¡DÉJATE GUIAR
POR LA LUZ DE CRISTO!
La Epifanía del Señor que hoy
celebramos, es fundamento y exigencia del anuncio del evangelio
a todos los pueblos, pues la gran Luz que irradia desde la cueva
de Belén, a través de los Magos procedentes de Oriente, inunda a
toda la humanidad a pesar de los obstáculos y planes perversos
que se gestan en contra del plan y de la voluntad divinas “para
que todos los hombres lleguen al conocimiento de la Verdad y de
su Hijo Jesucristo” (cf. 1 Tim 2, 4).
Podemos establecer una
comparación entre la narración de San Lucas (2, 8-20) que
escuchamos en la noche de Navidad, en el cual el Evangelista
habla a los pastores que van a Belén porque un ángel se les
apareció y les ha anunciado que en la ciudad de David ha nacido
Cristo el Salvador y, la narración de San Mateo (Mt 2, 1-12)
sobre los Magos, propuesto como Evangelio de esta fiesta. De
esta comparación es fácil comprender que la estrella que ha
brillado a los Magos tiene la misma tarea del ángel aparecido a
los pastores “anunciar el nacimiento del Mesías todas las
naciones mediante el cual todas las naciones son llamadas, en
Cristo Jesús, a compartir la misma herencia, a formar el mismo
cuerpo y a ser partícipes de la misma promesa por medio del
Evangelio” (cf. Ef 3, 5-6).
No solamente la gente pobre y
simple está llamada por el cielo a encontrarse con el Señor,
sino también los Magos, es decir, los sabios de la época y los
extranjeros, quienes conociendo la ciencia, la cultura y las
artes se sienten seguros de sí mismos. Quienes tienen la
pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción
de haber formulado ya un juicio definitivo sobre las cosas hacen
que su corazón se cierre y se vuelva insensible a la novedad de
Dios.
Dios continúa a manifestarse para
la salvación de todos. Solamente quien vive en la deposición de
la fe y en la atención a los signos de los tiempos, logra
superar los momentos oscuros de la vida y puede encontrarse con
el Señor. Los Magos son el símbolo de todos aquellos que
enfrentan un largo recorrido en la búsqueda de la Verdad sin
ceder a las falsas propuestas que distraigan el camino de la fe,
sin dejarse capturar por las sonrisas ambiguas de ideologías y
de las luces que encandilan y nublan la vida del ser humano.
Estos personajes procedentes de
Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran
procesión de aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la
historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben
avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y
saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y
frágil, pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más
profunda al corazón del hombre.
Los dones que los Magos ofrecen a
Jesús Niño representan nuestra ofrenda dominical. En la
Eucaristía nosotros no ofrecemos más oro, incienso y mirra, sino
a Aquel que en los santos dones está significado, inmolado, y
recibido: Jesucristo nuestro Señor. La celebración eucarística
es parte de nuestra respuesta fundamental a la manifestación de
Dios en Cristo, y postula aún, por su propia naturaleza, la
respuesta de toda la vida vivida.
"También nosotros, reconociendo
en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo
honramos como si le hubiéramos ofrecido oro, incienso y mirra;
sólo nos falta dar testimonio de él tomando un camino distinto
del que hemos seguido para venir" (San Agustín, Sermo 202. In
Epiphania Domini, 3, 4).
La invitación es a seguir el
sendero de luz que nos guía, y a abrir los ojos para dejarnos
sorprender por la sencillez de un niño; a tener capacidad de
asombro para mirar y admirar la estrella en medio de tanta
oscuridad; tener la valentía de dejarnos conducir por la luz, a
pesar de Herodes.