Queridos hermanos sacerdotes:
Me alegra profundamente celebrar la Santa Misa con
todos ustedes, con quienes comparto la alegría de ser sacerdote en
el servicio continuo de amor y de entrega en las diferentes
comunidades de nuestra diócesis. Les agradezco su presencia en este
retiro de evangelización, pues la misión que Cristo ha puesto en
nuestras frágiles manos, necesita de un constante y renovado
encuentro con su persona, con su mensaje y con su palabra. Quienes
somos llamados a colaborar de cerca con él, nunca deberíamos
cansarnos de recomenzar desde Cristo, para devolver a nuestra
existencia la totalidad de sus dimensiones, de su dignidad y del
sentido de la vida y de nuestro ministerio. Más aún, es desde un
renovado Pentecostés que la felicidad y la libertad que estamos
llamados a vivir, es posible y se hace eficaz en nuestra vida y en
nuestra vivencia vocacional.
Al escuchar hoy la Palabra de Dios en esta
celebración ha llamado mi atención el hecho que “la mirada de Dios
no sea como la de los hombres, pues el hombre ve las apariencias
pero el Señor ve el corazón”. Por lo cual, quiero detenerme con
ustedes a reflexionar en una realidad que nos apremia y nos exige
total radicalidad, es decir “la pureza evangélica y la transparencia
del corazón”. Cada uno de nosotros estamos llamados a dar un
testimonio transparente de aquello que contiene nuestro corazón, es
decir, la fe y la esperanza, al hombre contemporáneo que necesita
ver a Dios con sus propios ojos y palpar con sus propias manos que
con Dios o sin Dios todo cambia y la vida se transforma.
El desafío de una mentalidad cerrada a lo
trascendente obliga también a cada uno de nosotros sacerdotes a
volver de modo más decidido a la centralidad de Dios en nuestra vida
y en nuestra historia. Muchas veces los esfuerzos van encaminados a
una conservación heredada de la fe, sin realmente ser consientes de
la valiosa riqueza que Dios nos ha dado al depositar en nuestras
manos, la fe en Jesucristo, la cual es el fundamento de nuestras
alegrías y de nuestras esperanzas. “Sucede hoy con frecuencia que
los cristianos, incluso los sacerdotes, nos preocupamos mucho por
las consecuencias sociales, culturales y políticas de nuestro
compromiso, al mismo tiempo que se sigue considerando la fe como un
presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no
sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado
en nuestra vida y en nuestro ministerio” (cf. Porta fidei, 2). Tal
vez esto parezca escandaloso y doloroso, sin embargo, es una
realidad que hoy día necesitamos atender y renovar. Cada uno de
nosotros estamos llamados a ser hombres de fe, cuyo fundamento sea
Cristo resucitado, para llegar a ser luz del mundo y sal de la
tierra. Realizando la obra de Dios, trabajando no por el alimento
que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna (Jn
6, 27).
En esta perspectiva, la Palabra de Dios que hemos
escuchado, es una invitación a una auténtica y renovada conversión
al Señor, quien nos ha revelado su amor que nos salva y que nos hace
nacer a una vida nueva. Samuel afligido por el miserable fin de
Saúl, representa al hombre desalentado que añora el pasado y se deja
dominar por el abatimiento. Dios le anima y emprende con él una
nueva historia.
El profeta, el sacerdote, el cristiano debe partir
sin saber a dónde va, mostrándose disponible a las indicaciones de
la voluntad de Dios que se le manifiesten. El señor no nos rechaza
ni nos vuelve la espalda. Dios actúa con absoluta libertad
suscitando la sorpresa. Sólo él conoce el corazón de los hombres y
los valora con verdad. “Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda
la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la
medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos,
la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y
transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse
totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se
convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia
toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2
Co 5, 17)” (cf. Porta fidei, 6b). Por lo tanto, la primera respuesta
al gran desafío de nuestra realidad, es la profunda conversión del
corazón, para que la llamada que hemos recibido que nos ha hecho luz
del mundo y sal de la tierra, pueda realmente transformarnos.
