Amados hermanos en el
Bautismo, en el sacerdocio y en el Episcopado.
Muy querido hermano
Obispo Mario.
Hoy nuestros ojos ven
el rostro de Nuestra Señora de los Dolores y ven también los rostros
de sus hijos, nuestros hermanos, reunidos en esta celebración.
Nuestro corazón late
mostrándole amor. Nuestros pies han tocado tierra en su nueva
basílica.
Nuestra voz le canta
y le habla. Nuestras manas quisieran acariciar su rostro.
Y nuestros oídos han
escuchado la palabra de su hijo: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”.
“Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
Dejemos que estas
palabras resuenen en nuestro corazón.
Hermanos:
La historia nos
enseña que nuestra Señora de los Dolores es:
Canto nuevo que
despierta al Alma.
Corazón siempre
nuevo.
Refugio seguro
para los campesinos.
Maternal sonrisa
para los tristes.
Fresco bálsamo en
el dolor.
Amable presencia
en la enfermedad.
Manantial de
bendiciones para los indígenas.
Palabra segura
para los ancianos.
Ejemplo claro
para la mujer.
Consejo oportuno
para los presos.
Y Madre y Maestra
para toda la diócesis.
La memoria nos
recuerda que nuestra Señora de los Dolores es:
Alegre noticia en
la soledad.
Espejo de
virtudes para los jóvenes.
Mar de
bendiciones para todos nosotros.
Mirada de amor
para los niños.
Canto de triunfo
para los pobres.
Ejemplo de pureza
para los sacerdotes.
Palabra profética
para los poderosos.
Y firme defensora
de la vocación sacerdotal.
Hermanos y, hermanas:
La razón nos dice
que hoy nos hemos reunido para proclamar Basílica Menor el
Santuario de nuestra Señora de los Dolores; la razón junto con
la experiencia nos dicen que una Basílica Menor es un lugar para
estar con Dios, estar con Dios es bonito, agradable y
provechoso.
Primero estar con
Dios y luego ocuparme de las cosas de Dios.
Primero estar con
Dios y luego hablar de Dios.
Primero estar con
Dios y luego alabar a Dios.
Primero estar con
Dios y luego obedecer a Dios.
Primero estar con
Dios y luego hacer la voluntad de Dios.
De ahora en
adelante tendremos una Basílica Menor, por lo tanto, dediquemos
tiempo para estar con Dios.
La Basílica es un
lugar de encuentro con la palabra del Señor y dejar que su
palabra nos empape así como la tierra se deja empapar por la
lluvia; es un lugar para motivar el corazón a guardar la
palabra, así como la tierra guarda la semilla; y es un lugar
para pedirle al Señor que así como interviene para que la
semilla guardada por la tierra dé abundantes frutos para el bien
del hombre, así intervenga para que la palabra sembrada y
guardada por nuestros corazones dé abundantes frutos para bien
de todos nosotros.
Tenemos una
basílica menor, por tanto, vengamos a recibir la Palabra del
Señor con un corazón dispuesto a guardarla y cuidarla.
Una Basílica
Menor es una oportunidad para sentirnos hermanos y motivarnos a
obedecer al Señor porque de qué sirve que Dios me hable si no lo
escucho, me vea, si no lo veo, me envíe si no voy, me ame si no
lo siento, me pida si no le doy, me abra si no entro, me invite
si no acepto, me ayude si no aprovecho y de qué sirve que Dios
quiera si yo no quiero.
La Basílica Menor es
un lugar de encuentro con la Santísima Virgen María nuestra Madre
para:
Decirle lo que
sentimos,
ofrecerle
lo que tenemos,
pedirle
lo que necesitamos,
contarle
lo que vivimos,
hablarle
como sabemos,
y
cantarle como aprendimos.
La Basílica es un
lugar para liberar:
De la mentira al
currupto,
de
la ambición al débil,
del
odio al ofendido,
del
conformismo al perezoso,
de
la pobreza al justo,
de
la dependencia al adicto,
de
la división al orgulloso,
del
error al extraviado,
del
mal camino al rebelde,
de
la avaricia al convenenciero,
y
del pecado al malvado.
La Basílica es un
lugar para fortalecer la caridad.
La caridad es un
camino mejor de todos para:
Vivir nuestra
vida cristiana,
realizar
la misión encomendada,
trabajar
juntos,
ponernos
de acuerdo,
es
el camino mejor de todos para hacer nuestro el Reino de los
cielos.
Sin caridad:
Somos vino nuevo
en odres viejos,
somos
un pez fuera del agua,
somos
levadura sin fuerza,
somos
cenzontle sin canto,
somos
chamacos sin hacer la tarea,
somos
campana que resuena,
faro
sin luz,
y
somos embudo de lujos, amplios para recibir y reducido para dar.
Tenemos una
Basílica, por lo tanto tenemos toda una oportunidad,
¡aprovechemos! Ahora que es tiempo, ahora que podemos, ahora que
tenemos.
Amados hermanos:
También veamos
nuestra fiesta con ojos de fe; la fe nos invita hoy y siempre a
reflexionar y contemplar la palabra de Dios, la palabra del
Señor.
La primera
lectura nos muestra que Dios está totalmente a favor de su
pueblo y para liberarlo se vale de una mujer hermosa, valiente,
decidida, de fe y de mucho amor a su pueblo; esa mujer es Judit;
su presencia, acción y decisión motivan nuestra mente a pensar
en tantas mujeres en la Iglesia y cuya presencia, acción y
decisión aportan evangelización y liberación a sus hermanos. De
todas esas mujeres, en una especial se ocupan nuestro
pensamiento el día de hoy: La Madre de Dios y Madre nuestra.
