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LA VOCACIÓN DE SER DISCÍPULOS DE JESÚS


Pbro. Lic. Guillermo Muñiz Vargas

En medio de la crisis de valores que vivimos hoy, del desgarro por la seducción de modelos engañosos y fugaces y la frustración por la incapacidad de alcanzar el bienestar y la felicidad; en medio de los intentos salvajes del mercado que pretenden convertir a todos en sujetos consumidores, los discípulos de Jesucristo estamos llamados a vivir y proponer otro camino: el de la dignidad humana y la libertad, la participación, la solidaridad y la austeridad de vida, la gratuidad y el servicio a los demás en un amor obediente y oblativo, aprendido en el continuo seguimiento de Jesús, nuestro Maestro. Existe en nuestra cultura una resistencia muy grande a mirar de frente el misterio de la Cruz en la vida propia y ajena. La tendencia es huir e ignorar todo lo que es sufrimiento, dolor y muerte; a camuflarlo, esconderlo, por temor a mirar el fondo de su realidad inexorable y punzante. Ante esta realidad, nosotros discípulos de Jesús estamos llamados a proponer, mediante el testimonio de la propia vida, el valor de tomar la cruz y seguir al Maestro, quien pasó primero ese camino por nosotros.

En el Documento de Aparecida, fruto de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, se nos invita a descubrir cómo el llamamiento que hace Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad: Jesús invita a encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús, no son los discípulos que escogieron a su Maestro, sino fue Cristo quien los eligió. Por otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley...), sino por Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a la Persona de Jesús (cf. Mc 1, 17; 2, 14), para seguirlo con la finalidad de "ser de Él" y formar parte "de los suyos" y participar de su misión. El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación de la Vida salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones (cf. Lc 6, 40b), correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las cosas.

En la parábola de la Vid y los Sarmientos (cf. Jn 15, 1-8), Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como "siervos" (cf. Jn 8, 33-36), porque "el siervo no conoce lo que hace su Señor" (Jn 15, 15). El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como "amigo" y como "hermano". El "amigo" ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14), marcando la relación con todos (cf. Jn 15, 12). El "hermano" de Jesús (cf. Jn 20, 17) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza (cf. Jn 5, 26; 10, 30) y el discípulo por participación (cf. Jn 10, 10). La consecuencia inmediata de este tipo de vinculación es la condición de hermanos que adquieren los miembros de su comunidad. Jesús nos hace familiares suyos, porque comparte la misma vida que viene del Padre y nos pide, como a discípulos, una unión íntima con Él, obediencia a la Palabra del Padre, para producir en abundancia frutos de amor. Así lo atestigua san Juan en el prólogo a su Evangelio: "A todos aquellos que creen en su nombre, les dio capacidad para ser hijos de Dios", y son hijos de Dios que "no hacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nace de Dios" (Jn 1, 12-13). Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anuncia que Cristo ha redimido todos los pecados y males de la humanidad, "en el aspecto más paradójico de su misterio, la hora de la cruz. El grito de Jesús: 'Dios mío, Díos mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34) no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos".

El Espíritu Santo, que el Padre nos regala, nos identifica con Jesús-Camino, abriéndonos a su ministerio de salvación para que seamos hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad, enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos identifica con Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y entregarnos para que otros "tengan vida en Él". Que nos esforcemos por ir asimilando las invitaciones que esta reunión tan importante nos pide: identificarnos con Jesucristo reconociéndolo como nuestro Maestro y Salvador.

El Precursor - Octubre de 2007

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