SIERVOS INÚTILES
1. Hace unos días leía en el periódico que un personaje singular en
los Estados Unidos puso una demanda contra Dios, culpándole de todos
los males que hay en el mundo y de no ponerles remedio. Esto no es
nada nuevo. Es costumbre arraigada en el hombre, aunque sin tanto
aparato publicitario, echarle la culpa a Dios de los males que nos
acontecen. El profeta Habacuc parece sumarse a este coro de
reclamadores contra Dios: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin
que me escuches, denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que
vengas a salvarme? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas
mirando la opresión?”. Dios le ordena poner por escrito, para que
conste, su respuesta: “El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en
cambio, vivirá por su fe”. El mundo no está manejado por fuerzas
oscuras, anónimas. No. La justicia de Dios vendrá, no fallará; pero el
tiempo es de Dios. Él es el Señor de la historia humana. Estamos en
tiempo de espera y de prueba, pero tenemos el apoyo firme de la
Palabra de Dios. Si queremos que Dios nos escuche, debemos escuchar
primero la palabra de Dios. Por eso la respuesta del salmo hecha
oración: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”.
2. La actitud correcta ante Dios no es de reproche por su silencio,
sino de escucha a su palabra; no de señalamiento de culpables, sino de
búsqueda de su santa voluntad. La responsabilidad no es de Dios, sino
nuestra, porque no hemos escuchado su voz, su palabra, sus
mandamientos. Mientras no pongamos en práctica el Evangelio, no
podemos hacerle a Dios ningún reproche. Por ejemplo, recordando el
Evangelio del domingo pasado, si siguen tantos Lázaros hambrientos y
llagados, tirados en los quicios de nuestras puertas: de nuestras
banquetas, parques, calles y periferia de la Ciudad, no es porque
Dios se olvide de ellos, sino porque nosotros no volteamos a verlos.
En el Evangelio ya nos dijo qué hay que hacer para curarlos, pero
nosotros no escuchamos “a Moisés y a los profetas”. Ni al mismo
Jesucristo.
3. “El malvado perecerá; el justo, en cambio, vivirá por su fe”. ¿Qué
es la fe? Es aceptar la palabra de Dios y poner en sus manos la vida y
todas las circunstancias de la vida, hasta poder decir a la hora de la
muerte con Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Jesús
es el pionero de la fe que profesamos; para nosotros, en cambio, la fe
no es una actitud vital, sino circunstancial: la sacamos a relucir
cuando nos nace, cuando tenemos algún apuro o necesidad. La fe no nos
sirve para vivir la vida, sino como salvavidas. Nada más. Es la vieja
tentación que el diablo propone a Jesús, que transforme las piedras en
pan para saciar su hambre. Jesús le responde que “no solo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Claro
que Jesús tenía hambre, después de su ayuno cuaresmal; pero Jesús sólo
acepta el alimento que viene conforme al plan de Dios, después de
escuchar su palabra. Sin duda que hay necesidad de alimentos en el
mundo, pero hay más urgencia de escuchar la palabra de Dios. Y esto es
lo que menos nos interesa. Creemos bastarnos a nosotros mismos y
relegamos a Dios al desván, negándole el derecho de intervenir en
nuestra vida. Queremos ordenar el mundo según nuestro parecer, gusto y
soberbia, y no conforme a la voluntad de Dios que tenemos bien clara
en su Evangelio. Vemos filas de economistas, planeadores, políticos,
comentaristas, analistas, banqueros, empresarios que opinan, enseñan,
planean, programan y prometen que pronto vamos a salir de pobres, de
ignorantes, de tercermundistas y seguimos… peor.
4. Todos éstos, si no se guían por la voluntad de Dios, se convierten
en un peligro público, porque prometen y nada resuelven. Dios, dice la
santa Biblia, confunde la sabiduría de los sabios y enreda los juicios
de los poderosos. Por eso nos viene bien, la advertencia de San Pablo
a Timoteo: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni
te avergüences de mi, que estoy prisionero por su causa”. El católico
tiene la sabiduría de Dios; por eso tiene que dar la cara y no
avergonzarse de su Salvador. Debe compartir, como todo discípulo, “los
sufrimientos que causa la predicación del Evangelio”, sabiendo que ni
la Iglesia va a tener buena prensa ni el Evangelio cabida en la
televisión. El católico necesariamente se encuentra acosado por los
intereses de los poderosos, pero, si es hombre de fe y de conducta
recta, es capaz de “trasladar montañas” porque permite que Dios actúe
en su vida. Por eso añade Jesús: “Cuando hayan cumplido todo lo que se
les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que
teníamos que hacer’”. Pero, ¿cómo vamos a cumplir lo que el Señor nos
manda, si ni siquiera hemos escuchado su voz, ni menos nos interesa
conocer su voluntad? Nos viene bien la oración del salmo responsorial:
“Señor, que no seamos sordos a tu voz”.
5. La propuesta cristiana la encontramos en el verso que recitaremos a
la hora de la Comunión, y que dice así: “Nosotros, aunque somos
muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos participamos de un mismo
pan y de un mismo cáliz”. La Eucaristía que celebramos, el Pan santo
que partimos y el Cáliz que compartimos, nos hacen “un solo cuerpo”,
una unidad estrecha y vital, donde todos los miembros se alimentan y
apoyan mutuamente. Esto que celebramos aquí, en esta Misa, es lo que
tenemos que vivir allá fuera, en nuestro mundo. Los misterios del
santo Rosario nos invitan a caminar de la mano de María en el
seguimiento de su hijo, Jesucristo, fiel cumplidor de la voluntad de
Dios.