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HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO

DON DOMINGO DÍAZ MARTÍNEZ, ARZOBISPO DE TULANCINGO

EN LA PROCLAMACIÓN SOLEMNE DE

LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO

Soriano, Colón, Qro., 7 de Febrero de 2009


Amados hermanos en el Bautismo, en el sacerdocio y en el Episcopado.

Muy querido hermano Obispo Mario.

 

Hoy nuestros ojos ven el rostro de Nuestra Señora de los Dolores y ven también los rostros de sus hijos, nuestros hermanos, reunidos en esta celebración.

Nuestro corazón late mostrándole amor. Nuestros pies han tocado tierra en su nueva basílica.

Nuestra voz le canta y le habla. Nuestras manas quisieran acariciar su rostro.

Y nuestros oídos han escuchado la palabra de su hijo: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”. “Hijo, ahí tienes a tu Madre”.

Dejemos que estas palabras resuenen en nuestro corazón.

 

Hermanos:

 

La historia nos enseña que nuestra Señora de los Dolores es:

Canto nuevo que despierta al Alma.

Corazón siempre nuevo.

Refugio seguro para los campesinos.

Maternal sonrisa para los tristes.

Fresco bálsamo en el dolor.

Amable presencia en la enfermedad.

Manantial de bendiciones para los indígenas.

Palabra segura para los ancianos.

Ejemplo claro para la mujer.

Consejo oportuno para los presos.

Y Madre y Maestra para toda la diócesis. 

La memoria nos recuerda que nuestra Señora de los Dolores es:

Alegre noticia en la soledad.

Espejo de virtudes para los jóvenes.

Mar de bendiciones para todos nosotros.

Mirada de amor para los niños.

Canto de triunfo para los pobres.

Ejemplo de pureza para los sacerdotes.

Palabra profética para los poderosos.

Y firme defensora de la vocación sacerdotal.

Hermanos y, hermanas:

La razón nos dice que hoy nos hemos reunido para proclamar Basílica Menor el Santuario de nuestra Señora de los Dolores; la razón junto con la experiencia nos dicen que una Basílica Menor es un lugar para estar con Dios, estar con Dios es bonito, agradable y provechoso.

Primero estar con Dios y luego ocuparme de las cosas de Dios.

Primero estar con Dios y luego hablar de Dios.

Primero estar con Dios y luego alabar a Dios.

Primero estar con Dios y luego obedecer a Dios.

Primero estar con Dios y luego hacer la voluntad de Dios.

De ahora en adelante tendremos una Basílica Menor, por lo tanto, dediquemos tiempo para estar con Dios.

La Basílica es un lugar de encuentro con la palabra del Señor y dejar que su palabra nos empape así como la tierra se deja empapar por la lluvia; es un lugar para motivar el corazón a guardar la palabra, así como la tierra guarda la semilla; y es un lugar para pedirle al Señor que así como interviene para que la semilla guardada por la tierra dé abundantes frutos para el bien del hombre, así intervenga para que la palabra sembrada y guardada por nuestros corazones dé abundantes frutos para bien de todos nosotros.

Tenemos una basílica menor, por tanto, vengamos a recibir la Palabra del Señor con un corazón dispuesto a guardarla y cuidarla.

Una Basílica Menor es una oportunidad para sentirnos hermanos y motivarnos a obedecer al Señor porque de qué sirve que Dios me hable si no lo escucho, me vea, si no lo veo, me envíe si no voy, me ame si no lo siento, me pida si no le doy, me abra si no entro, me invite si no acepto, me ayude si no aprovecho y de qué sirve que Dios quiera si yo no quiero.

La Basílica Menor es un lugar de encuentro con la Santísima Virgen María nuestra Madre para:

Decirle lo que sentimos,

ofrecerle lo que tenemos,

pedirle lo que necesitamos,

contarle lo que vivimos,

hablarle como sabemos,

y cantarle como aprendimos.

La Basílica es un lugar para liberar:

De la mentira al currupto,

de la ambición al débil,

del odio al ofendido,

del conformismo al perezoso,

de  la pobreza al justo,

de  la dependencia al adicto,

de  la división al orgulloso,

del error al extraviado,

del mal camino al rebelde,

de  la avaricia al convenenciero,

y del pecado al malvado.

La Basílica es un lugar para fortalecer la caridad.

La caridad es un camino mejor de todos para:

Vivir nuestra vida cristiana,

realizar la misión encomendada,

trabajar juntos,

ponernos de acuerdo,

es el camino mejor de todos para hacer nuestro el Reino de los cielos.

Sin caridad:

Somos vino nuevo en odres viejos,

somos un pez fuera del agua,

somos levadura sin fuerza,

somos cenzontle sin canto,

somos chamacos sin hacer la tarea,

somos campana que resuena,

faro sin luz,

y somos embudo de lujos, amplios para recibir y reducido para dar.

Tenemos una Basílica, por lo tanto tenemos toda una oportunidad, ¡aprovechemos! Ahora que es tiempo, ahora que podemos, ahora que tenemos.

 

Amados hermanos:

También veamos nuestra fiesta con ojos de fe; la fe nos invita hoy y siempre a reflexionar y contemplar la palabra de Dios, la palabra del Señor.

La primera lectura nos muestra que Dios está totalmente a favor de su pueblo y para liberarlo se vale de una mujer hermosa, valiente, decidida, de fe y de mucho amor a su pueblo; esa mujer es Judit; su presencia, acción y decisión motivan nuestra mente a pensar en tantas mujeres en la Iglesia y cuya presencia, acción y decisión aportan evangelización y liberación a sus hermanos. De todas esas mujeres, en una especial se ocupan nuestro pensamiento el día de hoy: La Madre de Dios y Madre nuestra.

