INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA
1. Celebramos con
fe y devoción la primera solemnidad de este tiempo de Adviento, la
Inmaculada Concepción de María o el misterio de haber sido
preservada, por los méritos de su Hijo, de toda manda de pecado
desde el primer instante de su vida. Nosotros acostumbramos
saludarla con la invocación: “Ave María, purísima, sin pecado
original concebida”.
2. Aunque el
dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado solemnemente por el
papa Pío IX hasta el 8 dice diciembre de 1854, la fe del pueblo
cristiano y de sus grandes maestros fue constante desde los inicios
de la iglesia. Nos alegramos de esta santa fe católica, que
encuentra su fundamento en la misma palabra de Dios, en la santa
Escritura y en su designio sapientísimo de salvación: Desde los
orígenes tenemos la promesa de Dios que la Mujer aplastaría la
cabeza de la serpiente (Cf. Gn. 3, 15), el Evangelio nos habla de
María como la “llena de gracia” (Cf. Lc 1, 28) y el Apocalipsis nos
presenta a la Mujer que escapa incólume de las garras del dragón
(Cf. Ap 12). Leyendo en su integralidad estos textos, el pueblo
cristiano creyó y profesó una devoción constante al misterio de la
Inmaculada Concepción de María Santísima.
3. Ahora la santa
liturgia nos invita a “cantar al Señor un cántico nuevo, porque ha
hecho maravillas” en la historia de nuestra salvación y porque una
maravilla de maravillas es la Virgen Inmaculada. Así es en verdad:
En María, preservada de toda mancha de origen, “el Señor nos ha dado
a conocer su victoria” sobre la obra destructora del pecado, y “ha
revelado a las naciones su justicia” pues por ella nos libró de la
injusticia del demonio. Así, al contemplar la imagen purísima y
bella de María, “toda la tierra ha contemplado la victoria de
nuestro Dios”, y la liturgia, en boca del salmista, invita “a todos
los pueblos los pueblos y naciones que aclamen al Señor”. Maria no
sólo es gloria de Israel o maravilla del pueblo cristiano, sino
esperanza para todos los hombres del mundo. Lo expresa
admirablemente san Anselmo, cuando dice: “Dios es padre de las cosas
creadas y María es Madre de las cosas recreadas. Dios es padre de
toda la creación, María es madre de la universal restauración”. Esta
solemnidad debe ser causa de alegría para el mundo entero y nosotros
se lo debemos anunciar.
4. La liturgia
enaltece en esta celebración la belleza de María. Este misterio nos
pone ante la vista la obra espléndida de Dios en su criatura. María
es la puerta de entrada de Dios en el mundo para ser Emmanuel, Dios
con nosotros. Hizo en Ella su “digna morada”. La belleza es la
manifestación más propia de la presencia de Dios. Dios es la belleza
suma y la creación es reflejo de esa belleza. Él está rodeado “de
gloria y esplendor”, los “cielos proclaman su gloria” y el hombre es
la expresión más maravillosa de su ser glorioso; por eso, “la gloria
de Dios consiste en que el hombre viva, pero la gloria del hombre
será la visión de Dios”, su contemplación. En María Santísima
comenzó a brillar la gloria de Dios al verse preservada de la mancha
original.
5. La belleza
cristiana está íntimamente unida a la verdad. Es su resplandor. Nada
falso puede ser auténticamente bello. En María tenemos la imagen
restaurada de la humanidad, gracias a los méritos de Cristo:
“Inmaculada tenía que ser la Virgen que nos diera al Cordero
inocente que quita el pecado del mundo”; la que “es abogada de
gracia y ejemplo de santidad” tenía que ser colmada de fresca
belleza. La que es “imagen y modelo de la Iglesia, la esposa de
Cristo, tenía que estar llena de juventud y de limpia hermosura”.
Por eso la Iglesia la saluda: “Toda hermosa eres, oh María, y mancha
de pecado no hay en ti”. María inmaculada es la imagen bella y
verdadera de la humanidad devuelta a su Creador. En ella brilla la
imagen y semejanza de Dios con todo su esplendor. María es santa.
María es pura. María es bella. Es “La Inmaculada”.
6. Bella y
verdadera imagen de Dios, María lo es porque en Ella se hizo
presente el Amor. Por ser morada de Dios, en Ella se encarnó el Amor
y tomó un rostro humano. Ella lo acogió y respondió a él con
generosidad sin límites: “Hágase en mi según tu Palabra… Yo soy la
esclava del Señor”. Dios que es amor, al dársenos en María, la colmó
de este amor y ella se entregó plenamente a la obra de nuestra
redención. Por eso es la “Madre del amor hermoso”, nuestra Madre,
para que nosotros pongamos la vida al servicio del amor de Dios en
bien de nuestros hermanos. La obra de la gracia hizo de María en
cuerpo y alma, una imagen bella de Dios, un modelo de la humanidad
redimida y un instrumento aptísimo del amor de Dios al servicio de
los hermanos.
7. Le belleza se
produce cuando todas las partes se integran entre sí, sin faltar
ninguna; es la conjunción de cualidades y propiedades distintas en
síntesis armoniosa. María es Bella porque dijo sí a la Verdad y
recibió al Amor. En María la belleza es producto de su fidelidad a
la verdad y de su entrega al amor de Dios, en el marco de todas las
virtudes: de la castidad, de la pureza, de la obediencia, de la
sencillez y de la humildad. Sin falta alguna, la belleza desmerece.
La Belleza de María que canta la liturgia, que reproducen las
Imágenes, que enaltece el canto, que admiran los ángeles y a la que
aspiran los humanos, es la conjunción armoniosa de todas las
virtudes.
8. Concluyo con
estas palabras de San Bernardo: “Esforcémonos por llegar hasta el
Salvador por el mismo camino por el que él quiso descender a
nosotros, y llegar hasta su gracia por el mismo camino que él quiso
venir a nuestra miseria. Por tí, Autora bendita de la gracia,
engendradora de la vida, madre de la salvación, nos sea concedido
llegarnos a tu Hijo; por Ti nos acoja Aquel que por Ti se nos dio a
nosotros. Tu limpieza compense nuestra corrupción; tu humildad, tan
agradable a Dios, nos alcance el perdón de nuestra vanidad; tu
caridad cubra la multitud de nuestros pecados y tu gloriosa
fecundidad haga fecundos nuestros méritos” (II Sermón de Adviento).
Que así sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro