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SANTIFICAR EL TIEMPO
Pbro.
Lic. José Martín Lara Becerril, Rector
del Seminario Conciliar de Querétaro
1. Camino de la Iglesia en Querétaro
Queridos peregrinos de a pie al Tepeyac,
la Casa de la Gran Señora del Cielo, la Madre del Verdadero Dios por
quien se vive, la Virgen de Guadalupe, o como le decimos nosotros
movidos por nuestro cariño a Ella, la Morenita del Tepeyac.
Como hemos peregrinado desde hace 117
años de Querétaro hasta el Cerrito del Tepeyac también la Diócesis ha
peregrinado en esta última etapa de su historia de salvación, guiada
con un plan de pastoral impulsado en cada parroquia y rincón de la
Iglesia que peregrina en Querétaro.
La peregrinación anual siempre se ha
visto y entendido como un espacio fuerte de evangelización, como un
retiro espiritual; cada peregrino deja su familia y su comunidad para
dedicar días de su vida a la búsqueda incansable de Dios y de su Hijo
Jesucristo por medio del Espíritu Santo, bajo la protección maternal
de la Virgen Morena de Guadalupe. Esta columna de hombres peregrinos
viene favorecida año con año con una temática de reflexión guiada con
el acento específico del plan de pastoral.
Es así como este año dedicado a la
Sagrada Liturgia, también los peregrinos serán llevados día con día a
la comprensión y vivencia de la liturgia, preparada, celebrada y
vivida. Por esta razón, me centraré en una parte muy pequeña pero
esencial, que es la santificación del día.
Un cristiano por su bautismo, y de modo
especial cada peregrino está llamado ha vivir una vida santa,
inmaculada, como una hostia pura, limpia y agradable a Dios nuestro
Padre (Rom 12,1), este será nuestro culto espiritual y razonable
a Dios en espíritu y en verdad (Jn 4,23).
Una manera de vivir la santidad es
santificando el tiempo, cada época del año, cada día, cada momento,
esto se realiza gracias a la oración constante, permanente, asidua.
2.
Jesús, ejemplo de oración
El cristiano ora siguiendo siempre el
ejemplo del Grande Rabí de la oración, Jesús el Maestro de Nazareth.
Jesús nació en un pueblo llamado
Israel, pueblo habituado desde sus orígenes al contacto personal con
Dios, pueblo cuya vida espiritual está centrada en las grandes
fiestas de peregrinación al Templo de Jerusalén, ante el Dios de la
alianza. Jesús al nacer en este pueblo recibe una tradición espiritual
orante y la va viviendo en profundidad a lo largo de su vida y de una
forma novedosa, fresca y ejemplar. Jesús al entrar de lleno en
las responsabilidades religiosas de su tiempo, se convierte en un
hombre orante. Ora en las mañanas (Mc 1,35), reza el shemá (Mc 12,
29-3O), hace la oración de la tarde (Mc 6,46) que se prolonga con
mucha frecuencia toda la noche (Lc 6,12) y hasta la madrugada. La
forma nueva de la oración de Jesús es aquella confianza filial del
niño pequeño, aquella palabra salida del infante de pecho, ABBA (Rom
8,15), es decir, papi, papacito, papito, así se dirige Jesús en su
oración a Dios (Mt 6, 9).
Es así como nació la grande oración del
cristianismo que es el Padre Nuestro. Sin embargo, esta forma de orar,
a un sector de la comunidad religiosa de su tiempo le pareció una
blasfemia, por qué decirle a Dios papá, igualándose con él en su
trato. Esta fue la pregunta hecha en su juicio a Jesús: ¿Eres tú el
Hijo de Dios Bendito? (Mt 26,63). La respuesta de Jesús lo llevó a la
muerte; “tú lo has dicho” (Mt 26, 64). Luego entonces es blasfemo y
merece la muerte, se iguala con Dios siendo hombre (Mt 26,65). Así lo
expresó el gran sacerdote de la nación Hebrea.
Jesús siempre habló a Dios con
familiaridad, con confianza de un hijo a su padre, aunque esto lo
llevara a la muerte.
Según este ejemplo cada cristiano y
cada peregrino ha de ser un hombre de profunda oración, de constante
oración.
3. La oración santifica el tiempo
La oración dentro de la Iglesia ha sido
la mejor forma de santificar el tiempo.
Dedicar un tiempo a la oración es
imitar a Dios que trabajó seis días en la obra de la creación y el
séptimo descansó para santificarlo (Gen 2,2), entrando así en el
tiempo de Dios. Orar es entrar al tiempo de Dios desde la tierra.
Dedicar tiempo a la oración es
ofrecerle a Dios el diezmo de nuestro tiempo. Porque henos recibido
como un don de Dios, la vida y el tiempo que a él le corresponden y a
él hemos de ofrecerlos.
Orar es entrar en la comprensión
profunda, íntima y de modo personal del misterio de Dios revelado en
la vida de Jesús.
Orar es tener un trato personal con
Dios, un trato de amigos, un encuentro de interioridades, un
diálogo ininterrumpido con quien sabemos que nos ama.
Orar es hablar a Dios, como le decía
Jesús: ABBA, papito, te quiero mucho.
Orar es encontrar a Dios, encontrar el
verdadero rostro de Cristo y el verdadero sentido del hombre.
Orar, es juntar el cielo con la tierra,
es aquella escalera que sube al cielo (Gen 28, 12).
Orar es tocar el manto de Jesús para
sanar (Mt 9,20), es pronunciar una palabra de vida capaz de vencer
la muerte.
4. Compromiso
peregrino
Por estas razones, la vida de cada
peregrino será una historia verdaderamente santa, no revivida cada
año, sino una vida permeada, llena de momentos verdaderamente orantes.
Por eso, quiero indicarte hermano
peregrino con mucho cariño y respeto, cinco formas de orar para que
puedas santificar tu vida, cada año, cada momento. Cinco formas que te
van a ayudar para ser santo, a vivir como un verdadero peregrino no
sólo a la Basílica del Tepeyac aquí en la tierra, sino peregrino de
este mundo buscando siempre la patria celestial, el Verdadero
Santuario, donde se vive el Verdadero Culto (Heb 9):
Ofrenda del trabajo:
Cada día de tu vida seguramente
trabajas por tu honesto vivir y el de tu familia. Ofrece a Dios junto
con la ofrenda de Cristo cada momento de tu trabajo de modo humilde y
sencillo, esto es lo que le grada a Dios, la ofrenda personal de la
propia existencia, has de tu vida una hostia santa, limpia, pura,
agradable a Dios (Rom 12,1) ofreciendo diariamente una vida de trabajo
honrado, productivo y que busque siempre la justicia social. Que tu
trabajo sea oración y la oración santifique tu trabajo.
Oración del Rosario:
Otra forma de orar es con nuestros
labios, repitiendo las mismas palabras, pero meditando los diversos
misterios de la vida de Jesús, esto es el Rosario. El peregrino ha de
ser el hombre del Rosario. Nunca debe faltar en la bolsa de tu
pantalón el Rosario. No debe pasar, hermano peregrino, ni un sólo día
que tus manos queden impregnadas del olor de las rosas del Santo
Rosario. Rezar el Rosario es meditar el Evangelio, es decir, hacer
nuestra la vida de Jesús, rezar el Rosario nos trae la alegría y la
paz al corazón. Hay que rezar el Rosario en la casa, en la calle,
acostado o levantado, a tiempo y a destiempo, él nos santificará,
La oración bíblica:
También puedes orar siguiendo el
ejemplo de Jesús que le decía a Dios, Papito. Que nunca falte la
oración del Padre Nuestro (Mt 6,9-13) en tus labios, en las más
diversas circunstancias de la vida; en tu familia, es más, que sea la
oración de tu familia. El Padre Nuestro nos lleva a imitar a Jesús y
nos llena de santidad.
Oración litúrgica:
Sin embargo, la Iglesia siguiendo la
tradición del pueblo de Israel que oraba cantando himnos y cánticos
inspirados a Dios (Col 3, 16), ha formado una oración litúrgica para
santificar cada momento del día y que llamamos la Liturgia de la
Horas. Ojala hermano peregrino que tengas este libro bendito de
oración, que este sea tu libro de cabecera, es la Palabra de Dios
hecha oración y canto, que sea tu libro de oración personal y de tu
familia, que aprendes a rezarlo y a cantar las palabras inspiradas por
Dios.
Eucaristía, oración por excelencia:
Pero el culmen de toda la oración es la
Santísima Eucaristía, es la fuente de toda la vida cristiana. Si la
Iglesia pide a sus fieles asistir a la Eucaristía cada Domingo es para
santificarlos con la Sangre Bendita de Cristo. Cuánta gracia y
santidad tenemos en la Santa Misa. Aquí se actualiza para cada
cristiano su propia salvación. Nunca hermano peregrino, pongas en
riesgo tu participación en la Santa Misa, ni la pongas al mismo nivel
del trabajo, el descanso, el estudio, la diversión, la convivencia con
amigos o el fútbol. Porque la Eucaristía es la salvación de tu vida,
ahí se juega el destino de tu felicidad eterna. Por el contrario,
busca la Misa, el Domingo y entre semana, llega temprano, pon
atención, prepárate a ella con un ratito de meditación, lleva a tu
familia a este Banquete de vida eterna.
La participación plena, consciente y
activa en la Eucaristía nos da santidad, santifica nuestro tiempo y
nos lleva a la eternidad.
Que Dios los fortalezca en su camino
hacia el Tepeyac, los santifique con esta Eucaristía y los llene de
fuerza para vivir corno una hostia inmaculada y santa. Y que la Virgen
María a cuyo olor de santidad peregrinamos nos lleve a su Hijo Jesús,
ella la Sierva del Señor (Lc 1,38) que escuchó y guardó su Palabra (Lc
2,19) los proteja en su camino y a lo largo de su vida. Así sea.
Homilía durante la 117ª
Peregrinación de Querétaro al Tepeyac, 9 de Julio del 2007
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