús, que transforme las piedras en pan para saciar su hambre. Jesús le responde que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Claro que Jesús tenía hambre, después de su ayuno cuaresmal; pero Jesús sólo acepta el alimento que viene conforme al plan de Dios, después de escuchar su palabra. Sin duda que hay necesidad de alimentos en el mundo, pero hay más urgencia de escuchar la palabra de Dios. Y esto es lo que menos nos interesa. Creemos  bastarnos a nosotros mismos y relegamos a Dios al desván, negándole el derecho de intervenir en nuestra vida. Queremos ordenar el mundo según nuestro parecer, gusto y soberbia, y no conforme a la voluntad de Dios que tenemos bien clara en su Evangelio. Vemos filas de economistas, planeadores, políticos, comentaristas, analistas, banqueros, empresarios que opinan, enseñan, planean,  programan y prometen que pronto vamos a salir de pobres, de ignorantes, de tercermundistas y seguimos… peor.

 4. Todos éstos, si no se guían por la voluntad de Dios, se convierten en un peligro público, porque prometen y nada resuelven. Dios, dice la santa Biblia, confunde la sabiduría de los sabios y enreda los juicios de los poderosos. Por eso nos viene bien, la advertencia de San Pablo a Timoteo: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mi, que estoy prisionero por su causa”. El católico tiene la sabiduría de Dios;  por eso tiene que dar la cara y no avergonzarse de su Salvador. Debe compartir, como todo discípulo, “los sufrimientos que causa la predicación del Evangelio”, sabiendo que ni la Iglesia va a tener buena prensa ni el Evangelio cabida en la televisión. El católico necesariamente se encuentra acosado por los intereses de los poderosos, pero, si es hombre de fe y de conducta recta, es capaz de “trasladar montañas” porque permite que Dios actúe en su vida. Por eso añade Jesús: “Cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’”. Pero, ¿cómo vamos a cumplir lo que el Señor nos manda, si ni siquiera hemos escuchado su voz, ni menos nos interesa conocer su voluntad? Nos viene bien la oración del salmo responsorial: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”. 

5. La propuesta cristiana la encontramos en el verso que recitaremos a la hora de la Comunión, y que dice así: “Nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos participamos de un mismo pan y de un mismo cáliz”. La Eucaristía que celebramos, el Pan santo que partimos y el Cáliz que compartimos, nos hacen “un solo cuerpo”, una unidad estrecha y vital, donde todos los miembros se alimentan y apoyan mutuamente. Esto que celebramos aquí, en esta Misa, es lo que tenemos que vivir allá fuera, en nuestro mundo. Los misterios del santo Rosario nos invitan a caminar de la mano de María en el seguimiento de su hijo, Jesucristo, fiel cumplidor de la voluntad de Dios.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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