Otro aspecto que la Palabra de Dios nos permite
vislumbrar y reflexionar es sin duda, redescubrir el fundamento que
nos impulsa a seguir adelante. A partir de esta realidad surgen dos
preguntas que nos apremia responder: ¿Dónde está la luz que puede
iluminar nuestro conocimiento, no solo con ideas generales sino con
imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto
nuestra voluntad? La respuesta es clara: “Un amor total y sin
reservas por Jesucristo”. San Pablo escribiendo a los corintios
afirma: “porque no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a
Jesucristo, el Señor, y no somos más que servidores suyos por amor a
Jesucristo” (2 Cor 4, 5). Comprendemos así que el objeto de nuestra
predicación, el único objeto, es Jesucristo, el Señor. Crucificado,
muerto y resucitado, Señor del universo, Dios en medio de nosotros,
pues él es la última palabra pronunciada sobre el mundo y sobre la
historia, es él, el centro de la humanidad y el centro de todos los
corazones, la clave de todo el misterio del hombre. Él, es el único
a quien dirigimos nuestro amor, nuestro afecto, y nuestra adoración.
A quien servimos y damos gloria.
Queridos hermanos sacerdotes, somos servidores de la
comunidad. El apóstol haciendo una segunda afirmación continua
diciendo: “Jesucristo es el Señor, y no somos más que servidores
suyos por amor a Jesús”. Estas palabras que parecen paradójicas son
la expresión para decir que por amor a Cristo estamos dispuestos a
prodigarnos con gusto y a consumirnos a nosotros mismos por la
salvación de los hombres. “somos servidores de Cristo”, pues por la
vocación estamos llamados a entregarnos gustosamente y a consumirnos
a nosotros mismos por los hermanos, por amor a Jesús.
Esta realidad debe ser la transparencia de nuestro
corazón, la simplicidad de nuestra vida y el orgullo de nuestro
ministerio. Pues el ministerio, es un comportamiento de amor y de
servicio, el que desciende del amor de Jesús, el que retoma el amor
del buen samaritano, el amor del pastor que busca la oveja perdida,
el amor del padre que acoge al hijo que regresa de muy lejos; es un
participar del amor de Jesús hasta la muerte. Es en realidad, un
ministerio de servicio, de amor, de paciencia, de misericordia, de
humildad. Fundamentado ante todo por el amor de Jesús. Estamos
llamados a tener un corazón inflamado de amor divino. La Iglesia
necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a
experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos
convencidos.
Deseo que estos esfuerzos que se hacen por darle un
nuevo impulso a la pastoral de nuestra Iglesia Particular, sean
herramientas de las cuales nos aprovechemos, sobretodo porque somos
consientes que una renovada vida pastoral inicia de sus pastores. La
formación permanente es una respuesta de fidelidad al ministerio
sacerdotal y como un proceso de continua conversión, como una
expresión del amor que tenemos al pueblo de Dios. Incluso, como un
acto de justicia verdadera y propia, exigencia intrínseca al don y
al ministerio sacerdotal recibido. “Pues solo la formación
permanente ayuda al sacerdote a custodiar con amor vigilante el
misterio del que es portador para el bien de la Iglesia y de la
humanidad”.
Que cada sacerdote se transforme, a partir de Cristo,
en fuente que comunica vida a los demás, para dar el agua de la vida
a un mundo sediento. Que nos obtenga esta gracia la Virgen María por
el simple motivo de que ella "desea sobre todo vernos felices". A
fin de que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que
el Señor encomienda a nuestro cuidado pastoral.
Deseo terminar con la oración de la beata Teresa de
Calcuta por los sacerdotes:
María, madre de Jesús, cubre con tu manto de pureza a
nuestros sacerdotes,
Protégelos, guíalos, y guárdalos en tu corazón. Se una madre para
ellos,
especialmente en los momentos de desaliento y soledad.
Ámalos y condúcelos a que pertenezcan completamente a
Jesús.
Como Jesús ellos también son hijos tuyos, por eso guarda sus
corazones siempre
puros y virginales que su pensamiento sea pleno de Jesús y ponlo a
él siempre
en sus labios para que sea a él al que ofrezcan a los
pecadores
y a todos aquellos a quienes encuentren.
María, madre de Jesús, ámalos y dales alegría. Da un cuidado
especial a los
sacerdotes enfermos, a los agonizantes y a los que son más tentados.
Recuerda como ellos dieron su juventud y su vejez,
sus vidas completas sirviéndote
y dando todo por Jesús.
María, bendícelos y dales un lugar especial en tu corazón.
Concédeles una porción de tu propio corazón tan puro
e inmaculado,
tan lleno de amor y humildad para que ellos
también puedan crecer en semejanza a Cristo.
Querida María, Madre nuestra, hazlos humildes como tú y santos como
Jesús.
¡Amén!
†
Faustino Armendáriz Jiménez
IX
Obispo de Querétaro