San Juan María Vianney recibió la Primera Comunión a
los trece años. Fijemos un momento la mirada en lo importante que
fue para el futuro cura de Ars el momento de su primera comunión. La
conciencia de que es Cristo mismo a quien recibió, lo impulsó a
llevar una vida intensamente Eucarística. Hijo de unos padres
cercanos a los sacramentos, tuvo el cuidado de reservar lo mejor de
sí mismo a la Santa Eucaristía, tanto en su vida familiar, como
seminarista y como sacerdote.
El mismo San Juan María Vianney se hizo ofrenda en el
altar. Gustaba de recordar el día de su ordenación: “Me arrodillé
consciente de mi nada y me levante constituido sacerdote para
siempre”.
San Juan María Vianney hizo de la Eucaristía el
centro de su vida. Sus fieles sabían muy bien que cuando no estaba
en el confesionario se encontraba al pie del sagrario adorando a
Jesús Sacramentado. Su ejemplo nos permite reflexionar sobre el
valor de la Eucaristía en nuestra vida. Sus palabras nos invitan a
vivir lo que el mismo vivió. El decía a sus feligreses y ahora nos
dice a nosotros:
Nuestro Señor está ahí
escondido, esperando que vayamos a visitarlo y a pedirle. Él está
ahí, en el sacramento de su amor; Él suspira e intercede sin cesar
junto a su Padre por los pecadores. Está ahí para consolarnos; por
tanto, debemos visitarlo a menudo.
“No
digan que no son dignos de Él. Es verdad que no son dignos, pero lo
necesitan. Si lo que nuestro Señor
hubiese tenido en cuenta, hubiese sido nuestra
dignidad, nunca habría instituido su hermoso sacramento de
amor, pues nadie en el mundo es digno de él, ni
los santos, ni los ángeles, ni los arcángeles; pero Él ha tenido en
cuenta nuestras necesidades, y todos tenemos necesidad de Él. No
digan que son pecadores, que tienen demasiadas miserias y que es por
eso por lo que no se atreven a acercarse. Sería tanto como alguien
que dijese que
está demasiado enfermo, y que por eso no quiere probar un remedio,
que no quiere llamar al médico.
"¿Qué hace nuestro Señor en
el sacramento de su amor? Él toma su buen corazón para amarnos, y de
él hace salir un río de ternura y de misericordia para
ahogar los
pecados del mundo. Sin la divina Eucaristía,
nunca habría felicidad en este mundo, la vida sería insoportable.
Cuando recibimos la Santa Comunión, recibimos nuestra alegría y
nuestra felicidad. Al comulgar... estamos obligados a decir, como
San Juan: «¡Es el Señor!». Quienes no sienten absolutamente nada al
comulgar, dan lástima".
Hijos míos, si
comprendiéramos el precio de la santa comunión, evitaríamos hasta
las mínimas faltas para tener la felicidad de poder comulgar más a
menudo. Conservaríamos nuestra alma siempre pura a los ojos de
Dios".
"Cuando estamos ante el Santo
Sacramento, en vez de mirar alrededor de nosotros,
cerremos los ojos y
abramos nuestro corazón; el Buen Dios nos abrirá el suyo. Nosotros
iremos a él, y él vendrá a nosotros; uno pedirá y otro recibirá:
será como un soplo de vida que pasará de uno a otro".
"Se sabe cuando un alma ha
recibido dignamente el sacramento de la Eucaristía,
porque la Comunión llena el alma de tal amor,
la transforma y cambia de tal manera,
que esa alma ya no es la misma: ni en su manera de actuar, ni en sus
palabras. Se hace humilde, amable, mortificada,
caritativa y modesta; se lleva
bien con todo el mundo. Es un alma capaz de los
mayores sacrificios”.
Vayan pues a la comunión, hijos míos, vayan a Jesús
con
amor y confianza. ¡Vayan a vivir de Él, a fin de
vivir por Él!
No digan que tienen demasiado que hacer. ¿No dijo el
Divino Salvador: «vengan a mí ustedes que trabajan y que no pueden
más; vengan a mí que los aliviaré?»”
¿Podríamos resistir a ésta invitación tan llena de ternura y de
amistad?".
Con
información de: http://grupokarol.blogspot.com/2009/08/san-juan-maria-vianney-sobre-la.html
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