Ahora bien, a Judit la preparó su familia, la preparó su pueblo, por lo tanto, ahora, nos toca a nosotros preparar a las mujeres de nuestro tiempo para que también su participación sea decidida, valiente, evangelizadora y liberadora.

El salmo responsorial nos habla de una mujer dispuesta y a nuestro favor, esa mujer es nuestra Madre, la Santísima Virgen María. “De pie, a tu derecha, está la reina”.

En la segunda lectura se reafirma el poder de Dios a nuestro favor y también se reafirma la participación de la Santísima Virgen a nuestro favor, escuchemos:

“al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva”.

Después de escuchar el santo Evangelio nos imaginamos la tormenta de sufrimiento vivido en ese momento, brilla la fidelidad de la Santísima Virgen María al pie de la cruz; resplandece con intensidad la entrega total -a nuestro favor- del señor Jesús crucificado; contemplamos la obediencia de san Juan al recibir a la santísima Virgen María en su casa, finalmente vemos que también resalta la violencia de autoridades y gente del pueblo al crucificar y dar muerte al Señor Jesús.

 

Dos propuestas sugiero demos a la palabra del Señor:

Primera:

Digamos no a la violencia, ni con la boca, ni con las manos, ni con los ojos, ni con los pies y menos con el corazón.

Digamos no a la violencia con el poder, con el dinero y no a la violencia con el deber.

Aportemos cero violencia:

Con los pobre,

con la mujer,

con los niños,

con los jóvenes,

y con el resto de la sociedad. Aportemos cero violencia en la vida tal y como nos lo enseña el santo Evangelio escuchado el día de hoy.

 

Segunda:

Digamos sí a la paz, sí a la fidelidad, sí a la obediencia, sí al perdón, y digamos sí al amor:

En la familia,

en la cultura,

en el trabajo,

en la política,

en la pastoral,

y en la economía,

digamos sí cuando es sí y no cuando es no, lo demás nos puede arrebatar el reino.

 

Hermanos y hermanas:

En nuestra fiesta intervienen los sentidos, la historia, la memoria, la razón y la fe; pero también tiene que ver la Iglesia.

La Iglesia espera que esta Basílica sea un lugar de animación misionera, de propuestas misioneras y un lugar para recordar que somos siempre discípulos misioneros, pero discípulos misioneros:

Que crean, pues la fe nos hace ver lo invisible, apreciar la verdad, saborear la palabra y mantener la esperanza. 

Discípulos misioneros que vean:

Las causas de la pobreza,

los rostros sufrientes de sus hermanos,

los avances de las dependencias,

los costos de la democracia,

las obras de misericordia que hacemos, y discípulos misioneros que vean los esfuerzos por evangelizar.

Discípulos misioneros que escuchen:

El consejo de los sabios,

la voz de los prudentes,

la oración de los santos,

la orientación de los pastores,

el canto de los justos,

la sabiduría del maestro,

y la voz del Señor.

Discípulos misioneros que hablen:

De Dios,

del Evangelio,

de la verdad

y que hablen del Señor Jesús para cambiar la indiferencia que vemos, el materialismo que observamos y el rechazo a la santidad que constatamos.

Discípulos misioneros que hagan:

Si los discípulos misioneros del Señor, hacemos algo bueno, aunque sea poquito entonces habrá:

Menos vicios,

menos basura,

menos lodo,

menos problemas,

menos pobreza,

menos pereza,

más bienestar,

más salud,

más solidaridad,

más cultura,

más evangelización,

mejores calles,

mejores servicios,

y mejores celebraciones.

Si los discípulos misioneros del Señor no hacemos algo bueno, aunque sea poquito nos parecemos:

Al árbol que no crece,

al agua que no corre,

al ave que no vuela,

al oro que no brilla,

al canto que no agrada.

Tenemos una Basílica, por lo tanto, aprovechemos para ser discípulos misioneros: que vean, crean, escuchen, hablen y hagan.

 Dios Padre nuestro:

Ponemos en tus manos nuestra historia, nuestros gozos, tristezas y esperanza;

Gracias por tu amor, tu bendición y tu presencia; perdona nuestros pecados, nuestra débil evangelización y otros pecados de omisión.

Señor Jesús quédate con nosotros, para que nos ayudes a cambiar:

Lo que vemos y no es positivo,

lo que escuchamos y no es verdad,

lo que guardamos y no es de todos,

lo que sucede y no es desarrollo,

lo que nos dicen y sólo es promesa,

lo que cantamos y no es oración,

y lo que hacemos y no es caridad.

Espíritu Santo consolados, añade a nuestro actuar tus siete sagrados dones para que:

La pobreza disminuya,

la pereza pierda,

el bien común aumente,

el trabajo se arraigue,

la Iglesia crezca,

nuestra cultura brille,

la evangelización dure,

la corrupción disminuya,

la fe se fortalezca,

la esperanza no se apague.

Señora de los Dolores Reina y Madre Nuestra:

Tu voz resuena en nuestro corazón,

tu ejemplo motiva nuestra vida,

tus ojos ven nuestra presencia,

tu mente aprecia nuestra historia,

tus labios pronuncien nuestros nombres,

y tus pies recorran nuestros caminos por eso te apreciamos, te cantamos y te pedimos “ruega por nosotros dolorosa Madre para que tu hijo no nos desampare”. Amén.

  Domingo Díaz Martínez

Arzobispo de Tulancingo

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