Ahora bien, a
Judit la preparó su familia, la preparó su pueblo, por lo tanto,
ahora, nos toca a nosotros preparar a las mujeres de nuestro
tiempo para que también su participación sea decidida, valiente,
evangelizadora y liberadora.
El salmo
responsorial nos habla de una mujer dispuesta y a nuestro favor,
esa mujer es nuestra Madre, la Santísima Virgen María. “De pie,
a tu derecha, está la reina”.
En la segunda
lectura se reafirma el poder de Dios a nuestro favor y también
se reafirma la participación de la Santísima Virgen a nuestro
favor, escuchemos:
“al llegar la
plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una
mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban
bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva”.
Después de
escuchar el santo Evangelio nos imaginamos la tormenta de
sufrimiento vivido en ese momento, brilla la fidelidad de la
Santísima Virgen María al pie de la cruz; resplandece con
intensidad la entrega total -a nuestro favor- del señor Jesús
crucificado; contemplamos la obediencia de san Juan al recibir a
la santísima Virgen María en su casa, finalmente vemos que
también resalta la violencia de autoridades y gente del pueblo
al crucificar y dar muerte al Señor Jesús.
Dos
propuestas sugiero demos a la palabra del Señor:
Primera:
Digamos no a la
violencia, ni con la boca, ni con las manos, ni con los ojos, ni
con los pies y menos con el corazón.
Digamos no a la
violencia con el poder, con el dinero y no a la violencia con el
deber.
Aportemos cero
violencia:
Con los pobre,
con
la mujer,
con
los niños,
con
los jóvenes,
y
con el resto de la sociedad. Aportemos cero violencia en la vida
tal y como nos lo enseña el santo Evangelio escuchado el día de
hoy.
Segunda:
Digamos sí a la paz,
sí a la fidelidad, sí a la obediencia, sí al perdón, y digamos sí al
amor:
En la familia,
en
la cultura,
en
el trabajo,
en
la política,
en
la pastoral,
y
en la economía,
digamos
sí cuando es sí y no cuando es no, lo demás nos puede arrebatar
el reino.
Hermanos y hermanas:
En nuestra fiesta
intervienen los sentidos, la historia, la memoria, la razón y la
fe; pero también tiene que ver la Iglesia.
La Iglesia espera
que esta Basílica sea un lugar de animación misionera, de
propuestas misioneras y un lugar para recordar que somos siempre
discípulos misioneros, pero discípulos misioneros:
Que crean, pues
la fe nos hace ver lo invisible, apreciar la verdad, saborear la
palabra y mantener la esperanza.
Discípulos misioneros que vean:
Las causas de la
pobreza,
los
rostros sufrientes de sus hermanos,
los
avances de las dependencias,
los
costos de la democracia,
las
obras de misericordia que hacemos, y discípulos misioneros que
vean los esfuerzos por evangelizar.
Discípulos
misioneros que escuchen:
El consejo de los
sabios,
la
voz de los prudentes,
la
oración de los santos,
la
orientación de los pastores,
el
canto de los justos,
la
sabiduría del maestro,
y
la voz del Señor.
Discípulos misioneros que hablen:
De Dios,
del
Evangelio,
de
la verdad
y
que hablen del
Señor Jesús para cambiar la indiferencia que vemos, el
materialismo que observamos y el rechazo a la santidad que
constatamos.
Discípulos misioneros que hagan:
Si los discípulos
misioneros del Señor, hacemos algo bueno, aunque sea poquito
entonces habrá:
Menos vicios,
menos
basura,
menos
lodo,
menos
problemas,
menos
pobreza,
menos
pereza,
más
bienestar,
más
salud,
más
solidaridad,
más
cultura,
más
evangelización,
mejores
calles,
mejores
servicios,
y
mejores
celebraciones.
Si los discípulos
misioneros del Señor no hacemos algo bueno, aunque sea poquito nos
parecemos:
Al árbol que no
crece,
al
agua que no corre,
al
ave que no vuela,
al
oro que no brilla,
al
canto que no agrada.
Tenemos una
Basílica, por lo tanto, aprovechemos para ser discípulos
misioneros: que vean, crean, escuchen, hablen y hagan.
Dios Padre nuestro:
Ponemos en tus
manos nuestra historia, nuestros gozos, tristezas y esperanza;
Gracias por tu
amor, tu bendición y tu presencia; perdona nuestros pecados,
nuestra débil evangelización y otros pecados de omisión.
Señor Jesús quédate
con nosotros, para que nos ayudes a cambiar:
Lo que vemos y no
es positivo,
lo
que escuchamos y no es verdad,
lo
que guardamos y no es de todos,
lo
que sucede y no es desarrollo,
lo
que nos dicen y sólo es promesa,
lo
que cantamos y no es oración,
y
lo que hacemos y no es caridad.
Espíritu Santo
consolados, añade a nuestro actuar tus siete sagrados dones para
que:
La pobreza
disminuya,
la
pereza pierda,
el
bien común aumente,
el
trabajo se arraigue,
la
Iglesia crezca,
nuestra
cultura brille,
la
evangelización dure,
la
corrupción disminuya,
la
fe se fortalezca,
la
esperanza no se apague.
Señora de los Dolores Reina y Madre Nuestra:
Tu voz resuena en
nuestro corazón,
tu
ejemplo motiva nuestra vida,
tus
ojos ven nuestra presencia,
tu
mente aprecia nuestra historia,
tus
labios pronuncien nuestros nombres,
y
tus pies recorran nuestros caminos por eso te apreciamos, te
cantamos y te pedimos “ruega por nosotros dolorosa Madre para
que tu hijo no nos desampare”. Amén.
†
Domingo Díaz Martínez
Arzobispo de
Tulancingo